DESCONOCER LAS ESCRITURAS ES DESCONOCER A CRISTO

Homilía para la Memoria de San Jerónimo (30 de septiembre)

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy celebramos con alegría la memoria de San Jerónimo, uno de los grandes Padres de la Iglesia, hombre de fe profunda, de temperamento fuerte y de pasión desbordante por la Palabra de Dios.

Cuando uno contempla la vida de San Jerónimo, no puede dejar de preguntarse: ¿qué fue lo que sostuvo y orientó a este hombre durante su intensa vida de estudio, traducción, oración, penitencia y controversia? La respuesta es clara: un amor ardiente por las Sagradas Escrituras, hasta el punto de que su frase más conocida ha atravesado los siglos como un aldabonazo para cada generación de cristianos: “Desconocer la Escritura es desconocer a Cristo.”

Hoy, al recordarlo, no hacemos solo memoria de un sabio del pasado. Escuchamos la llamada urgente de un profeta para nuestro tiempo, que nos suplica que no nos apartemos de la Palabra, porque es en ella donde se encuentra el rostro vivo del Señor.

El Evangelio del día (Lc 9,51-56) nos presenta un pasaje breve pero significativo: Jesús, decidido a ir a Jerusalén, envía mensajeros a una aldea samaritana, pero no lo reciben. Los discípulos se indignan y quieren hacer bajar fuego del cielo, pero Jesús los reprende y sigue su camino.

Este pasaje nos muestra que el seguimiento de Jesús no se basa en la violencia ni en el rechazo, sino en la fidelidad al camino del amor, incluso cuando este pasa por el desprecio o la incomprensión.

San Jerónimo conocía bien esta tensión evangélica. Hombre apasionado, luchó por la verdad con firmeza, pero también tuvo que aprender —como los discípulos— que el Espíritu de Cristo no es de venganza, sino de paciencia y de luz.
Y esa luz, él la buscó toda su vida en las Escrituras.

San Jerónimo no fue simplemente un estudioso. Fue un buscador incansable del rostro de Cristo. Vivió gran parte de su vida en Belén, cerca de la gruta del nacimiento de Jesús, no por romanticismo, sino para estar cerca del Verbo hecho carne. Porque para él, leer la Escritura era encontrarse con el mismo Cristo.

El Papa Benedicto XVI decía de él: “San Jerónimo verdaderamente ‘enamorado’ de la Palabra de Dios, se preguntaba: ‘¿Cómo es posible vivir sin la ciencia de las Escrituras, a través de las cuales se aprende a conocer a Cristo mismo, que es la vida de los creyentes?’”

Y el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 133) lo recoge con claridad: “La Iglesia recomienda insistentemente a todos los fieles la lectura asidua de la Escritura, para que adquieran la ciencia suprema de Jesucristo.”

Hoy, más que nunca, esta enseñanza nos interpela. Porque vivimos rodeados de palabras huecas, de mensajes fugaces, de opiniones sin raíz. ¿Y no será, tal vez, que nos falta beber de la única Palabra que da vida, que da sentido, que da paz?

Queridos hermanos: ¿qué lugar ocupa la Biblia en mi vida? ¿Es un libro sagrado que respeto… pero que nunca abro? ¿O es realmente mi alimento, mi brújula, mi consuelo?

San Jerónimo nos enseñó que no se puede amar a Cristo y despreciar su Palabra. Él la tradujo al latín, la meditó, la enseñó, la defendió. Y nosotros, que tenemos más medios que nunca —Biblias accesibles, aplicaciones, lecturas diarias— ¿qué estamos haciendo con esta gracia?

No se trata de volvernos expertos, sino de tener hambre de Dios. La Escritura no es para unos pocos iniciados, sino para todos los fieles. Leyéndola con fe, humildad y oración, vamos conociendo cada vez más al Señor que nos habla al corazón.

Hoy, la memoria de San Jerónimo puede ser una llamada a una “conversión bíblica”. A redescubrir la belleza de la Palabra. A meditar el Evangelio cada día. A proclamarlo con fuerza. A vivirlo con coherencia.

En la Eucaristía, Cristo se nos da en el pan partido, pero también en la Palabra proclamada.
Cuando el lector dice “Palabra del Señor”, no solo termina una lectura: nos está diciendo que Dios ha hablado hoy. Que ha dicho algo que puede cambiarnos, si le dejamos.

Al presentar el pan y el vino, traigamos también nuestro deseo de vivir más centrados en la Palabra. Que el amor a la Biblia sea parte de nuestra ofrenda. Que escuchemos la Escritura como si fuera la primera vez, con reverencia, con humildad, con hambre de verdad.

 Conclusión orante:

Señor Jesús,
Tú que eres la Palabra eterna del Padre,
haznos comprender lo que comprendió San Jerónimo:
que sin la Escritura, no te conocemos de verdad.

Danos amor por tu Palabra.
Haz que no pase un día sin que te escuchemos,
que no recibamos la Eucaristía sin haber escuchado tu voz,
que no hablemos de ti sin haber orado antes en el silencio de las Escrituras.

San Jerónimo, intercede por nosotros.
Que tu amor ardiente por la Biblia
encienda nuestro corazón dormido.
Haznos buscadores de la verdad
y testigos de la Palabra viva, que es Cristo Jesús.

Amén.