EN MEDIO DE LA NOCHE

SÁBADO 2ª DE PASCUA.

Hay momentos en la vida en los que todo parece perder estabilidad. No necesariamente grandes crisis; a veces basta una acumulación de cansancio, incertidumbre, decisiones difíciles o emociones que no terminan de ordenarse. Es como estar en medio de un mar agitado: uno sigue avanzando, pero sin la seguridad de antes.

En esas situaciones, la reacción habitual es intentar recuperar el control: organizar más, prever más, proteger más. Y, sin embargo, hay experiencias que no se resuelven desde el control, sino desde otra forma de presencia.

El relato evangélico sugiere algo muy concreto: la transformación no comienza cuando desaparece la tormenta, sino cuando uno descubre que no está solo en ella. La figura de Jesús caminando sobre el mar no elimina inmediatamente el miedo, pero introduce una posibilidad nueva: reconocer una presencia en medio de la inestabilidad.

Esto tiene una implicación existencial profunda. Vivir no consiste en evitar toda incertidumbre —algo imposible—, sino en aprender a habitarla de otro modo. La fe, en este sentido, no es una garantía de seguridad exterior, sino una apertura a una compañía que sostiene desde dentro.

Algo parecido ocurre en la primera lectura: la comunidad no está en un momento perfecto. Hay tensiones, diferencias, problemas concretos. Y, sin embargo, en lugar de romperse, busca una respuesta desde dentro, confiando en personas capaces de vivir con hondura. Es una invitación a reconocer que la vida se sostiene no solo por estructuras, sino por la calidad interior de quienes la habitan.

Quizá, en el fondo, todo se reduce a esto: qué tipo de presencia llevamos dentro cuando la vida se complica.

Porque no siempre podemos cambiar lo que ocurre, pero sí podemos descubrir desde dónde lo vivimos. Y, a veces, basta un pequeño gesto interior: dejar de resistirse tanto, dejar de intentar comprenderlo todo, y abrir un espacio para confiar. No como una huida, sino como una forma más profunda de estar.

Oración

Señor, cuando la vida se vuelve incierta y el camino parece oscuro,
enséñame a reconocer tu presencia. No siempre entiendo lo que sucede, ni sé hacia dónde voy, pero creo que Tú estás. Acércate a mi noche,
camina sobre mis miedos, y repite en mi interior: “Soy yo, no temas”.

Dame un corazón que se abra, que no se cierre por el miedo, que se deje sostener por Ti. Y, en medio de todo, hazme permanecer. Amén.