IV DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)
Querida comunidad,
Hoy la Palabra de Dios nos reúne en torno a una experiencia que todos entendemos, a cualquier edad: ver. Ver bien. Ver con claridad. Ver la realidad como es.
El Evangelio nos presenta a un hombre ciego de nacimiento. No es alguien que perdió la vista; nunca había visto. Y Jesús lo encuentra. No es el ciego quien busca a Jesús. Es Jesús quien se detiene ante él. Lo toca, le da una indicación sencilla —“Ve a lavarte”— y el hombre, sin discursos ni garantías, obedece. Fue, se lavó y volvió viendo.
Ese es el centro: volvió viendo.
Pero lo sorprendente es que, a partir de ahí, comienza otro tipo de ceguera. Los que rodean la escena —vecinos, autoridades, expertos— empiezan a discutir. No les interesa tanto el hombre como el caso. No la persona, sino el problema. No la alegría de la luz, sino la irregularidad del procedimiento. Porque Jesús ha curado en sábado.
Y el relato se convierte en un contraste: el que era ciego empieza a ver cada vez más claro quién es Jesús; los que creen ver se van cerrando más y más.
Aquí está el mensaje para nosotros.
La primera lectura nos lo anticipaba. Samuel debe elegir al nuevo rey. Y Dios le advierte: «El hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón». Nosotros tendemos a quedarnos en la fachada: la imagen, la fuerza, la seguridad, el prestigio. Dios mira más hondo. Dios mira el corazón.
Y eso puede incomodarnos.
Porque dejar que Dios mire el corazón significa permitir que su luz atraviese nuestras zonas oscuras: prejuicios, resentimientos, autosuficiencias, durezas. A veces preferimos quedarnos en una fe correcta, ordenada, exteriormente impecable, pero sin dejar que la luz nos cuestione.
El ciego no tenía nada que defender. No tenía reputación, ni poder, ni discurso. Solo tenía un hecho: “Yo era ciego y ahora veo”. Esa experiencia lo hace libre. Tan libre que soporta interrogatorios, presiones y hasta la expulsión.
Qué importante es esto para nuestra comunidad.
A veces podemos acostumbrarnos a la fe. Venimos, celebramos, escuchamos, cumplimos. Pero el Señor hoy nos pregunta: ¿quieres realmente ver? ¿Quieres que ilumine tu manera de juzgar? ¿Quieres que revise tu forma de tratar a los demás?
San Pablo lo expresa con una frase muy fuerte: «Antes erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz». No dice solo que tengamos luz; dice que somos luz en el Señor. Eso implica responsabilidad.
Ser hijos de la luz significa vivir en bondad, justicia y verdad. Significa no dejarnos llevar por el rumor, la sospecha o la etiqueta fácil. Significa mirar a las personas más allá de su historia, como Dios miró a David, el pequeño, el olvidado, el que estaba fuera.
En nuestra sociedad, como en tiempos de Jesús, existe la tentación de clasificar rápidamente: este vale, este no; este es fiable, este no; este pertenece, este estorba. Pero el Evangelio nos desinstala. Nos obliga a preguntarnos: ¿estamos mirando con los ojos de Dios o con los nuestros?
El salmo nos da la clave: «El Señor es mi pastor». Si Él es quien nos guía, no caminamos en oscuridad. Pero para que Él guíe, tenemos que reconocer que necesitamos dirección.
Tal vez la oración más sincera de este domingo sea sencilla: Señor, abre mis ojos.
No solo para ver el mundo, sino para verme a mí mismo. Para reconocer mis cegueras.
Para mirar a los demás con tu misericordia.
Queridos hermanos, la Cuaresma es este camino hacia la luz. No es un tiempo para sentirnos mejores que otros, sino para dejarnos iluminar. No es un tiempo para juzgar, sino para convertirnos.
Que hoy, al participar en esta Eucaristía, permitamos que Cristo toque nuestros ojos. Que su Palabra nos lave por dentro. Y que salgamos de aquí viendo un poco más claro, amando un poco más limpio y caminando como verdaderos hijos de la luz.
Y que un día podamos decir, con humildad y alegría: “Señor, gracias… porque ahora veo”
