Miércoles de la XVII semana del Tiempo Ordinario. Santos Marta, María y Lázaro

Queridos hermanos:

Celebramos hoy la memoria de los santos Marta, María y Lázaro, aquellos tres hermanos de Betania que ocuparon un lugar tan cercano en el corazón de Jesús. Betania fue para el Señor una casa amiga, un espacio de acogida, de descanso, de conversación y de confianza. Allí Jesús encontró rostros concretos que lo recibían, lo escuchaban y lo amaban.

La primera lectura nos presenta a Jeremías en un momento de gran cansancio interior. El profeta ha recibido la Palabra de Dios y la ha anunciado con fidelidad, pero su misión le trae incomprensión, soledad y sufrimiento. Su oración tiene un tono muy humano: “¿Por qué se ha hecho crónica mi llaga?” Jeremías siente el peso de una herida que parece alargarse demasiado.

Sin embargo, en medio de esa lucha, el profeta recuerda algo decisivo: «Tus palabras eran mi gozo y la alegría de mi corazón.» La Palabra de Dios había sido para él alimento, consuelo y fuerza. Jeremías nos enseña que, aun cuando atravesamos horas difíciles, hay una palabra recibida de Dios que puede volver a levantarnos por dentro. El Señor no deja solo al profeta; lo llama a volver, lo confirma en su servicio y le promete su cercanía.

Esta experiencia se ilumina hoy con el Evangelio de Marta. Lázaro ha muerto y Jesús llega a Betania cuando la casa está llena de dolor. Marta sale a su encuentro con una frase cargada de confianza y de herida: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano.» Marta habla con libertad, como quien se sabe amada. Lleva ante Jesús su pena, su desconcierto y también su fe.

El diálogo entre Jesús y Marta es uno de los momentos más hondos del Evangelio. Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida.» Antes de devolver la vida a Lázaro, Jesús conduce a Marta a una fe más profunda. La resurrección no es solo una esperanza futura; tiene un rostro presente: Cristo mismo. Donde está Jesús, la muerte ya no tiene la última palabra. Donde llega su presencia, la vida empieza a abrirse camino.

Marta responde con una profesión de fe preciosa: «Creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios.» En medio del duelo, Marta confiesa. En medio de las lágrimas, reconoce al Señor. Su fe no nace de una situación fácil, sino de una relación viva con Jesús. Ella conoce al Maestro, lo ha acogido en su casa, lo ha escuchado, lo ha servido, y ahora se abandona a Él en el momento más doloroso.

Marta, María y Lázaro nos muestran tres dimensiones de la vida cristiana. Marta representa el servicio y la fe que sale al encuentro. María recuerda la escucha contemplativa a los pies del Señor. Lázaro, llamado del sepulcro, anuncia la vida nueva que Cristo ofrece. En Betania encontramos una imagen hermosa de la Iglesia: una casa donde se sirve, se escucha, se cree y se recibe la vida del Resucitado.

Hoy podemos preguntarnos qué lugar ocupa Jesús en nuestra casa interior. ¿Puede descansar en nosotros? ¿Puede ser recibido en nuestras preocupaciones, en nuestros duelos, en nuestras heridas, en nuestros afectos? Betania nos enseña que la amistad con Cristo transforma la vida ordinaria y hace de cada casa un lugar de encuentro con Dios.

En esta Eucaristía, pidamos la fe de Marta, la escucha de María y la vida nueva que recibió Lázaro. Que el Señor entre en nuestras casas, sane nuestras heridas, fortalezca nuestra esperanza y nos haga testigos de que Él es la resurrección y la vida. Amén.