Queridos hermanos:
La Palabra de Dios de hoy nos sitúa ante dos escenas muy distintas que, en realidad, se iluminan mutuamente. La primera lectura narra la caída definitiva de Jerusalén: la ciudad es sitiada, el templo es incendiado, las murallas son derribadas y una parte del pueblo es deportada. El Evangelio, en cambio, presenta a un leproso que se acerca a Jesús y escucha una palabra capaz de devolverle la vida: «Quiero, queda limpio».
Ayer contemplábamos la casa edificada sobre roca. Hoy vemos lo que ocurre cuando los fundamentos se han debilitado durante años. Jerusalén cae después de una larga historia de infidelidades. La ruina exterior revela una fractura interior. El pueblo había perdido el centro de la alianza y terminó experimentando el desgarro del exilio.
El salmo recoge el dolor de esa pérdida: «Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti». En tierra extranjera, Israel descubre el valor de lo que había olvidado. La memoria de Jerusalén se convierte en nostalgia de Dios. También nosotros comprendemos muchas veces la importancia de la fe, de la oración o de una relación cuando sentimos que se han debilitado. La memoria puede entonces convertirse en el primer paso de un regreso.
El Evangelio abre una puerta de esperanza. Un leproso se acerca a Jesús y se postra ante Él: «Señor, si quieres, puedes limpiarme». Su enfermedad lo había apartado de la convivencia, del culto y de la vida común. Aquel hombre lleva en su cuerpo la experiencia del exilio. Vive fuera, separado, marcado por una herida que afecta toda su existencia.
Jesús extiende la mano y lo toca. Ese gesto tiene una enorme fuerza. Cristo entra en la distancia que rodeaba al enfermo y la transforma en cercanía. Después pronuncia una palabra creadora: «Quiero, queda limpio». La voluntad de Jesús es vida para el hombre. Su compasión restaura aquello que parecía perdido y devuelve al leproso a la comunidad.
Aquí se unen las lecturas. Jerusalén experimenta las consecuencias de haberse alejado de la alianza; el leproso vuelve a la vida acercándose a Cristo. La historia herida encuentra en Jesús un nuevo comienzo. Él puede tocar nuestras ruinas, nuestras exclusiones y aquello que nos avergüenza. Su palabra alcanza lo más profundo y abre un camino de restauración.
El leproso nos enseña a presentarnos ante el Señor con una fe sencilla: «Si quieres, puedes». Esa oración reconoce el poder de Cristo y pone la vida en sus manos. Jesús responde con una decisión llena de misericordia: «Quiero». Dios quiere nuestra sanación, nuestra reconciliación y nuestro regreso.
Pidamos hoy la gracia de acercarnos a Cristo con confianza. Que Él toque aquello que necesita ser sanado y haga de nuestras heridas un lugar de encuentro con su misericordia. Que, como Israel en el exilio, recuperemos la memoria de Dios y volvamos a edificar la vida sobre su presencia.
Amén.
