DIOS CUMPLE SU PROMESA

Homilía – 24 de diciembre

“A las puertas de la Navidad: cuando Dios cumple su promesa”

Estamos en la víspera de la Navidad. El Adviento llega a su plenitud y la Iglesia se detiene hoy en un punto decisivo: Dios está a punto de cumplir definitivamente su promesa. Durante semanas hemos hablado de espera, paciencia, vigilancia, esperanza… Hoy, la liturgia nos hace sentir que la historia ha llegado a su “hora”. No es simplemente que llega una fiesta hermosa; llega Alguien, llega el Dios vivo, el Dios fiel, el Dios que nunca ha olvidado a su pueblo.

La liturgia nos invita a mirar la historia con ojos de fe. No celebramos solo la llegada de una fecha entrañable; celebramos que Dios cumple su palabra. Y la Palabra de hoy nos conduce paso a paso a esta certeza.

La primera lectura recuerda la gran promesa hecha a David: “Cuando se cumplan tus días… suscitaré descendencia tuya… tu casa y tu reino permanecerán siempre firmes ante mí.”

Dios asegura una continuidad indestructible. No promete esplendor político, promete un reino que no se derrumba, una fidelidad que no caduca, una salvación que no se deshace con el tiempo. En esa promesa se sostiene toda la esperanza de Israel… y en esa promesa se apoya también nuestra esperanza hoy. Navidad es la proclamación de que esa palabra no fue olvidada, de que Dios no canceló su proyecto sobre la humanidad. El Niño que nacerá esta noche es la “descendencia” prometida, el Rey humilde pero eterno, la fidelidad de Dios hecha carne.

Por eso el salmo puede decir con verdad: “Cantaré eternamente tus misericordias, Señor… le mantendré eternamente mi favor.”

La Navidad nace de la misericordia eterna de Dios. Él ha mantenido su favor a su pueblo, a pesar de las infidelidades, las caídas, las debilidades, los extravíos. Lo que la Navidad anuncia es esto: Dios no se cansa de amar. Dios no retira su promesa. Dios no se rinde ante nuestra fragilidad. Por eso podemos cantar; por eso esta fiesta sostiene el corazón incluso cuando la vida se hace dura.

Y entonces entra en escena la gran voz de Zacarías. El evangelio nos presenta su cántico como un estallido de luz: “Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo.”

Navidad es visita y es redención. No somos nosotros quienes subimos hacia Dios; es Dios quien baja hacia nosotros. Él no envía solo palabras, envía su presencia. No manda solo consuelos, viene Él mismo. Y viene para liberar, para ensanchar, para curar lo que estaba herido, para rescatar lo que estaba perdido. Dios no nos mira desde lejos: nos visita.

Y Zacarías añade la imagen quizá más hermosa del Adviento entero: “Nos visitará el Sol que nace de lo Alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz.”

Ese Sol es Cristo. En su luz se deshacen nuestras tinieblas, en su presencia se atraviesan nuestros miedos, en su amor se ilumina el sentido de la vida.

Este Sol viene para guiar nuestros pasos por el camino de la paz: la paz con Dios, la paz con los demás, la paz con uno mismo.

Estamos, hermanos, a las puertas del misterio. Que no lleguemos a él distraídos; que no lo vivamos superficialmente. Abramos el corazón a la promesa cumplida, dejémonos sostener por la misericordia, dejémonos iluminar por el Sol que nace y dejémonos conducir hacia la paz.

Cuando esta noche adoremos al Niño, podremos decir con verdad: Señor, Tú eres el cumplimiento de la promesa… Tú eres la misericordia eterna… Tú eres el Sol que ilumina nuestra vida… Bienvenido seas a nuestra historia. Ven, Señor Jesús