Miércoles XV semana del Tiempo Ordinario

SAN BUENAVENTURA

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de hoy nos pone ante una tensión que atraviesa la vida humana: la soberbia de quien se cree dueño de todo y la sabiduría de quien aprende a recibirlo todo de Dios.

Isaías habla de Asiria, una potencia que se siente invencible. Sus victorias militares le han hecho pensar que todo depende de su fuerza, de su inteligencia y de su brazo. El profeta desenmascara esa autosuficiencia con una imagen muy clara: ¿puede gloriarse el hacha contra quien la maneja? ¿Puede presumir la sierra contra quien la mueve? La criatura pierde el sentido cuando olvida que su fuerza recibida tiene un origen.

Esta palabra alcanza también nuestra vida. Hay una soberbia visible, hecha de poder y dominio. Y existe otra más discreta: la de quien se acostumbra a vivir como si todo dependiera de sí mismo; la de quien confunde sus capacidades con propiedad absoluta; la de quien deja de agradecer. La fe nos devuelve a la verdad: somos instrumentos en manos de Dios, llamados a servir con los dones que hemos recibido.

El salmo recoge el clamor de los pequeños ante la arrogancia de los poderosos: “El Señor no rechaza a su pueblo.” Dios ve lo que otros ocultan. Escucha lo que otros desprecian. Su justicia llega a los rincones donde el orgullo humano ha dejado heridas.

El Evangelio nos lleva al otro lado de la escena. Jesús bendice al Padre porque ha revelado sus misterios a los sencillos. Los pequeños comprenden lo que se escapa a quienes viven encerrados en su propia seguridad. La sabiduría del Reino entra por la puerta de la humildad. Quien se deja enseñar por Dios empieza a mirar la vida de otro modo.

Hoy celebramos a san Buenaventura, franciscano, obispo y doctor de la Iglesia. En él se unieron inteligencia y humildad, estudio y oración, pensamiento y contemplación. Fue un gran teólogo porque supo que conocer a Dios exige también amarle. Para san Buenaventura, la mente asciende hacia Dios cuando el corazón se deja encender por la caridad. La verdadera sabiduría cristiana no acumula palabras sobre Dios; conduce a una vida más unida a Cristo.

Por eso su memoria ilumina de manera preciosa el Evangelio de hoy. Jesús afirma: “Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.” Dios se conoce por revelación, por gracia, por intimidad. La fe no nace de conquistar un misterio, sino de dejarnos introducir en él por Cristo.

San Buenaventura nos recuerda que el estudio de la fe, la oración diaria y la vida concreta deben caminar juntos. Una inteligencia sin humildad se endurece. Una piedad sin verdad se empobrece. Una vida cristiana sin contemplación pierde profundidad. En Cristo, todo encuentra unidad.

Pidamos hoy un corazón sencillo. Que los dones recibidos no nos separen de Dios, sino que nos hagan más agradecidos y disponibles. Que sepamos usar nuestras capacidades como servicio. Y que, siguiendo el ejemplo de san Buenaventura, busquemos al Señor con una inteligencia iluminada por la fe y un corazón encendido por el amor.

Amén.