HOMILÍA – viernes de la 5ª Semana del Tiempo Ordinario (ciclo par)
La liturgia de hoy nos invita a contemplar un hilo que atraviesa las tres lecturas y que se puede expresar de manera clara: cuando el corazón deja de escuchar a Dios, todo se fragmenta; cuando Cristo toca esa sordera y dice Effetá, la existencia recupera unidad.
En la primera lectura asistimos a uno de los momentos más dolorosos de la historia de Israel: la división del reino. Lo que había nacido como un pueblo unido, sostenido por la alianza, termina dividido en dos: Judá por un lado, Israel por otro. Lo que parte el corazón de Dios no es solo el conflicto político, sino la raíz espiritual del quiebre: el pueblo se ha alejado de la escucha, el corazón ha perdido su centro, la fidelidad se ha debilitado. La división exterior manifiesta una división interior. Cuando el pueblo se cierra a la voz del Señor, pierde su rumbo, pierde su paz, pierde su identidad.
El salmo recoge este drama desde la perspectiva de Dios: «Escucha, pueblo mío». Es un grito cargado de amor y de dolor. Dios habla, pero el pueblo no responde. Él ofrece camino, pero el corazón se dispersa. Él sostiene la alianza, pero la libertad humana se resiste. Sin escucha no hay comunión; sin comunión no hay vida en plenitud. La unidad nace siempre de un oído abierto y de un corazón disponible.
Y es aquí donde aparece la buena noticia del Evangelio: Jesús entra en el territorio de la Decápolis y le presentan un hombre sordo y con dificultad para hablar. En esa figura se concentra la condición espiritual de toda la humanidad. Cuando no escuchamos, no podemos hablar con verdad; cuando el corazón se cierra, la palabra pierde vida. Jesús se acerca, toca, mira al cielo, suspira… y pronuncia una palabra que ha quedado grabada para siempre en la memoria de la Iglesia: “Effetá”, es decir, “Ábrete”.
Ese Effetá es más que un gesto de curación. Es la restauración de la comunión perdida. Es el comienzo de un nuevo modo de vivir. Es el mismo Dios que vuelve a hacer posible la alianza. El que estaba aislado puede entrar de nuevo en relación; el que estaba encerrado por dentro recupera la libertad; el que no escuchaba puede reconocer la voz de Dios; el que no hablaba puede bendecir, orar, agradecer.
Cristo no abre solo los oídos corporales. Abre lo profundo, abre la conciencia, abre las heridas ocultas que han cerrado la vida. Su Effetá devuelve unidad a lo que estaba dividido, vuelve a juntar lo que el pecado había roto, despierta de nuevo el dinamismo de la fe.
Este Evangelio ilumina nuestra vida cotidiana. A veces notamos que dentro de nosotros hay pequeñas fisuras: falta de paz, tensiones interiores, cansancio moral, dispersión espiritual. No siempre es por grandes pecados; muchas veces es por una escucha debilitada. Hemos dejado que otras voces ocupen el centro. Nos cuesta oír con claridad al Señor que habla en la Palabra, en la conciencia, en la comunidad, en los pobres, en la oración silenciosa. Y cuando la escucha se debilita, la vida se fragmenta.
Hoy Jesús se acerca a cada uno para repetir la palabra que lo transforma todo:
Effetá. Ábrete.
Ábrete a la voz que te busca.
Ábrete a la gracia que quiere unificarte.
Ábrete a la fidelidad que restaura la comunión interior.
Ábrete a una relación viva con Dios que te devuelve claridad y paz.
El Evangelio concluye con una frase que resume la obra de Cristo: «Todo lo ha hecho bien.» Todo lo que Él toca recupera su belleza. Todo lo que Él abre vuelve a respirar. Todo lo que Él unifica vuelve a caminar. Por eso, en este día, la oración más profunda que podemos hacer es sencilla: Señor, toca mi corazón y di de nuevo tu palabra sobre mí. Ábreme a tu escucha, abre mi vida a tu voz, abre mis relaciones a la comunión. Hazme capaz de hablar desde la verdad y de vivir desde la fidelidad.
La división del reino fue fruto de corazones cerrados. La comunión del Reino nace de corazones abiertos. Entre un extremo y otro se sitúa el gesto misericordioso de Cristo, que nos toma de la mano y nos dice: «Effetá… comienza de nuevo.»
