Queridos hermanos:
La Palabra de Dios de este domingo nos habla de una vida abierta: abierta a Cristo, abierta a los demás y abierta a la gracia que transforma.
La primera lectura presenta a una mujer de Sunén que sabe reconocer la presencia de Dios en el profeta Eliseo. Lo recibe en su casa, le ofrece alimento y prepara para él una habitación. Su gesto nace de una atención concreta. Ve una necesidad y responde. Hace sitio en su casa y, al hacerlo, también hace sitio a Dios en su vida.
La fe se vive muchas veces así: abriendo espacio. Espacio para escuchar, para acompañar, para compartir tiempo, para recibir a quien llega. Hay personas que necesitan una palabra, una visita, una ayuda sencilla. Cuando el corazón se hace acogedor, la vida se vuelve fecunda. La mujer de Sunén recibe una promesa de vida nueva porque antes había ofrecido hospitalidad.
San Pablo nos recuerda que, por el bautismo, hemos sido unidos a Cristo para caminar en una vida nueva. El bautismo pertenece a nuestra identidad más profunda. Somos de Cristo. Su muerte y su resurrección han abierto para nosotros una existencia renovada. Cada día estamos llamados a vivir de acuerdo con esa gracia.
Caminar en una vida nueva significa dejar que Cristo transforme nuestra forma de pensar y de actuar. La fe llega a la familia, al trabajo, a las relaciones y a las decisiones. El bautismo se hace visible cuando vivimos con verdad, cuando buscamos la reconciliación y cuando nuestras acciones llevan la huella del Evangelio.
Jesús habla hoy con gran claridad: «El que toma su cruz y me sigue es digno de mí». La cruz forma parte del seguimiento. Aparece en la fidelidad diaria, en el cuidado de una persona enferma, en la paciencia que exige la convivencia, en la responsabilidad asumida con amor. Tomar la cruz significa caminar con Cristo en la realidad que vivimos y convertirla en lugar de entrega.
Después Jesús añade: «El que pierda su vida por mí la encontrará». Esta palabra encierra una verdad que todos podemos comprobar: la vida crece cuando se comparte. Quien entrega tiempo, escucha y afecto descubre una alegría más honda. El amor fecunda aquello que toca.
El Evangelio vuelve al tema de la acogida: «El que os recibe a vosotros, me recibe a mí». Cristo sale a nuestro encuentro a través de personas concretas. Está presente en quien anuncia su Palabra y en quien necesita un vaso de agua. Cada gesto de atención puede convertirse en encuentro con Él.
Hoy podemos mirar nuestra vida y preguntarnos cuánto espacio dejamos a Cristo y cuánto espacio ofrecemos a los demás. Quizá nuestra casa, nuestra agenda o nuestro corazón están demasiado llenos. El Señor nos invita a abrir una habitación interior donde su presencia pueda habitar y desde donde aprendamos a acoger.
En esta Eucaristía recibimos a Cristo, que se entrega por nosotros. Que su Cuerpo nos enseñe a hacer de nuestra vida un don. Que nuestras familias y nuestra parroquia sean lugares de acogida, donde muchas personas puedan experimentar la cercanía de Dios.
Amén.
