DON Y COHERENCIA

Homilía – jueves XXVIII Semana del Tiempo Ordinario (Año Impar) Lecturas: Rm 3, 21–30; Sal 129; Lc 11, 47–54

Queridos hermanos:

Las lecturas de hoy nos invitan a mirar al corazón mismo del Evangelio: la salvación como don gratuito de Dios y la fidelidad a la verdad profética. San Pablo nos anuncia que el hombre es justificado por la fe, no por sus méritos; y Jesús denuncia en el Evangelio la incoherencia de aquellos que aparentan religiosidad, pero rechazan la verdad. La fe salva; la hipocresía mata. La fe abre puertas al Reino; la falsa religiosidad las cierra.

La carta a los Romanos, escrita por Pablo en Corinto hacia el año 57, presenta una de las síntesis más profundas del cristianismo: “El hombre es justificado por la fe, sin las obras de la ley.”

El apóstol proclama que la salvación no depende de los méritos humanos ni del cumplimiento riguroso de preceptos, sino del amor gratuito de Dios que se ha revelado en Cristo. Dios no se deja comprar; se deja amar. Su justicia no condena, sino que salva, porque en Jesús nos ha reconciliado consigo.

Pablo escribe contra aquellos que pensaban que para ser cristiano había que hacerse primero judío, cumpliendo la Ley de Moisés. Pero el Evangelio no exige pertenencia previa: basta la fe en Jesús. La salvación no se gana: se acoge porque es regalada.

La ética cristiana, entonces, no es un esfuerzo para “ganarse el cielo”, sino la consecuencia gozosa de vivir desde la gracia. No actuamos para merecer el amor de Dios, sino porque ya somos amados por Él.

Por eso, esta Palabra nos interroga: – ¿Vivimos desde la confianza o desde la obsesión por “cumplir”? – ¿Seguimos creyendo que Dios nos ama más cuando todo nos sale bien y menos cuando fallamos?

El Evangelio de la gracia nos recuerda algo decisivo: Dios no nos ama porque seamos buenos; somos buenos porque nos sabemos amados.

El Evangelio nos trasladaba ante de ayer a la casa de un fariseo, donde Jesús ha sido invitado a comer. El Maestro, que no se lava las manos según la costumbre ritual, provoca el escándalo del anfitrión. Y en ese contexto pronuncia unas palabras duras, pero necesarias:

“¡Ay de vosotros, que edificáis los sepulcros de los profetas a quienes mataron vuestros padres!”

Con esta imagen, Jesús denuncia la incoherencia de quienes aparentan honrar a los hombres de Dios, pero no escuchan la voz profética que resuena hoy.
El profeta molesta mientras vive; solo cuando muere se le veneran los restos.
La historia se repite: matan al profeta vivo y adornan su tumba después.

Jesús añade una segunda acusación: “Os habéis llevado la llave de la ciencia: no entrasteis vosotros, y a los que intentaban entrar se lo habéis impedido.”

Es una denuncia contra toda actitud cerrada y elitista dentro de la religión.
Aquellos que tenían la misión de enseñar la Palabra la convirtieron en instrumento de poder, cerrando el acceso al Reino.

Hoy, Jesús nos recuerda que la profecía forma parte del corazón del Evangelio. “Les enviaré profetas y apóstoles, y a algunos los matarán y perseguirán.”

El profeta es alguien tocado por Dios, capaz de leer la historia con los ojos del Espíritu y de decir la verdad, aunque duela. Por eso, la profecía siempre resulta incómoda: incomoda al poder, a la indiferencia y a la mediocridad.

También hoy existen profetas que hablan con su vida. Personas como san Óscar Romero, la Madre Teresa o san Juan XXIII, que fueron portavoces de la verdad y de la misericordia en tiempos difíciles. Pero la pregunta es: ¿escuchamos su mensaje o simplemente los admiramos desde lejos? ¿Nos quedamos en el monumento o dejamos que su palabra siga inquietando nuestras conciencias?

Hoy se nos pedirá cuenta —dice Jesús— no solo de nuestras omisiones personales, sino también de los silencios colectivos: del daño a la creación, de la exclusión de los pobres, del desprecio a los que piensan distinto, del olvido de los testigos del Evangelio. La fe se vive de rodillas, no desde la soberbia de quien se cree dueño de la verdad. La Palabra de hoy nos invita a dos conversiones concretas:  

Primero, a vivir la fe desde la gracia. Nuestra relación con Dios no es una transacción, sino un encuentro. No se trata de ganar su favor, sino de acoger su amor. Solo una fe humilde, abierta, confiada, nos hace libres.

Y segundo, a vivir con coherencia y espíritu profético. Que nuestra fe no se vuelva máscara ni adorno. San Agustín lo decía con fuerza: “Muchos se llaman cristianos, pero no lo son en la vida, ni en la esperanza, ni en la caridad.”

Y el papa Benedicto XVI nos recordaba que el mal a menudo se disfraza de bien, fingiendo mostrarnos lo mejor para alejarnos del Evangelio. Por eso, la coherencia cristiana consiste en verdad: en dejar que Cristo unifique lo que pensamos, decimos y hacemos.

Al presentar el pan y el vino, ofrezcamos también nuestra fe, a veces débil, a veces temerosa, pero sincera. Pidamos al Señor que nos libre de la apariencia, de la autosuficiencia, del juicio fácil. Que nos conceda una fe viva, que acoja su gracia y se traduzca en misericordia. Y que, con nuestras palabras y gestos, abramos caminos al Evangelio, en lugar de cerrarlos.

Conclusión orante

Señor Jesús,
tú que nos justificas por la fe
y no por nuestras obras,
haznos humildes y confiados.

Líbranos de las máscaras que esconden la verdad,
de la hipocresía que apaga el Espíritu,
del orgullo que cierra las puertas del Reino.

Haznos testigos sinceros de tu gracia,
capaces de escuchar y de anunciar la voz de los profetas de hoy.
Danos la valentía de tu Evangelio,
para vivir con coherencia, aunque incomode,
y con ternura, aunque duela.

Que tu Palabra, Señor,
penetre nuestras resistencias y nos devuelva la alegría de creer.
Que nuestra fe no excluya, sino que acoja;
no condene, sino que sane;
no calle, sino que hable con amor.

Desde lo hondo a ti grito, Señor;
en ti espera mi alma,
porque del Señor viene la misericordia
y la redención copiosa. Amén.