HOMILÍA – MARTES II DE ADVIENTO
El Adviento que estamos recorriendo —este camino interior de vigilancia, purificación y esperanza activa— alcanza hoy una etapa luminosa. Toda la liturgia de este día es un abrazo de Dios a su pueblo: una llamada a consolar, una invitación a preparar el corazón y una revelación del Pastor que no quiere perder a ninguno de los suyos; nos muestra dos rostros de este Dios que viene: – El Dios poderoso: «Mirad, el Señor Dios llega con poder». – El Dios pastor: «Como un pastor que apacienta su rebaño… toma en brazos a los corderos».
Dos imágenes que no se contradicen, sino que se iluminan: la fuerza de Dios es su ternura. El Dios que llega en Adviento viene para curar heridas y para reunir uno a uno a los que estaban dispersos.
Isaías abre la jornada con un doble imperativo que es casi un susurro de ternura divina: «Consolad, consolad a mi pueblo.» Es el consuelo que brota de la certeza de que Dios vuelve a acercarse, vuelve a caminar con nosotros, vuelve a tocar nuestra historia. Adviento no es la inquietud del hombre que busca a Dios, sino el movimiento incansable de Dios hacia el hombre.
Y enseguida añade: «Preparadle un camino al Señor.» Si Dios viene, es necesario abrirle paso. Es el camino del alma: – donde los valles abatidos son nuestras tristezas que Él quiere elevar; – donde los montes altivos son nuestros orgullos que Él quiere rebajar; – donde las sendas torcidas son nuestras resistencias que Él quiere enderezar.
Preparar un camino es dejar que la gracia ordene lo que el pecado ha roto; es despejar lo que bloquea su paso y ensanchar lo que su amor desea fecundar.
Y entonces llega la gran promesa: «Se revelará la gloria del Señor… la Palabra de nuestro Dios permanece para siempre.» En un mundo donde casi nada permanece, donde todo parece fugaz —emociones, seguridades, relaciones, sistemas— la Palabra es la roca firme. Quien escucha la Palabra, espera. Y quien espera, reconoce su venida.
Isaías culmina con una imagen doble que expresa el misterio del Dios que llega: «Mirad, el Señor Dios llega con poder… como un pastor que apacienta su rebaño.» Viene con poder, pero su poder es misericordia. Viene con fuerza, pero su fuerza es ternura. Viene como Rey, pero se acerca como Pastor que carga en sus brazos al débil y reúne, uno por uno, a los dispersos.
El salmo responde con un gesto de alegría: «Cantad al Señor… porque llega con fuerza.»
Adviento no es tiempo gris: es tiempo de canto. Solo canta quien cree que el futuro tiene luz.
El Evangelio, finalmente, revela el corazón de todo este camino: «No es voluntad de vuestro Padre del cielo que se pierda ni uno solo de estos pequeños.»
Aquí, en esta frase, cabe todo el Adviento. Dios viene porque no quiere perder a nadie. No deja a nadie fuera del rebaño. No da por perdido ni a quien ya no espera, ni a quien se esconde, ni a quien camina herido.
Adviento es la visita de un Dios que busca. Adviento es la certeza de un Pastor que no descansa. Adviento, es la promesa de un Padre que no renuncia a ninguno de sus hijos.
Te ofrecemos el pan, como el deseo sincero de que nuestra vida se convierta en alimento para quienes buscan consuelo, compañía, escucha o paz. Y te ofrecemos el vino, que contiene la alegría aún no plena de nuestra esperanza. Que este vino sea el signo de nuestra conversión sincera.
Oración conclusiva
Señor Jesús,
Tú que vienes con fuerza y con ternura,
construye en nosotros un camino para tu llegada.
Cura nuestras heridas, despierta nuestra esperanza
y haznos capaces de consolar a quienes caminan con nosotros.
Que tu Palabra, que permanece para siempre,
sostenga nuestra vida cada día.
Y que ninguno de tus pequeños se pierda en nuestra indiferencia.
Ven, Señor, Pastor bueno,
y llévanos en tus brazos hacia la alegría de tu Reino.
Amén.
