Homilía. Martes de la XII semana del Tiempo Ordinario
Queridos hermanos:
La Palabra de Dios continúa hoy el camino iniciado ayer. El lunes contemplábamos la caída del reino de Israel y escuchábamos la llamada de Jesús a purificar la mirada antes de juzgar al hermano. Hoy la liturgia nos lleva a una experiencia distinta: la amenaza exterior, la oración confiada y la elección del camino que conduce a la vida.
La primera lectura presenta al rey Ezequías ante una situación límite. Jerusalén está amenazada por Senaquerib, rey de Asiria. La carta que recibe busca sembrar miedo y destruir su confianza. Ezequías toma aquel escrito, sube al templo y lo extiende ante el Señor. Este gesto tiene una gran fuerza espiritual. El rey lleva su angustia a la presencia de Dios. Pone delante de Él aquello que le preocupa y reconoce que necesita salvación.
Su oración nace de la fe: «Señor, Dios de Israel, tú solo eres Dios de todos los reinos de la tierra». Ezequías mira la amenaza desde la grandeza de Dios. Sabe que el poder de Asiria parece inmenso, pero también sabe que la historia permanece en manos del Señor. La respuesta llega a través del profeta Isaías: Dios ha escuchado la oración y protegerá la ciudad.
Esta lectura nos enseña a presentar ante Dios lo que pesa sobre nosotros. Hay situaciones que superan nuestras fuerzas, palabras que nos inquietan, miedos que se instalan por dentro. La oración no borra de inmediato la realidad, pero la coloca bajo la luz de Dios. Allí recuperamos perspectiva y esperanza.
El salmo proclama: «Dios ha fundado su ciudad para siempre». Jerusalén se convierte en signo de una seguridad que nace de la presencia divina. El creyente encuentra firmeza cuando se sabe habitado y sostenido por Dios. La verdadera fortaleza procede de esa pertenencia.
En el Evangelio, Jesús nos ofrece una orientación concreta para caminar: «Tratad a los demás como queréis que ellos os traten». Esta regla de oro resume una manera de vivir. Nos invita a salir de nosotros mismos, a ponernos en el lugar del otro y a actuar desde el respeto. La fe que se presenta ante Dios en la oración se hace visible después en nuestras relaciones.
Jesús habla también de la puerta estrecha y del camino que lleva a la vida. La puerta estrecha representa la decisión personal de vivir según el Evangelio. Amar, perdonar, actuar con verdad y cuidar al hermano requiere un corazón libre y vigilante. El camino de la vida se recorre paso a paso, mediante elecciones concretas.
Aquí se encuentran ambas lecturas. Ezequías elige llevar su miedo ante Dios y confiar en su palabra. Jesús invita a elegir el camino que conduce a la vida. La fe madura cuando transforma la angustia en oración y la oración en una conducta inspirada por el amor.
Pidamos hoy al Señor que nos enseñe a extender ante Él nuestras preocupaciones. Que nos conceda confianza en medio de la prueba y sabiduría para escoger cada día el camino del Evangelio. Que nuestra vida trate a los demás con la misma bondad que deseamos recibir.
Amén.
