Homilía para el martes de la 27ª Semana del Tiempo Ordinario, Año Impar
Memoria obligatoria de Nuestra Señora del Rosario – 7 de octubre de 2025
(Jon 3, 1-10; Sal 129; Lc 10, 38-42)
Queridos hermanos:
Hoy la Iglesia nos invita a contemplar, con gozo y gratitud, a Nuestra Señora del Rosario, una devoción sencilla y profunda que atraviesa los siglos como un canto de amor, de contemplación y de fe. En cada cuenta del Rosario se entrelazan el Evangelio y la vida; en cada Avemaría, el corazón del creyente late al ritmo del Corazón de María.
El Rosario no es una repetición vacía, sino una escuela de vida cristiana, una forma de mirar los misterios de Cristo desde la mirada pura y creyente de su Madre. La liturgia de hoy nos ilumina con tres palabras que resumen la vida del discípulo y la espiritualidad del Rosario: conversión, escucha y contemplación.
La primera lectura nos presenta a Jonás, el profeta renuente, llamado por Dios a predicar la conversión a la gran ciudad de Nínive. Aquel que antes había huido del mandato divino, ahora obedece y se convierte en instrumento de salvación. Su palabra, tan breve como ardiente, mueve el corazón de un pueblo entero: “Creyeron en Dios, proclamaron el ayuno y se vistieron de saco, desde el mayor hasta el menor.”
Jonás nos enseña que la conversión comienza por la escucha. Antes de que Nínive se convierta, Jonás mismo ha tenido que dejarse tocar por la misericordia divina.
Así también María, en la plenitud de los tiempos, escuchó la Palabra, la acogió con fe y dijo su “sí” que cambió la historia.
El Rosario, hermanos, es un camino de conversión permanente. En su ritmo sereno y repetido, el alma se va abriendo a la acción de Dios. Cada Avemaría es una respiración que ordena el corazón, que lo pacífica y lo dispone para dejarse transformar. Como Jonás, como Nínive, también nosotros estamos llamados a dejar que Dios rehaga nuestra historia.
Porque solo un corazón convertido puede ser instrumento de paz. Solo quien se deja perdonar puede aprender a perdonar. El Rosario no se reza solo con los labios, sino con el corazón que vuelve, confía y ama.
El Evangelio nos lleva a Betania, a la casa donde Marta y María acogen a Jesús. Marta representa la acción generosa, pero dispersa; María, la escucha profunda y contemplativa. Jesús no desprecia el trabajo ni el servicio, pero enseña la prioridad: escuchar antes de actuar, orar antes de servir.
“María ha escogido la mejor parte, que no le será quitada.” Esta frase resume toda la vida cristiana. La fe no es solo hacer cosas para Dios, sino estar con Él, aprender de su Palabra, dejarse amar. El activismo agota; la oración alimenta. La contemplación, lejos de alejarnos del mundo, nos devuelve a él con un corazón transformado.
Así entendieron los santos esta lección: san Gregorio Magno decía que “el alma caldeada en la contemplación vive con mayor perfección la vida activa”. Y san Josemaría Escrivá nos recordaba: “En lo ordinario de la vida hay algo santo y divino, que toca a cada uno descubrir”.
El Rosario nos enseña ese equilibrio entre Marta y María. Mientras los labios rezan, el corazón contempla. En cada misterio, María nos invita a mirar la vida de Cristo: sus gozos, sus dolores, su gloria. Y, al hacerlo, nuestra vida se ilumina, se ordena, se pacifica. El Rosario no es evasión, es comunión.
El Salmo 129 expresa el gemido del alma penitente: “Desde lo hondo a ti grito, Señor, escucha mi voz.” Es el grito de quien sabe que solo Dios puede levantarlo.
La verdadera oración nace de la humildad, no de la suficiencia. El Rosario, con su ritmo paciente, nos enseña precisamente esto: a orar con confianza, como los niños que balbucean el nombre de su madre.
En cada Avemaría repetimos el nombre de Jesús con los labios de María, y ese nombre —más que cualquier palabra— sana, consuela y renueva. En tiempos de angustia, el Rosario ha sido para los cristianos una fuente de paz. No es casual que esta devoción se asociara a momentos de gran prueba, como la batalla de Lepanto, cuando el Papa san Pío V pidió al pueblo rezar el Rosario por la paz. La victoria, más que militar, fue espiritual: fue la victoria de la fe orante.
El Rosario cambia el corazón antes que las circunstancias. Donde hay un corazón que reza, hay esperanza. Donde hay una comunidad que reza, hay futuro. Por eso, María aparece en Lourdes y en Fátima con el Rosario en las manos: porque sabe que la oración sencilla puede detener la violencia, sanar el alma y abrir caminos de reconciliación.
Rezar el Rosario es: hacer nuestros los sentimientos de Cristo y aprenderlos de María.
Los dominicos, fueron sus grandes promotores, y bajo su impulso, esta oración se convirtió en patrimonio de toda la Iglesia. San Pío V —papa dominico— la instituyó como arma espiritual, no para la guerra, sino para la paz.
En sus manos, el Rosario se volvió una forma de predicación: no con grandes discursos, sino con el lenguaje del amor contemplativo. Y sigue siéndolo hoy, donde tantos necesitan redescubrir la fuerza de la oración sencilla.
Hermanos, al presentar dentro de unos momentos el pan y el vino, llevemos también nuestro “rosario de la vida”: los días de luz y de sombra, los momentos de gozo y de cruz, las victorias y las heridas. Todo puede ser ofrecido, todo puede ser transformado. El Rosario es una oración eucarística, porque en él, como en la Misa, todo se convierte en don, todo se hace ofrenda, todo se eleva hacia Dios.
Oración final:
Santa María, Virgen del Rosario,
enséñanos a orar con el corazón,
a escuchar con el alma,
a servir con alegría.
Haznos pacientes en la prueba,
humildes en el éxito,
generosos en el amor.
Que cada cuenta de nuestro Rosario
sea una palabra de paz para el mundo,
un suspiro de esperanza para los que sufren,
una semilla de fe para los que dudan.
Madre del silencio y de la ternura,
recíbenos bajo tu manto
y llévanos siempre a Jesús,
fruto bendito de tu vientre.
