HOMILÍA – Domingo III del Tiempo Ordinario (Ciclo A) Domingo de la Palabra de Dios. «Una Palabra que libera, llama y reconstruye la unidad»
Hermanos, hoy celebramos el Domingo de la Palabra de Dios, una jornada que nos recuerda algo esencial: sin la Palabra no hay camino cristiano, no hay conversión, no hay misión, no hay Iglesia. Y las lecturas de este domingo son de una belleza que desarma, porque nos muestran tres poderes de la Palabra: liberar, llamar y reunir.
1. La Palabra que libera: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande”
Isaías comienza hablándonos de pueblos que viven “en tinieblas y sombras de muerte”: Zabulón, Neftalí… lugares marcados por la derrota, la invasión, la humillación. Son los territorios de los que uno quiere salir, espacios que representan no solo geografías, sino zonas interiores:
– el cansancio que nos apaga, – la tristeza que nos encierra, – la rutina que nos anestesia, – el miedo que nos paraliza.
Y, sin embargo, precisamente ahí, en esos lugares donde parece que nada puede cambiar, Dios hace irrumpir la luz. La liberación comienza cuando el corazón siente el peso de sus cadenas y decide mirar hacia adelante. No basta situarse en un mapa; lo esencial es mirar en la dirección correcta. La Palabra de Isaías no nos pide analizar demasiado el pasado, sino abrir un futuro: “Tú multiplicaste la alegría, aumentaste el gozo”.
Hoy la Palabra nos pregunta, muy suavemente: ¿Tienes ganas de ser liberado?
Porque Dios está dispuesto; lo único imprescindible es que tú quieras caminar hacia la luz.
2. La Palabra que llama: “Venid conmigo y os haré pescadores de hombres”
El Evangelio muestra cómo comienza la misión de Jesús. No con un discurso solemne, sino con un gesto sencillo y decisivo: camina junto al lago y llama por su nombre a personas concretas.
Pedro y Andrés, Santiago y Juan estaban ocupados en lo suyo, en medio de redes, barcas y cansancio. Tenían pasado, trabajo, historia. Y Jesús los mira y les dice:
“Venid conmigo”. Es una llamada que no humilla su experiencia, pero la desborda. Abre una grieta en su vida para que entre un futuro distinto.
Aquí está el milagro silencioso: Ellos no discuten. Dejan las redes “inmediatamente”.
No porque despreciaran lo que hacían, sino porque comprendieron que Cristo no viene a restaurar el pasado, sino a inaugurar un futuro.
Y esto sigue siendo verdad hoy. Cristo no sabe qué hacer con nuestro pasado cerrado, pero sí sabe qué hacer con nuestro “ahora mismo”. No nos pide “traer nuestras cosas”, sino “deja ahí eso” y comienza de nuevo.
La llamada de Jesús no es teórica: es urgente, concreta y única. Nos dice:
“Te necesito hoy para que seas luz con mis palabras, testigo con tu vida, pescador de esperanza en un mundo que se ahoga en sombras.”
3. La Palabra que une: “Que no haya divisiones entre vosotros”
San Pablo nos baja a la realidad con una fuerza tremenda. La comunidad de Corinto estaba fragmentada en grupos:
– “Yo soy de Pablo”, – “Yo soy de Apolo”, – “Yo soy de Pedro”… Y Pablo responde con una pregunta que corta como un rayo: “¿Está dividido Cristo?”
El gran problema no es tener opiniones distintas, sino cuando la identidad cristiana deja de estar fundada en Cristo y se apoya en afinidades humanas.
Pablo lo ve claro: si la Iglesia se organiza en bandos, si cada uno se refugia en un líder o una sensibilidad, la Palabra deja de ser fecunda.
El Evangelio nos llama a un futuro nuevo; Pablo nos recuerda que ese futuro solo es posible si caminamos unidos.
La Palabra de Dios no se proclama para crear trincheras, sino para derribarlas.
No para confirmar nuestras preferencias, sino para convertirnos a Cristo, el único Señor.
Conclusión: Una Iglesia que camina a la luz de la Palabra
Hermanos, en este Domingo de la Palabra de Dios recibimos un triple regalo:
1. Una Palabra que nos libera de nuestras sombras y nos pone en camino.
2. Una Palabra que nos llama por nuestro nombre y nos envía a un futuro nuevo.
3. Una Palabra que nos reúne en la unidad necesaria para ser comunidad viva y fecunda.
La pregunta final no es académica, sino existencial:
¿Qué quiere liberar hoy la Palabra en mí?
¿A qué me llama hoy Jesús junto al lago de mi vida?
¿Qué redes me pide dejar para caminar?
¿Dónde me invita a construir unidad?
Si dejamos que esta Palabra entre en nosotros, entonces también sobre nuestra vida se cumplirá lo que Isaías anunció: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande.”
