HOMILÍA – Viernes II Semana del Tiempo Ordinario (Año Par) «Cuando Dios nos llama a vencer el mal con el bien»
La Palabra de hoy nos sitúa ante unos momentos conmovedores de la Escritura: David perdona a Saúl. Un rey cegado por los celos persigue a un joven inocente. David está escondido en una cueva, vulnerable… y de repente Saúl entra precisamente allí, solo, indefenso, entregado en sus manos. Humanamente, es la ocasión perfecta para vengarse, para liberar su vida del perseguidor. Pero David hace algo que desarma toda lógica: no levanta la mano contra Saúl.
Su gesto revela que el corazón de Dios ya está obrando en él.
David vive una verdad que Jesús proclamará siglos más tarde: el mal no se derrota con más mal, sino con un bien más grande.
David reconoce algo que vale para nosotros hoy: no todo lo que puedo hacer me conviene hacer; no todo lo que tengo derecho a hacer me construye como hijo de Dios. En un mundo donde tantas veces reaccionamos por impulso, por orgullo o por heridas, David nos enseña la sabiduría de la paciencia, el control interior, la nobleza que brota de la fe. Su gesto es puro evangelio adelantado en el tiempo.
El salmo pone en labios de David la oración que sostiene este modo de actuar:
«Piedad, Dios mío, piedad.» No dice: “Dame la victoria”, ni “arráncame este sufrimiento”, sino “ten piedad de mí”. Es la oración de quien sabe que la verdadera batalla no está fuera, sino dentro. Si Dios no transforma el corazón, siempre reaccionaremos desde la herida. Pero si Dios cura por dentro, seremos capaces de responder como David, con misericordia.
Y entonces llega el Evangelio, donde Jesús sube al monte y llama a los que Él quiso. No los llama porque sean mejores, ni porque tengan un corazón perfecto, ni porque sepan amar sin límites. Los llama para formarlos, para convertirlos, para configurarlos con Él. Les da tres verbos que definen la vida cristiana:
- Estar con Él,
- Ser enviados,
- Tener autoridad para sanar el mal.
Y allí están los nombres uno por uno: Simón, Andrés, Santiago, Juan… y también Judas. Jesús no llama solo a los que harán todo bien; llama a los que necesitan ser transformados. La misión nace de la experiencia de ser escogidos y sostenidos por un amor que no se rinde ante nuestras fragilidades.
Hoy, la Palabra une estos dos caminos: el de David y el de los apóstoles.
David nos muestra que la victoria verdadera es la que sucede en el corazón.
Los apóstoles nos recuerdan que esta transformación solo es posible si estamos con Jesús.
Quizá también nosotros tenemos delante “cuevas” donde se esconden nuestras luchas: relaciones heridas, miedos que nos paralizan, personas que nos han hecho daño, pensamientos que nos alteran. Y quizá, como David, sentimos la tentación de responder desde la herida. Pero el Evangelio nos invita a otro camino: permanece con Cristo para aprender su modo de amar. La misericordia no es debilidad; es fuerza divina. Y ese amor que vence el mal es el que Jesús entrega a quienes llama por su nombre.
Hoy, pidamos la gracia de David para no devolver mal por mal. Pidamos la confianza del salmista que ora: «a la sombra de tus alas me refugio». Pidamos la docilidad de los apóstoles para dejar que Jesús nos forme por dentro.
Que esta Eucaristía nos enseñe a ser discípulos capaces de misericordia valiente, de paciencia madura, de gestos que sanan. Y que al igual que David pudo decir a Saúl: «El Señor juzgará entre tú y yo», nosotros podamos vivir confiando en que Dios hace justicia desde dentro, transformando primero el corazón.
