HOMILÍA – miércoles XXXIII T.O. (Año impar)
Jesús ha dejado atrás Jericó. Allí, un ciego gritaba en la oscuridad y recobró la vista; allí, un publicano subido a un árbol descubrió que también su casa podía ser visitada por la gracia. Y hoy, apenas iniciada la subida hacia Jerusalén, Jesús pronuncia esta parábola porque “pensaban que el Reino de Dios iba a manifestarse enseguida”. Es decir: acababan de recibir luz… pero aún no sabían perseverar en ella.
La parábola del noble que parte y de los siervos que reciben talentos es, entonces, una enseñanza para quienes ya han visto algo de Dios, para quienes han sido tocados por la gracia y ahora comienzan el camino hacia la madurez espiritual. Porque ver y convertirse —como el ciego y Zaqueo— es solo el comienzo. Después viene la etapa más delicada: sostener la luz recibida, multiplicar la gracia otorgada, caminar fielmente mientras llega el tiempo de Dios.
Esta fidelidad tiene un icono inmenso en la primera lectura. El libro de los Macabeos nos presenta a una madre admirable, digna de memoria eterna, que contempla el sacrificio de sus siete hijos con la certeza de que “el Creador del universo les devolverá la vida”. Ella es la imagen viva de la persona que espera el tiempo de Dios, incluso cuando el Kronos humano se oscurece y parece cruel. Su fe no es impaciencia, ni desesperación, ni cálculo: es espera confiada, esperanza arraigada, certeza luminosa. Ella sabe —como los grandes creyentes— que el Kairós de Dios llega siempre a su hora, y que nada se pierde cuando la vida se pone en sus manos.
Ella es el contrapunto perfecto frente a quienes, en la misma lectura, se venden a las costumbres paganas por comodidad. La diferencia no está en el ambiente, sino en el corazón: unos negocian la fe por vivir tranquilos; otros perseveran en la luz recibida porque han aprendido que la verdadera vida no se negocia.
El salmo completa este cuadro con una promesa profundamente consoladora:
“Al despertar, Señor, me saciaré de tu semblante.” No dice “si sucede algo nuevo”, ni “si las cosas cambian”, sino al despertar: en el Kairós de Dios, en ese instante en que Él decide abrirnos los ojos definitivamente. La fidelidad se sostiene mirando hacia ese despertar final en el que veremos el rostro al que hoy caminamos con fe.
Y así llegamos al Evangelio. Jesús narra esta parábola no para crear miedo, sino para formar el corazón del discípulo que ya ha visto la luz. El noble entrega bienes y se ausenta: así enseña que la vida espiritual no puede basarse en emociones breves, ni en luces de un momento, ni en entusiasmos que pasan. La fe viva es la que permanece responsablemente activa entre Jericó y Jerusalén, entre la gracia recibida y su cumplimiento final. La luz que ayer nos abrió los ojos es hoy la luz que debemos proteger, cuidar, multiplicar.
Porque Jericó —el lugar del grito y del encuentro— es necesario, pero la plenitud está en Jerusalén. Allí, en ese monte donde Jesús entregará su vida, es donde la luz recibida se vuelve fidelidad madura, donde los talentos se multiplican, donde el don se hace ofrenda, donde la gracia se convierte en misión.
Aquí está el corazón de esta palabra para nosotros. Ver a Cristo —como el ciego.
Ser mirados por Cristo —como Zaqueo. Pero ahora toca seguir caminando con esos ojos nuevos y ese corazón renovado hacia Jerusalén
El Evangelio de hoy nos enseña que:
- La conversión no termina en Jericó. Después de la luz viene la responsabilidad. Después de ver, viene cuidar lo visto.
- Esperar es un acto de amor, no de pasividad. Espera quien confía; espera quien sabe que Dios nunca llega tarde.
- La luz recibida debe sostenerse en la noche. “Aunque la noche se haga larga”—y hoy se hace larga para muchos—, el corazón que ha visto la luz no la suelta. La espera en una tensión fecunda donde el amor madura, donde la paciencia se fortifica, donde la esperanza se hace misteriosamente luminosa.
- Multiplicar los talentos es permanecer despiertos. Es hacer lo pequeño de cada día con un corazón grande: amar con constancia, servir con humildad, rezar con fidelidad, hacer el bien sin cansarse, cuidar los dones sin enterrarlos.
- La fidelidad cotidiana es el camino hacia la Jerusalén definitiva. Allí —dice la Escritura— el Creador devolverá la vida. Allí despertaremos. Y al despertar, nos saciaremos de su semblante.
En un mundo que vive acelerado, este Evangelio nos suplica algo esencial: no nos quememos por la impaciencia ni nos perdamos por el cansancio. El Reino crece mientras caminamos, mientras esperamos, mientras confiamos.
Hoy, Señor, queremos presentarte nuestra propia Jericó y camino hacia Jerusalén. Traemos la luz que nos diste y también la fragilidad con la que la sostenemos.
Te ofrecemos nuestros talentos pequeños, nuestras fidelidades intermitentes, nuestros tiempos de espera.
Haz de este pan y este vino el signo de nuestra vigilancia. Que sean nuestra manera de decirte: “Aquí estamos, Señor, esperando tu tiempo, multiplicando lo que nos diste, caminando hacia tu semblante.”
Oración conclusiva
Señor Jesús,
Tú que abriste los ojos del ciego
y encendiste el corazón de Zaqueo,
enséñanos ahora a perseverar en la luz recibida.
Haznos caminar contigo hacia Jerusalén
con ojos nuevos y corazón renovado.
Que sepamos esperar tu Kairós
en medio de nuestro tiempo agitado,
con la fe de quien sabe
que el Creador del universo nos devolverá la vida.
Sostén nuestra esperanza cuando la noche se alarga,
guarda encendida la luz que nos diste,
y madura en nosotros un amor fiel, paciente, vigilante.
Y que María —Virgen de la espera y aurora del Reino—
nos enseñe a caminar en la luz
hasta el día en que, al despertar,
nos saciemos para siempre
de tu santo semblante.
Amén.
