Homilía. Sábado de la XII semana del Tiempo Ordinario

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios cierra esta semana con una escena de dolor y otra de esperanza. En la primera lectura, Jerusalén aparece herida, humillada y en silencio. Sus ancianos se sientan en tierra, las jóvenes inclinan la cabeza, los profetas han perdido la visión y el pueblo contempla las ruinas de una ciudad que había olvidado durante demasiado tiempo la voz del Señor.

El libro de las Lamentaciones convierte ese sufrimiento en oración. El dolor del pueblo encuentra palabras ante Dios. La lectura termina con una súplica intensa: «Levántate, grita en la noche; derrama como agua tu corazón ante el Señor». Cuando una vida atraviesa una prueba profunda, la fe permite llorar delante de Dios. El creyente abre el corazón, presenta sus heridas y confía en que el Señor escucha incluso el gemido que apenas puede expresarse.

El salmo prolonga este clamor: «No olvides sin remedio la vida de tus pobres». Israel se siente abandonado, pero sigue dirigiéndose a Dios. Esa oración revela que la esperanza continúa viva. Quien todavía puede llamar al Señor conserva dentro una puerta abierta hacia la salvación.

El Evangelio nos presenta a Jesús entrando en Cafarnaún. Un centurión se acerca y le habla del sufrimiento de su criado. Su petición nace de la compasión y de una confianza sorprendente: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano». La Iglesia recoge esta frase en cada Eucaristía porque expresa la actitud de quien reconoce su pobreza y se abandona al poder de Cristo.

Jesús admira la fe de aquel hombre. El centurión comprende que la palabra del Señor lleva dentro autoridad y vida. Cree antes de ver el resultado. Confía en que una sola palabra puede atravesar la distancia y alcanzar al enfermo.

Después Jesús entra en la casa de Pedro, toca a su suegra y la fiebre desaparece. Ella se levanta y se pone a servir. La curación recibida se convierte en disponibilidad. Cristo devuelve la salud para abrir de nuevo la vida al amor y al servicio.

Al caer la tarde, muchos enfermos son llevados hasta Jesús. Mateo interpreta estos gestos a la luz del profeta Isaías: «Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades». En Cristo, Dios entra en el sufrimiento humano y lo lleva sobre sí. Cada curación anuncia la salvación que alcanzará su plenitud en la cruz y en la resurrección.

Así concluye el itinerario de estos días. Jerusalén nos enseña a derramar el corazón ante Dios desde nuestras ruinas. El centurión nos muestra una fe que se apoya en la palabra de Jesús. La suegra de Pedro revela que toda gracia recibida está llamada a convertirse en servicio.

También nosotros podemos acercarnos hoy al Señor con nuestras heridas y con el dolor de quienes amamos. Podemos decirle con humildad: «Basta que lo digas de palabra». Su palabra sigue sosteniendo, sanando y levantando. Que esta Eucaristía renueve nuestra confianza y nos haga disponibles para servir con la vida que Cristo nos regala.

Amén.