Homilía – jueves de la XXXII Semana del Tiempo Ordinario (Año impar) Sab 7,22–8,1 · Sal 118 · Lc 17,20-25
La Palabra de Dios que hoy nos coloca ante tres realidades esenciales que, si las dejamos entrar en el alma, pueden cambiar nuestra mirada sobre todo lo que vivimos: la Sabiduría divina como don de Dios, la luz de la Palabra que ilumina lo pequeño, y la presencia del Reino que ya está en medio de nosotros.
No estamos invitados a entender todo desde la lógica humana, sino a abrirnos a la Sabiduría que desciende de lo alto y que, como dice el libro de la Sabiduría, “renueva el universo y lo gobierna con suavidad”. Ella no exige prodigios. La Sabiduría es “eflujo del poder divino”, “espejo nítido de la actividad de Dios”, “imagen de su bondad”. Y por eso mismo, se ofrece. Se deja encontrar por quien la busca con corazón sincero.
Es esa misma Sabiduría la que da sentido a la afirmación del salmo: “La explicación de tus palabras ilumina, da inteligencia a los ignorantes”. Una expresión que no habla de cultura o de inteligencia académica, sino de esa hondura que hace que una persona sencilla vea con nitidez lo que otros, con mucho conocimiento, pasan por alto. Porque la Palabra, cuando se acoge con humildad, no solo informa: forma. Ilumina la vida, despierta la conciencia, ensancha el corazón.
Jesús, en el Evangelio, responde con contundencia a quienes buscan señales espectaculares del Reino de Dios. No lo encontrarán. Porque no viene “aparatosamente”, sino que “está en medio de vosotros”. Esta frase, tantas veces leída sin caer en su profundidad, es hoy una clave esencial para nuestra vida cristiana. El Reino no es una promesa futura ni un sueño ideal. Es presencia real. Es Cristo mismo. Está donde se ama, donde se perdona, donde se construye comunidad, donde alguien escucha al otro con paciencia, donde alguien enciende una luz en medio de tanta indiferencia.
El Reino está en medio de nosotros… y sin embargo, muchos no lo ven. Quizás porque esperamos que venga con titulares de prensa o con gestos extraordinarios. Pero el Reino de Dios es como una semilla escondida en la tierra, como la levadura en la masa, como un susurro en medio del ruido. Es así porque es de Dios, no del mundo.
Por eso, la liturgia de hoy no nos invita a especular sobre el fin de los tiempos, sino a dejar que el Reino comience en el único lugar donde realmente puede germinar: en el corazón humano. La conversión a la que somos llamados no es hacia una fe espectacular, sino hacia una fe humilde, silenciosa, viva, cotidiana. Y eso sólo es posible si dejamos que la Sabiduría divina —que es el Espíritu Santo mismo— nos transforme desde dentro.
Hoy, la Palabra nos empuja a cambiar nuestra manera de mirar. A pasar de la vista al discernimiento. A dejar de buscar signos extraordinarios para comenzar a reconocer el paso de Dios en lo ordinario.
Cuando miras tu familia, ¿ves solo tareas pendientes o también oportunidades de amar y servir? Cuando miras tu comunidad cristiana, ¿te detienes solo en lo que falta o puedes agradecer lo que ya está germinando? Cuando miras tu vida, con sus luces y sombras, ¿te reconoces como tierra donde Dios quiere plantar su Reino?
Es tiempo de redescubrir que la presencia de Dios no depende de nuestras emociones ni de nuestros éxitos visibles. Su Reino está aquí. Y, si abrimos los ojos del alma, lo veremos en lo escondido. En lo sencillo.
Como dice la Sabiduría: “Lo puede todo y todo lo renueva”. No para cambiar el mundo desde fuera, sino para transformarlo desde dentro.
Y ahora, Señor, al traer el pan y el vino al altar, queremos ofrecer también nuestro deseo sincero de ver con tus ojos, de pensar con tu mente, de amar con tu corazón. Presentamos:
- Nuestra necesidad de Sabiduría para vivir como tú nos enseñas.
- Nuestra vida concreta, muchas veces oscura y fragmentada, pero sedienta de luz.
- Nuestro mundo herido, que sigue necesitando tu Reino, aunque no lo sepa.
Haz de nosotros espacio donde tu Sabiduría pueda habitar, y lugar donde tu Reino pueda crecer.
Señor,
tú eres la Sabiduría que todo lo sostiene
y la Luz que no ciega, sino guía.
Haz que sepamos acogerte
no en lo extraordinario, sino en lo concreto,
en la Palabra que se nos ofrece,
en el silencio que nos visita,
en el Reino que ya está, aunque no lo veamos del todo.
Danos un corazón que escuche,
unos ojos que reconozcan tu paso,
una fe que sepa esperar,
una vida que no se cierre sobre sí misma
sino que se abra a tu presencia escondida.
Queremos vivir atentos a tu Reino,
no esperarlo en señales grandiosas,
sino construirlo con gestos sencillos,
día tras día,
en nuestras casas, en nuestras comunidades,
en la realidad que tú nos confías.
Y que, sostenidos por tu Sabiduría,
vivamos cada jornada con claridad interior,
con mirada limpia y corazón dispuesto,
porque tú estás en medio de nosotros.
Amén.
