Homilía. Lunes de la XII semana del Tiempo Ordinario
Queridos hermanos:
Comenzamos una nueva semana y la Palabra de Dios nos sitúa ante una llamada exigente: volver al Señor con sinceridad y aprender a mirar al hermano desde la humildad.
La primera lectura del segundo libro de los Reyes presenta uno de los momentos más dolorosos de la historia de Israel. Samaría cae, el pueblo es deportado y el reino del Norte llega a su fin. El texto interpreta estos acontecimientos desde la alianza: Israel había olvidado al Dios que lo liberó de Egipto y había seguido otros caminos. Los profetas habían advertido una y otra vez: «Convertíos de vuestra mala conducta y guardad mis mandatos». El pueblo endureció la cerviz y terminó perdiendo aquello que Dios le había confiado.
Esta lectura puede resultarnos dura, pero contiene una enseñanza muy clara. La infidelidad no aparece de repente. Comienza cuando el corazón deja de escuchar, cuando la memoria de la gracia se debilita y cuando otros intereses ocupan el lugar de Dios. Poco a poco, el creyente puede acostumbrarse a vivir lejos de la fuente que le da vida.
Por eso el salmo se convierte hoy en una súplica: «Que tu mano salvadora, Señor, nos responda». El pueblo reconoce su fragilidad y vuelve a pedir ayuda. También nosotros necesitamos esta oración. Hay momentos en que percibimos las consecuencias de decisiones equivocadas, relaciones dañadas o caminos que nos han alejado de Dios. La mano del Señor puede levantarnos y conducirnos hacia una vida renovada.
El Evangelio lleva esta conversión al terreno de nuestras relaciones. Jesús dice: «No juzguéis y no seréis juzgados». El juicio del que habla Cristo nace de una mirada que se coloca por encima del otro, señala sus defectos y olvida la propia fragilidad. La imagen de la viga y la mota revela con fuerza esta incoherencia.
Jesús nos pide comenzar por nosotros mismos: «Sácate primero la viga del ojo». Esta palabra abre un camino de verdad. La conversión personal purifica la mirada y permite acercarnos al hermano con mayor comprensión. Quien reconoce su propia necesidad de misericordia aprende a corregir con delicadeza y a acompañar con paciencia.
Las dos lecturas están profundamente unidas. Israel dejó de escuchar a Dios y perdió la capacidad de ver con claridad su propio camino. Jesús nos enseña que la ceguera interior también puede llevarnos a mirar mal a los demás. La conversión comienza cuando acogemos la verdad sobre nuestra vida y permitimos que Dios sane nuestra mirada.
Hoy podemos preguntarnos qué voces ocupan nuestro corazón y cómo estamos mirando a las personas que nos rodean. El Señor nos invita a volver a Él y a sustituir la dureza por una mirada nacida de la misericordia.
Pidamos en esta Eucaristía la gracia de escuchar de nuevo la llamada de Dios. Que su mano nos sostenga, purifique nuestros ojos y nos haga capaces de mirar a cada hermano con la misma compasión que nosotros recibimos de Él.
Amén.
