Martes de la 4.ª Semana de Cuaresma.
La Palabra de hoy está atravesada por una imagen luminosa: el agua que da vida. No un agua quieta, estancada o decorativa, sino un agua que brota, corre, sana, fecunda y transforma todo lo que toca.
El profeta Ezequiel contempla en visión un torrente que sale del templo. Al principio parece pequeño, casi insignificante. Pero a medida que avanza, crece, se ensancha, se vuelve río caudaloso, y allí donde llega, la vida renace. La tierra estéril se vuelve fértil, las aguas muertas recobran vida, los árboles dan fruto y sus hojas sirven de medicina. Es una imagen bellísima de la acción de Dios: lo que nace de Él nunca permanece estéril; siempre lleva vida, siempre regenera, siempre sana.
La visión de Ezequiel no habla solo de un templo antiguo. Habla de una presencia nueva de Dios que alcanza la historia humana y la fecunda desde dentro. Ese torrente es la gracia. Es la vida divina que avanza silenciosamente y transforma lo que parecía perdido. Es Dios entrando en los lugares secos del corazón.
El salmo prolonga esta certeza con una confesión llena de confianza:
«El Señor del universo está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob.»
Aquí está la raíz de toda esperanza: Dios está con nosotros. No estamos abandonados a nuestras solas fuerzas, ni condenados a girar siempre en torno a nuestras mismas heridas. Hay una presencia que sostiene, una gracia que trabaja, una fidelidad que no se retira.
Y el Evangelio nos presenta esa presencia hecha persona en Jesús. A la orilla de la piscina de Betesda, entre tantos enfermos y paralizados, hay un hombre que lleva treinta y ocho años postrado. Toda una vida marcada por la impotencia. Toda una existencia detenida. Jesús se acerca y le hace una pregunta sorprendente:
«¿Quieres quedar sano?»
La pregunta parece innecesaria, pero es profundamente reveladora. No basta con sufrir una situación; hay que desear realmente salir de ella. A veces uno se acostumbra a sus parálisis, organiza su vida alrededor de ellas, incluso construye una identidad a partir de su herida. Jesús no da por supuesto ese deseo: lo despierta.
El hombre responde mostrando toda su frustración acumulada: «No tengo a nadie que me meta en la piscina.» Es la voz de quien se siente solo, de quien ha esperado demasiado tiempo, de quien se ha resignado a vivir dependiendo de una ayuda que nunca llega.
Entonces Jesús pronuncia una palabra creadora: «Levántate, toma tu camilla y echa a andar.» Y el Evangelio dice con sobriedad y fuerza: «Al momento aquel hombre quedó sano.»
Aquí está el centro del pasaje. La vida que brotaba del templo en la visión de Ezequiel se hace concreta en Cristo. Donde Él llega, la esterilidad comienza a ceder. Donde Él habla, la parálisis se rompe. Donde Él toca, la vida vuelve a ponerse en marcha.
La Cuaresma es un tiempo privilegiado para escuchar esa misma pregunta: ¿Quieres quedar sano? No solo físicamente, sino interiormente.
¿Quieres dejar atrás la dureza, la tristeza, el rencor, la rutina espiritual, la resignación? ¿Quieres permitir que la gracia llegue a esas zonas de tu vida donde hace tiempo no corre el agua?
Porque todos tenemos alguna forma de parálisis. A veces es el miedo. A veces una culpa antigua. A veces una herida no sanada. A veces la sensación de que nada puede cambiar. Y, como aquel hombre, podemos repetir interiormente: “No tengo a nadie”. “No puedo”. “Ya es tarde”. “Siempre ha sido así”.
Pero la Palabra de hoy nos dice otra cosa: donde llega el torrente, hay vida. Donde entra Cristo, la historia puede empezar de nuevo.
Es importante notar que Jesús no mete al hombre en la piscina. Lo saca de otra lógica. No lo deja pendiente del mecanismo que él esperaba, sino que le ofrece una palabra nueva. También nosotros muchas veces queremos que Dios actúe dentro de nuestros esquemas, con nuestras soluciones previstas, de la manera que habíamos imaginado. Pero el Señor suele obrar abriendo caminos inesperados. No repite nuestros guiones; crea algo nuevo.
En este tiempo cuaresmal, la Iglesia nos invita a no resignarnos a nuestras postraciones. A no hacer las paces con nuestras esterilidades. A no vivir como si el Evangelio no pudiera cambiar nada. Cristo sigue pasando. Sigue preguntando. Sigue pronunciando palabras que levantan.
Quizá hoy la gracia consista en dejar de mirar solo la piscina que no se mueve y empezar a mirar al Señor que está delante de nosotros. Quizá la sanación comience cuando dejamos de definirnos por la herida y comenzamos a escucharnos llamados por Cristo a una vida nueva.
El torrente de Ezequiel sigue corriendo. Es el Espíritu que brota del costado de Cristo, es la gracia que fecunda el corazón, es la misericordia que no se cansa. Y allí donde llega, renace la vida.
Pidamos hoy en esta Eucaristía que el Señor entre en nuestras zonas secas y paralizadas. Que nos dé la valentía de desear realmente la curación. Que su palabra nos levante. Y que, sostenidos por su presencia, podamos volver a caminar.
Porque cuando Cristo entra en la vida, lo estéril puede florecer, lo detenido puede ponerse en pie, y lo herido puede comenzar a sanar.
