BAJA…

HOMILÍA – MARTES XXXIII T.O. (Año impar)

El Evangelio de este martes nos sitúa de nuevo en Jericó, la misma ciudad en la que ayer un ciego al borde del camino gritaba pidiendo compasión. La liturgia nos presenta hoy, en continuidad perfecta, otro encuentro decisivo: el de Jesús con Zaqueo. Dos relatos, un único proceso espiritual. Dos historias, una sola pedagogía de Jesús. En ambos se despliega un itinerario que es también el nuestro: situación personal, presencia de Cristo, deseo, diálogo, y finalmente salvación ofrecida y acogida.

Ayer, a las puertas de Jericó, estaba un hombre ciego, excluido, reducido a mendigar. Hoy, en el interior de la ciudad, encontramos a Zaqueo: jefe de publicanos, rico, inteligente, pero igualmente incapaz de “ver” a Jesús. Ayer un pobre sin vista; hoy un rico de baja estatura. La ceguera no siempre está en los ojos. A veces es moral, afectiva, espiritual. Pero tanto el mendigo como el recaudador compartían lo más profundo: un deseo de encuentro que ni el desprecio ajeno ni la propia historia eran capaces de ahogar.

Esta pedagogía de la gracia se entiende mejor si contemplamos la primera lectura. Allí aparece Eleazar, anciano fiel que prefiere morir antes que renegar de la Ley y escandalizar a los jóvenes. Frente a él, algunos israelitas sin conciencia se venden a las costumbres paganas para vivir tranquilos. El libro de los Macabeos no es una crónica antigua: es un espejo. Hay quienes pierden la fe por comodidad, quienes la sostienen por interés y quienes la viven por convicción. Eleazar nos muestra la hondura de la fidelidad; Zaqueo y el ciego, la belleza de dejarse encontrar cuando ya no queda mucho de lo que presumir.

El salmo pone en nuestros labios la súplica que une a todos: “Tú eres mi escudo y mi gloria, tú mantienes alta mi cabeza.” Tanto el que mendiga en la cuneta como el que se oculta en un árbol necesitan que Dios les levante la frente.

Y así volvemos al Evangelio. Jesús “pasa” por Jericó. Nada más. Como ayer, pasa. La salvación empieza siempre así: Jesús pasa. Ayer, el ciego gritó. Hoy, Zaqueo corre y se adelanta. Ayer pedían que el ciego callara; hoy murmuran que Jesús entra en casa de un pecador. En ambos casos, la presión del entorno intenta frenar la acción de la gracia. Pero la fe verdadera —nos enseñan ambos relatos— no cede ante las voces que quieren devolvernos a la oscuridad o a la mediocridad.

Zaqueo sube a un sicómoro, gesto casi infantil para un adulto de su rango. Así se muestra la gracia: empieza por descolocarnos, por hacernos actuar de forma humilde, por romper nuestros esquemas. Y entonces sucede lo más hermoso: Jesús mira hacia arriba. Ayer escuchó un grito; hoy alza la mirada hacia un corazón escondido. Jesús mira lo que los demás desprecian: al mendigo al borde del camino y al recaudador escondido en un árbol.

Después llega el diálogo, que es el núcleo de todo proceso espiritual. Ayer Jesús preguntó: “¿Qué quieres que haga por ti?” Hoy no pregunta qué quieres, sino dónde quieres que entre: “Zaqueo, baja pronto, hoy tengo que alojarme en tu casa.” La salvación se va afinando: primero la pregunta que despierta el deseo; luego la invitación que transforma la vida por dentro. Para el ciego, ver. Para Zaqueo, ser visto. Para uno, recuperar la vista; para otro, recuperar la dignidad.

Y entonces llega la respuesta: el ciego siguió a Jesús alabando a Dios; Zaqueo se pone en pie —un detalle precioso— y decide cambiar su vida entera. Zaqueo no discute, no se justifica, no pregunta: ofrece. La salvación no lo vuelve introspectivo, sino generoso. La gracia nunca deja a nadie igual: siempre reordena afectos, prioridades, bienes y heridas. Por eso Jesús declara: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa. En ese “hoy” está todo el Evangelio. No mañana, no cuando te mejores, no cuando organices tu vida. Hoy. Jesús no entra porque Zaqueo ha cambiado; entra para que Zaqueo cambie. Cuando Jesús entra, la vida se alza, la conciencia despierta, el corazón se endereza.

Zaqueo ofrece la mitad, devuelve cuatro veces más. No negocia su conversión, la celebra. No intenta justificarse, se entrega. Jesús no le pide nada, y sin embargo él lo da todo. La gracia siempre funciona así: cuando entra, desborda. La salvación ha llegado a su casa porque están abiertas las puertas.

Y aquí empieza para nosotros la verdadera aplicación: ¿qué casa ofrezco hoy al Señor? ¿Cuál es mi Jericó interior?

La sociedad tiene muchos modos de regañar al ciego de Jericó y al Zaqueo de turno: “no hagas el ridículo”, “no te metas en fanatismos”, “ya eres demasiado mayor”, “siempre has sido así”… Pero el Evangelio tiene un único mandato: gritar más fuerte, bajar más deprisa, dejar entrar a Jesús, aunque todos protesten.

La conversión empieza cuando se permite que la gracia reordene el corazón. A veces basta un solo gesto para abrirle la puerta: una oración sincera, una confesión valiente, un perdón dado, una reconciliación buscada, una limosna silenciosa, una decisión que pone a Dios en el centro. La conversión es permitir que Jesús mire mi verdad y entre donde yo no dejo entrar a nadie. Y la vida cristiana consiste en pasar de espectadores a discípulos.

Todo este itinerario no es una anécdota espiritual; es un espejo profundo.
Cada uno de nosotros vive hoy en algún punto entre el ciego y Zaqueo: lo decisivo no es dónde estamos, sino si dejamos que Jesús se detenga a nuestro lado. Porque Cristo sigue pasando por nuestras “Jericós” domésticas, laborales, afectivas, espirituales, esperando que alguien dé el primer paso: gritar, correr, bajar, abrir.

En este altar traemos nuestros gritos apagados, nuestras resistencias, nuestras murmuraciones internas. Presentamos nuestras casas interiores, y las abrimos para que Jesús entre. Que esta Eucaristía sea la visita que transforma, la presencia que ordena, la mirada que levanta. Que hoy —como a Zaqueo— la salvación llegue a nuestra casa.

Oración conclusiva

Señor Jesús,
que ayer escuchaste el grito del ciego
y hoy levantaste la mirada hacia Zaqueo,
detente también junto a nosotros.

Míranos en nuestras cegueras
y en nuestros árboles de miedo.
Llámanos por nuestro nombre
y entra en nuestra casa sin que nada te lo impida.

Pon en pie lo que se ha caído,
despierta lo que se adormeció,
cura lo que no nos atrevemos a mostrar.

Haznos correr hacia Ti,
bajar deprisa cuando nos llamas,
y abrirte la puerta con alegría.

Y que María, nos enseñe a dejarte entrar cada día
para que la salvación vuelva a comenzar. Amén.