HOMILÍA – martes de la 6ª Semana del Tiempo Ordinario (año par)
Las lecturas de hoy nos ayudan a entrar en un tema esencial para la vida espiritual: el discernimiento de lo que nos mueve por dentro. Santiago nos lo recuerda con una afirmación luminosa: “Dios no tienta a nadie” El mal no procede de Dios; procede de un deseo desordenado que, si se alimenta, termina arrastrando al corazón. Dios no empuja al pecado ni pone trampas en nuestro camino. Dios educa; no confunde. Dios sostiene; no empuja a la caída. Dios ilumina; no oscurece la conciencia.
Este es el primer paso para un discernimiento sano: reconocer que el mal no nace fuera, sino en el interior cuando dejamos que nuestros deseos se cierren sobre sí mismos. Santiago nos invita a mirar hacia dentro con honestidad y a nombrar lo que necesita orden, purificación o luz.
El salmo continúa esta pedagogía interior: “Dichoso el hombre a quien tú educas, Señor” La educación de Dios no es una carga pesada, es una bendición. Él educa a través de la Palabra, a través de la conciencia, a través de la vida cotidiana, incluso a través de situaciones que nos cuestionan. A veces la corrección de Dios se vive como un momento de desierto, pero precisamente ahí el corazón aprende a distinguir lo que lo fortalece de lo que lo divide. La verdadera dicha consiste en dejar que Dios forme la mente, el juicio, los deseos.
El Evangelio de Marcos nos advierte sobre aquello que puede corromper ese proceso interior: “Evitad la levadura de los fariseos y de Herodes.”
La levadura, en la Biblia, representa aquello que influye, que penetra, que transforma desde dentro. Jesús señala dos levaduras que pueden deformar el corazón del discípulo:
– La levadura de los fariseos: la rigidez que aparenta religiosidad, pero que no deja espacio a Dios. Es la práctica exterior sin conversión interior, la fe reducida a normas que no tocan la vida. – La levadura de Herodes: la mentalidad mundana que busca poder, prestigio y control; una fe que se acomoda a los criterios del mundo y se vacía de profundidad.
Ambas actúan de forma silenciosa, como la levadura en la masa. Jesús, con voz firme, nos dice: “Evitadlas.” No pide temor, pide vigilancia. No señala un peligro externo, sino una tentación que puede entrar en el corazón sin que uno se dé cuenta.
La escena concluye con los discípulos preocupados por el pan, sin comprender la enseñanza de Jesús. A veces también nosotros nos quedamos en lo superficial, en lo inmediato, incapaces de reconocer que el verdadero pan es la Palabra que purifica el corazón y lo preserva de la confusión interior.
Hoy, la Palabra nos invita a un camino simple y decisivo:
• Reconocer que Dios es siempre fuente de bien. • Aceptar la educación paciente que Dios realiza en nosotros. • Cuidar el corazón de influencias que lo deforman.
• Permitir que Cristo mismo sea la levadura que transforma nuestra vida.
El discernimiento cristiano comienza cuando dejamos de mirar fuera y empezamos a escuchar lo que sucede dentro: qué deseo me mueve, qué intención me guía, qué voz estoy escuchando. Quien permite que Dios eduque su corazón vive en la libertad y en la verdad. Y quien se deja guiar por la levadura del Evangelio se convierte él mismo en un signo de vida para los demás.
Que este día sea una oportunidad para pedir un corazón claro, sin doblez, abierto a la luz del Señor.
