Queridos hermanos:
La Iglesia celebra hoy con alegría el nacimiento de san Juan Bautista. Su vida aparece enteramente orientada hacia Cristo. Desde el seno materno, Dios lo llama, lo consagra y lo prepara para una misión: disponer un pueblo capaz de acoger al Señor.
La primera lectura pone en labios del profeta una confesión luminosa: «El Señor me llamó desde el vientre de mi madre». La vocación nace en el corazón de Dios. Antes de nuestras decisiones, existe una mirada que nos conoce. Antes de nuestras respuestas, hay una llamada que da sentido a la vida. Juan Bautista encarna esta verdad de manera singular: su existencia pertenece al designio de la salvación.
El profeta recibe una palabra afilada y una misión amplia: llevar la luz hasta los confines de la tierra. Juan cumplirá esta tarea preparando los caminos del Mesías. Su voz despertará conciencias y llamará a la conversión. Toda su persona señalará a Cristo. Ahí se encuentra la grandeza del Bautista: supo vivir como testigo, como voz, como amigo del Esposo.
El salmo expresa el asombro ante la obra de Dios: «Te doy gracias porque me has escogido portentosamente». Cada vida humana lleva la huella del Creador. Somos conocidos y sostenidos por Él. La solemnidad de hoy nos invita a mirar nuestra propia existencia desde esta gratitud. También nosotros hemos recibido una llamada y un lugar en la historia de la salvación.
En los Hechos de los Apóstoles, san Pablo presenta a Juan como el precursor que anuncia la llegada de Jesús y conduce al pueblo hacia Él. Juan comprendió con claridad su lugar. Su misión alcanzaba su plenitud cuando Cristo comenzaba a ser reconocido. Esta humildad ofrece una luz muy necesaria. Servir a Dios significa favorecer que Jesús crezca en la vida de los demás. La fecundidad cristiana se mide por la presencia de Cristo que ayudamos a despertar.
El Evangelio narra el nacimiento del niño. La alegría llena la casa de Isabel y Zacarías. Cuando llega el momento de ponerle nombre, surge una sorpresa: «Juan es su nombre». Ese nombre significa “Dios concede su gracia”. La familia y los vecinos comprenden que algo nuevo está comenzando. La lengua de Zacarías se abre y su primera palabra se convierte en bendición.
El nombre expresa identidad y misión. Juan pertenece a Dios y vivirá para su llamada. Su nacimiento anuncia que el Señor visita a su pueblo. Después, el Evangelio añade que el niño crecía y se fortalecía en el espíritu, y vivía en el desierto hasta el día de su manifestación. El desierto será para él escuela de escucha. Allí aprenderá a distinguir la voz de Dios, a vivir con libertad y a esperar la hora señalada.
También nuestra vocación necesita momentos de desierto interior. El silencio permite que la Palabra madure y purifique nuestras motivaciones. Desde esa intimidad nace un testimonio creíble.
La solemnidad de san Juan Bautista nos invita a vivir orientados hacia Cristo. Nuestra familia, nuestro trabajo y nuestra comunidad pueden convertirse en caminos por donde Él llegue a otros. Como Juan, estamos llamados a preparar, señalar y servir.
Pidamos hoy un corazón fiel a la llamada recibida. Que sepamos reconocer la gracia de Dios en nuestra historia y decir con la vida: «Él tiene que crecer». Que nuestra palabra ayude a otros a encontrarse con Jesucristo, luz de las naciones y Salvador del mundo.
Amén.
