Jueves de la 5.ª Semana de Cuaresma
La Palabra de hoy nos sitúa en el corazón de la esperanza bíblica: Dios hace alianza, Dios permanece fiel, y esa fidelidad abre un horizonte más fuerte que la muerte.
En la primera lectura contemplamos a Abrahán postrado en tierra ante Dios. Es una escena de adoración, de pequeñez y de promesa. Dios le cambia el nombre, ensancha su vocación y le dice: «Serás padre de muchedumbre de pueblos… mantendré mi alianza contigo… seré tu Dios y el de tu descendencia.»
La alianza nace siempre de la iniciativa de Dios. No es el hombre quien asegura a Dios su fidelidad; es Dios quien se compromete primero, quien promete, quien sostiene, quien abre futuro donde humanamente parecía no haberlo.
Eso es muy importante en este tiempo de Cuaresma. Porque a veces podemos vivir la fe como si todo dependiera de nuestras fuerzas, de nuestros méritos, de nuestra capacidad de ser constantes. Y hoy la liturgia nos recuerda que en la raíz está la fidelidad de Dios. Antes de nuestro esfuerzo está su promesa. Antes de nuestra respuesta está su alianza.
El salmo lo proclama con una serenidad llena de confianza: «El Señor se acuerda de su alianza eternamente.» Dios no olvida lo que ha prometido. Nosotros olvidamos, nos enfriamos, vacilamos, retrocedemos. Dios no. Su memoria es fidelidad. Su recuerdo no es un simple mirar hacia atrás, sino una presencia activa que sigue sosteniendo la historia.
Y entonces llegamos al Evangelio, donde Jesús lleva esta promesa a una hondura inesperada. Dice una palabra que parece imposible: «Quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre.»
Sus oyentes reaccionan con desconcierto. Les parece una exageración. Miran la realidad desde la evidencia inmediata: Abrahán murió, los profetas murieron, todos mueren. ¿Cómo puede Jesús decir algo así? Pero el Señor no está negando la muerte biológica; está revelando algo más profundo: la comunión con Él introduce en una vida que la muerte ya no puede destruir.
Aquí se abre el gran horizonte pascual hacia el que caminamos. La muerte ya no es la última palabra para quien vive unido a Cristo. Guardar su palabra no significa solo recordarla o admirarla, sino acogerla como principio de vida, dejar que modele la existencia, permanecer en comunión con Él. Y esa comunión tiene una fuerza que atraviesa la muerte.
Luego Jesús dice algo aún más sorprendente: «Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensando ver mi día; lo vio y se llenó de alegría.» Es una frase inmensa. Toda la esperanza de Abrahán, toda su fe, toda la promesa recibida estaban orientadas hacia Cristo. Abrahán vivió apoyado en una promesa que no vería plenamente con sus ojos, y sin embargo se alegró. Su vida fue una existencia abierta al día de Dios.
Y entonces Jesús pronuncia la palabra definitiva: «Antes de que Abrahán existiera, Yo soy.» Aquí ya no estamos solo ante un maestro o un profeta. Jesús toma sobre sí el nombre mismo de Dios. El “Yo soy” remite a la revelación del Sinaí, al Dios vivo, al Dios eterno, al que es. Cristo no es simplemente un eslabón más dentro de la historia de la alianza: es su cumplimiento, su centro, su sentido pleno.
Por eso la reacción de sus oyentes es tan violenta. Perciben que Jesús no está diciendo algo secundario. Está revelando su identidad. Y esa revelación obliga a decidirse. O se acoge con fe, o se rechaza.
También nosotros estamos llamados hoy a tomar posición ante esta Palabra. Porque la alianza no es solo un tema del pasado; se actualiza en nuestra vida. Dios sigue diciendo: “Seré tu Dios”. Cristo sigue ofreciendo una palabra que vence la muerte. La cuestión es: ¿guardamos esa palabra?
Guardar la palabra de Cristo significa dejar que entre en nuestras decisiones, en nuestros miedos, en nuestra forma de amar, en nuestra manera de afrontar el sufrimiento, el tiempo y también la muerte. Significa vivir no encerrados en lo visible, sino sostenidos por una promesa.
Abrahán creyó sin verlo todo. Caminó apoyado en la fidelidad de Dios. Su alegría brotó de saber que la historia estaba en manos del Señor. También nosotros, en esta quinta semana de Cuaresma, estamos llamados a caminar así: no apoyados solo en lo que sentimos o controlamos, sino en la alianza que Dios no olvida.
Quizá la liturgia de hoy nos invita a revisar qué palabra sostiene realmente nuestra vida. ¿Vivimos desde la lógica del miedo, de lo inmediato, de lo visible? ¿O nos dejamos sostener por la promesa de Dios? ¿Creemos de verdad que en Cristo hay una vida que la muerte no puede vencer?
La Cuaresma nos acerca cada vez más al misterio de la Pascua. Y hoy ya resplandece esta certeza: el Dios de la alianza no abandona, el “Yo soy” ha entrado en nuestra historia, y quien guarda su palabra participa ya de una vida eterna.
Pidamos en esta Eucaristía la fe confiada de Abrahán, la memoria agradecida del salmista y la docilidad del discípulo que guarda la palabra de Cristo.
Y que también nosotros podamos vivir con esa esperanza que llena de alegría el corazón:
la alianza permanece, Dios es fiel, y en Cristo la muerte ya no tiene la última palabra.
