ELLOS, IGUAL QUE NOSOTROS

Homilía — jueves de la V Semana de Pascua. “Permaneced en mi amor”

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este jueves de Pascua nos habla de una alegría profunda: la alegría de sabernos salvados por pura gracia, amados por Cristo y llamados a permanecer en su amor.

En la primera lectura, los apóstoles y presbíteros se reúnen para discernir una cuestión importante: qué pedir a los gentiles que se convierten a Dios. Pedro toma la palabra y recuerda algo esencial: Dios ha purificado sus corazones con la fe. Y añade una frase luminosa: “Creemos que lo mismo ellos que nosotros nos salvamos por la gracia del Señor Jesús”.

Esta es una verdad que nunca debemos olvidar: nos salva la gracia de Jesús. Nos salva su amor, su entrega, su misericordia. La vida cristiana no comienza por una carga pesada, comienza por un don recibido. Antes de nuestras obras está la gracia. Antes de nuestros méritos está el amor de Dios. Antes de nuestras respuestas está Cristo que nos ha amado primero.

Por eso Pedro pide no molestar a los gentiles que se convierten. La Iglesia comprende que el Evangelio no puede convertirse en un peso que aplaste, ni en una puerta estrechada por nuestras costumbres. El camino de la fe debe conducir a Cristo, a la comunión, a la vida nueva. La comunidad cristiana está llamada a acompañar, a discernir, a cuidar la verdad y también a no imponer cargas innecesarias.

Esto nos toca de cerca. A veces podemos hacer difícil el camino de los demás hacia Dios con juicios rápidos, exigencias frías, rigideces o palabras poco acogedoras. La Pascua nos invita a mirar como mira Dios: Él purifica los corazones con la fe, abre caminos de conversión y atrae hacia la vida. La Iglesia es madre cuando ayuda a sus hijos a encontrarse con Cristo y a crecer en su amor.

El salmo nos ensancha el corazón: “Contad las maravillas del Señor a todas las naciones”. El amor de Dios no está reservado a unos pocos. La alegría del Evangelio necesita ser anunciada, compartida, ofrecida. Cada comunidad cristiana existe para contar con la vida las maravillas del Señor: su perdón, su cercanía, su paciencia, su ternura, su poder para transformar corazones.

Y en el Evangelio, Jesús nos lleva al centro de todo: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor”. Qué palabra tan grande. Jesús nos ama con el mismo amor que recibe del Padre. Nuestra vida está sostenida por ese amor. Permanecer en Él significa vivir desde esa certeza: soy amado, soy sostenido, soy llamado a amar.

Jesús añade: “Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud”. La alegría cristiana nace de permanecer en el amor de Cristo. Es una alegría serena, honda, capaz de sostener incluso los días difíciles. No es entusiasmo pasajero ni simple bienestar exterior. Es la alegría de quien sabe que pertenece al Señor y que su vida tiene raíz en Él.

Que esta Eucaristía nos devuelva a lo esencial: somos salvados por la gracia del Señor Jesús. Permanezcamos en su amor, anunciemos sus maravillas y dejemos que su alegría llegue a plenitud en nosotros. Amén.