Queridos hermanos:
La Palabra de Dios de este domingo nos enseña a mirar la vida con la paciencia de Dios. Jesús nos habla del trigo y la cizaña, del grano de mostaza y de la levadura. Tres imágenes sencillas, tomadas de la vida diaria, que nos descubren cómo actúa el Reino: empieza pequeño, crece lentamente y transforma desde dentro.
La parábola del trigo y la cizaña toca una realidad que todos conocemos. En el campo de la vida aparece el bien y también aparece el mal. En el mundo, en la sociedad, en la Iglesia, en nuestras familias y dentro de nuestro propio corazón, hay semillas buenas y también zonas que necesitan conversión. A veces quisiéramos soluciones rápidas, limpiezas inmediatas, respuestas tajantes. Jesús nos presenta al dueño del campo diciendo: «Dejadlos crecer juntos hasta la siega.»
Esta palabra revela la paciencia de Dios. El Señor conoce perfectamente lo que es trigo y lo que es cizaña. Su mirada distingue la verdad. Pero su modo de actuar está lleno de sabiduría: da tiempo, espera procesos, cuida lo bueno que todavía está creciendo. Dios sabe que una intervención precipitada puede dañar también el trigo.
La primera lectura del libro de la Sabiduría nos ayuda a comprender esta manera divina de actuar. Dios, siendo fuerte, gobierna con indulgencia y concede a los pecadores tiempo para el arrepentimiento. Su poder se manifiesta en la misericordia. Su justicia lleva dentro una pedagogía de conversión. Así nos enseña también a nosotros a ser más humanos: mirar con claridad, corregir con caridad, esperar con esperanza.
Cuánta falta nos hace esta sabiduría en la vida cotidiana. En una familia, en una parroquia, en una comunidad, en cualquier relación humana, la impaciencia puede endurecer la mirada. Dios nos invita a cuidar el trigo. A veces el trigo es una virtud pequeña que empieza a nacer en alguien. A veces es una posibilidad de cambio. A veces es una fe débil, una esperanza frágil, un deseo de volver a empezar. Quien mira como Dios aprende a proteger esos brotes.
San Pablo añade una luz preciosa: «El Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables.» Hay momentos en que ni siquiera sabemos rezar bien. Nos faltan palabras, claridad, fuerzas. Entonces el Espíritu ora dentro de nosotros. Él conoce lo que Dios está sembrando en nuestra vida y acompaña nuestro crecimiento con una presencia silenciosa.
Después Jesús habla del grano de mostaza y de la levadura. El Reino empieza muchas veces de forma pequeña. Un gesto de perdón, una palabra de aliento, una visita a un enfermo, una oración fiel, una decisión justa, una ayuda discreta. A los ojos del mundo puede parecer poca cosa; a los ojos de Dios puede llevar dentro una fuerza inmensa.
La levadura trabaja escondida en la masa. Así actúa también el Evangelio cuando lo dejamos entrar en la vida: transforma pensamientos, purifica intenciones, ensancha el corazón, cambia poco a poco nuestra manera de tratar a los demás. El Reino crece con discreción y acaba dando sabor nuevo a todo.
Hoy el Señor nos invita a vivir con perseverancia, fe y esperanza. A cuidar lo bueno que crece en nosotros. A sembrar pequeñas semillas de Reino en nuestro pueblo. A confiar en la fuerza humilde del Evangelio.
En esta Eucaristía, Cristo alimenta nuestro trigo interior y nos da su Espíritu. Que aprendamos a mirar como Él, a esperar como Él y a trabajar cada día por su Reino con paciencia alegre y corazón confiado.
Amén.
