DONES PARA SERVIR, CARIDAD AUTÉNTICA Y ESPERANZA ALEGRE

Homilía del Martes de la XXXI Semana del Tiempo Ordinario (Memoria de San Carlos Borromeo)

Queridos hermanos:

Hoy la Palabra de Dios nos entrega una síntesis preciosa de lo que significa vivir como cristianos: reconocer que todo es don, ponerlo al servicio de los demás, y hacerlo desde un corazón humilde, sencillo y lleno de esperanza

San Pablo nos recuerda: «Los dones que poseemos son diferentes, según la gracia que se nos ha dado» (Rm 12,6).
Esto cambia toda perspectiva. Lo que somos y lo que tenemos nace  de la gratuidad de Dios.

– Si tienes palabra de consuelo, úsala.
– Si sabes animar, anima.
– Si puedes servir, sirve.
– Si sabes orar, ora por todos.

Nadie es dueño de sus dones. Son prestados, confiados para que se multipliquen en amor. Y si todo es gracia, entonces todo debe ser servicio.

San Pablo lo dice sin rodeos: «Que vuestra caridad no sea una farsa» (Rm 12,9).
La caridad hipócrita es el mayor escándalo del cristianismo: palabras de amor sin obras, gestos piadosos sin ternura, manos juntas, pero corazones fríos.

¿Cómo es la caridad auténtica según el apóstol?

  • «Apegaos a lo bueno»: amad lo verdadero, lo honesto, lo que edifica.
  • «Sed cariñosos los unos con los otros»: no es solo cumplir, es querer.
  • «No seáis descuidados en la actividad»: el amor no es pereza, es decisión.
  • «Que la esperanza os mantenga alegres»: el cristiano no sirve con cara triste.
  • «Sed asiduos en la oración»: sin oración, el don se enfría y el alma se vacía.
  • «Poneos al nivel de la gente humilde»: bajarse del pedestal, mirar a los ojos, tocar las heridas.

El salmista susurra algo esencial: «Señor, mi corazón no es ambicioso ni mis ojos altaneros… Acallo y modero mis deseos como un niño en brazos de su madre» (Sal 130).

Solo quien ha acallado sus ambiciones puede vivir para los demás. Solo quien se deja abrazar por Dios puede abrazar a sus hermanos.

En el Evangelio, uno de los comensales exclama: «¡Dichoso el que coma en el banquete del Reino de Dios!» (Lc 14,15). Y Jesús responde con una parábola que nos sacude: todos están invitados, pero no todos responden.

Los mismos que rezan, los mismos que escuchan, pueden quedarse fuera… no por maldad, sino por excusas.
El campo, los negocios, el bienestar, las ocupaciones… excusas válidas, pero mortales para el alma. El Reino es banquete, es fiesta, es don. Pero requiere una cosa: decidirse. Dios invita. Tú respondes.

San Pablo no escribe teoría. Pone nombres, verbos y actitudes concretas a lo que significa vivir de verdad el Evangelio. Y hoy, estas palabras se vuelven una brújula para nuestra vida diaria:

  • «Apegaos a lo bueno» En un mundo donde el mal hace ruido y el relativismo lo confunde todo, ser cristiano es convertirse en buscador de lo verdadero, lo noble, lo que edifica. No basta con criticar lo que está mal: hay que elegir lo que está bien y aferrarse a ello con convicción, aunque sea pequeño y escondido.
  • «Sed cariñosos los unos con los otros» Amar no es solo hacer cosas correctas, sino hacerlas con ternura. No es cumplir, es querer. En nuestras casas, comunidades, parroquias, necesitamos menos juicios y más abrazos; menos dureza y más misericordia.
  • «No seáis descuidados en la actividad» El amor no es pereza. No se improvisa ni se vive a ratos. Es dedicación, constancia, entrega silenciosa. El cristiano no es espectador, sino colaborador activo del Reino.
  • «Que la esperanza os mantenga alegres» Una fe sin alegría no convence, no atrae. La tristeza permanente no evangeliza. La esperanza cristiana no ignora el dolor, pero no se hunde en él. Mira más allá, porque sabe que Dios cumple sus promesas.
  • «Sed asiduos en la oración» Sin oración, los dones se marchitan. El servicio se convierte en activismo. El corazón se enfría. Orar no es perder el tiempo: es recordar de quién venimos, hacia dónde vamos y por quién vivimos.
  • «Poneos al nivel de la gente humilde» El Evangelio no se vive desde lo alto, sino desde abajo. Jesús se agachó para lavar los pies, miró a los ojos, tocó las heridas. También nosotros estamos llamados a dejar los “pedestalismos”, a renunciar a la autosuficiencia y a compartir la vida desde la sencillez.

Hoy, la liturgia no solo nos ofrece la Palabra, sino también un rostro concreto del Evangelio vivido: san Carlos Borromeo. Él lo tenía todo para instalarse en los honores: cardenal a los 22 años, sobrino del Papa, rodeado de poder y privilegio. Y, sin embargo, eligió el camino estrecho: fue pastor antes que príncipe, sirvió antes que gobernar.

San Carlos encarnó lo que san Pablo nos pide hoy:

  • «Que la caridad no sea una farsa»: Visitaba personalmente parroquias abandonadas, formó a los sacerdotes, cuidó a los pobres.
  • «No seáis descuidados en la actividad»: Durante la peste de Milán, mientras muchos huían, él se quedó, abrió hospitales, vendió sus bienes para alimentar a los enfermos.
  • «Sed asiduos en la oración»: Sus jornadas comenzaban de rodillas. Sabía que, sin Eucaristía, sin silencio, sin confesión, el pastor se convierte en funcionario.
  • «Poneos al nivel de la gente humilde»: No gobernaba desde un despacho. Caminaba, escuchaba, lloraba con los que sufrían.

San Carlos demostró que la santidad no es perfección sin heridas, sino don ofrecido sin medida. Fue grande no por sus títulos, sino porque se dejó gastar por Cristo y por su Iglesia.

Ofrenda

Señor, te presentamos en este altar nuestros dones y nuestras pobrezas.
Te entregamos nuestro deseo de amar sin fingir, de servir sin esperar, de creer sin condiciones.
Haz de nuestra vida un banquete abierto, donde nadie se sienta excluido.
Recibe también nuestros silencios, nuestras heridas y nuestro “sí”, pequeño pero sincero.

Oración conclusiva breve

Señor Jesús,
enséñame a apegarme a lo que es bueno,
a amar con ternura, sin durezas ni máscaras.

Despierta en mí un corazón que sirva sin pereza,
que espere con alegría, aun en la prueba,
y que no se canse de orar y confiar.

Hazme humilde como Tú,
capaz de bajar al nivel de los pequeños,
de mirar sin juzgar, de tocar sin miedo,
de amar sin esperar nada a cambio.

María, Madre,
llévame a vivir así:
con un corazón sencillo, agradecido y fiel.

Amén.