CUANDO SE PIERDE EL CENTRO

HOMILÍA – jueves de la 5ª Semana del Tiempo Ordinario.

La Palabra de hoy nos conduce al lugar donde siempre se decide la vida espiritual: el corazón. No al conjunto de sentimientos pasajeros, sino al centro de la persona donde se elige, se adhiere, se ama y se decide la alianza con Dios.

La primera lectura nos presenta un momento serio de la historia de Israel: el corazón de Salomón ha cambiado. El rey que comenzó su camino pidiendo sabiduría, termina desviándose hacia otros amores, dejando que su corazón se parta en direcciones distintas, alejándose del Señor que lo había elegido. No se trata de una caída repentina. La Escritura deja entrever un lento deterioro interior, una deriva silenciosa que acaba debilitando la alianza. Por eso se pronuncia una palabra que impresiona: «Voy a arrancar el reino de tu mano». No es un castigo arbitrario, es el fruto de un corazón que se ha ido alejando del Dios vivo hasta perder su centro.

El salmo responde desde la súplica: «Acuérdate de mí, Señor, por amor a tu pueblo». La fidelidad de Dios permanece, incluso cuando el corazón humano vacila, y el orante se acoge a esa misericordia. La súplica nace del reconocimiento humilde de que la alianza solo se sostiene cuando Dios vuelve a ocupar el lugar principal en el corazón. El pueblo recuerda sus infidelidades y reconoce cuánto daño causa dejar que el corazón se incline hacia otros amores que ciegan, dispersan y destruyen.

En este contexto, el Evangelio ilumina la escena con una verdad decisiva: cuando todo parece perdido, cuando uno se siente indigno, cuando la historia pesa, la fe humilde abre una puerta que nadie puede cerrar. Jesús se encuentra con una mujer extranjera, sin derechos religiosos, sin credenciales espirituales, pero con un corazón entero, orientado totalmente hacia Él. Su oración sencilla y perseverante atraviesa todas las barreras: «Señor, los perritos comen las migajas que caen de la mesa». Esa frase contiene lo esencial: un reconocimiento profundo de la grandeza de Jesús, una confianza sin reservas y un amor que insiste sin imponerse.

Y Jesús revela lo que Dios mira: la verdad interior del corazón. Una fe así no queda fuera del Reino. Una confianza así alcanza la misericordia. Una humildad así mueve el corazón de Cristo. Mientras Salomón se pierde por un corazón dividido, la mujer cananea es escuchada porque su corazón está entregado por completo.

La liturgia de hoy nos invita a revisar el lugar donde nace toda fidelidad: nuestro interior. Dios busca una relación viva, no una alianza formal. Su deseo no se apaga ante la fragilidad humana, pero sí se entristece cuando el corazón se reparte entre muchos señores. Y a la vez, la Palabra proclama una esperanza luminosa: en cuanto alguien se vuelve hacia Él con fe sincera, la gracia comienza a restaurar lo que estaba roto.

Esta es la enseñanza espiritual del día: la alianza se debilita cuando el corazón se divide; la alianza renace cuando la fe se hace humilde, perseverante y confiada. Un pequeño gesto de fe verdadera tiene más fuerza que una vida entera sostenida por apariencias religiosas.

Pidamos hoy un corazón entero. Un corazón que no se extravíe en afectos que adormecen. Un corazón que no se reparta entre muchos ídolos. Un corazón que busque la fidelidad de cada día y que encuentre en Jesús la fuente de su fuerza. Y cuando la vida nos haga sentir indignos o lejos de Dios, recordemos a la mujer del Evangelio: basta una palabra sincera, un acto humilde, una confianza que se atreve a insistir, para que Cristo abra caminos de gracia donde todo parecía cerrado.

Que el Señor nos conceda vivir la alianza con un corazón unificado, sencillo y perseverante, capaz de reconocer la grandeza de Dios incluso en las migajas de cada día. Porque allí, en la pequeñez acogida con fe, renace siempre la salvación.