ENSEÑA A CAMINAR

Homilía – 23 de diciembre (Ciclo A)

“Cuando Dios prepara el corazón antes de venir”

Estamos en los días previos a la Navidad y la liturgia de hoy tiene la delicadeza de detenernos un instante antes del acontecimiento, como quien apaga los ruidos y hace silencio para escuchar el latido de algo grande que está a punto de suceder. Nada ocurre de repente en la historia de Dios. Antes de cada irrupción de gracia, Él prepara, dispone, educa el corazón.

El profeta Malaquías abre este horizonte con una afirmación densa de esperanza: “Mirad, os envío al profeta Elías antes de que venga el día del Señor”. El Dios que viene no se precipita sobre un pueblo distraído, sino que despierta primero su memoria, vuelve a llamar su conciencia, enciende la nostalgia de su rostro. Ese “Elías” —que la tradición cristiana identifica con la misión de Juan Bautista— simboliza todas las llamadas interiores, todas las sacudidas del corazón, todas las conversiones y reconciliaciones que preceden al encuentro. Dios prepara el alma para que su visita no sea un choque, sino una acogida.

Por eso el salmo de hoy es un canto espiritual de súplica profundamente humana: “Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas; las sendas del Señor son misericordia y lealtad”. El Señor nos enseña a caminar hacia Él. No exige resultados imposibles; acompaña el proceso. No impone una ley fría; ofrece una pedagogía de misericordia y fidelidad. Sus caminos no son laberintos de exigencia, sino sendas firmes, recorridas lentamente, con paciencia, con amor. Adviento, así entendido, no es ansiedad religiosa; es docilidad confiada. Es permitir que Dios marque el paso, que Él purifique nuestra mirada y enderece la intención.

Y esta obra paciente de Dios se hace historia concreta en el Evangelio con el nacimiento de Juan Bautista. Cuando llega la hora de imponerle nombre, todos intentan perpetuar la lógica humana: “que se llame Zacarías, como su padre”. Pero Dios ha escrito otro nombre en el libro de la vida: “No, se llamará Juan”. Y Juan significa “Dios es gracia”. Nada define mejor lo que está ocurriendo: este niño no es fruto de cálculo humano, sino de iniciativa divina. No pertenece al terreno de lo previsible, sino al ámbito del don.

Aquí ocurre algo decisivo: cuando Zacarías acepta el querer de Dios, cuando deja de resistirse y entra en la voluntad divina, se le suelta la lengua y vuelve la bendición. La fe recupera la palabra cuando consiente en el plan de Dios. Se libera el corazón cuando deja de luchar contra la gracia. El Evangelio lo describe con extraordinaria sencillez: “Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua y empezó a hablar bendiciendo a Dios”. La obediencia abre la alabanza. Donde antes hubo duda y silencio, ahora nace canto y acción de gracias. Y el pueblo, contemplando el misterio, solo puede hacerse la pregunta más bella que puede hacerse un creyente: “¿Qué será este niño? Porque la mano del Señor estaba con él”. La vida se vuelve misterio habitado cuando reconocemos que Dios está actuando.

Y entonces, esta Palabra, tan cercana ya a la Navidad, se vuelve profundamente actual. Dios sigue preparando corazones. Sigue llamando antes de venir. Sigue enviando “Elías” a nuestra vida: una palabra que toca, una circunstancia que nos despierta, una persona que nos reconcilia, una sacudida que nos saca del letargo espiritual. Si dejamos que Él trabaje dentro, la Navidad no será un recuerdo dulce ni un rito social, sino un verdadero encuentro.

Quizá esta sea la invitación más honda de hoy: dejar que Dios nos prepare. No apresurar el alma. Permitirle que nos enseñe sus sendas. No imponerle nuestros planes, sino consentir el suyo. Y, al mismo tiempo, reconocer nuestra vocación bautismal: también nosotros estamos llamados a ser “Juan” para otros, es decir, testigos que preparen caminos, voces que recuerden que Dios viene, presencias que despierten esperanza, manos que faciliten el encuentro de otros con el Señor.

Porque, a fin de cuentas, la historia de salvación no ha terminado. El Dios que preparó el corazón de Israel continúa hoy preparando el nuestro. El Dios que hizo de un niño el anuncio de su cercanía sigue depositando promesas en nuestra pobreza. El Dios que abrió la boca de Zacarías quiere abrir también en nosotros la palabra de la alabanza.

Estamos a punto de celebrar el nacimiento del Señor. Falta muy poco. Dejemos que este 23 de diciembre nos enseñe algo decisivo: antes de venir, Dios nos prepara; y cuando consentimos su obra, la vida se ilumina, el corazón se ensancha y la fe vuelve a cantar. Entonces la Navidad no será solo fecha. Será encuentro.

Amén