EL SEÑOR ESTÁ CONTIGO

Homilía. XII Domingo del Tiempo Ordinario

Queridos hermanos:

La liturgia de este domingo nos reúne en torno a una palabra que necesitamos escuchar con hondura: «No tengáis miedo». Jesús la dirige a sus discípulos cuando los envía a anunciar el Evangelio. Sabe que encontrarán dificultades, incomprensiones y momentos de prueba. Por eso les entrega una certeza capaz de sostenerlos: el Padre cuida de ellos y conoce su vida hasta en lo más pequeño.

El miedo forma parte de nuestra experiencia. Aparece ante la enfermedad, la incertidumbre, la soledad, el futuro de la familia o la fragilidad de quienes amamos. También surge cuando sentimos que nuestra fe encuentra resistencia o cuando cuesta vivir con coherencia. La Palabra de hoy nos enseña a atravesar esos momentos desde la confianza.

Jeremías conoce bien esta situación. Escucha las amenazas de quienes desean verlo caer y siente el peso de la persecución. En medio de esa experiencia proclama: «El Señor está conmigo como fuerte soldado». Su fortaleza nace de la presencia de Dios. Jeremías continúa siendo frágil, pero sabe que su vida está acompañada. Esa certeza le permite seguir hablando, mantener la fidelidad y poner su causa en manos del Señor.

El salmo recoge la oración de quien se siente probado: «Señor, que me escuche tu gran bondad». La oración abre un espacio interior donde el miedo pierde dominio. Al presentar nuestras preocupaciones ante Dios, recordamos que su amor nos precede y que nuestra historia está bajo su mirada.

San Pablo nos lleva al fundamento de esta confianza. La humanidad lleva dentro la herida del pecado, y en Cristo ha recibido una gracia mucho más abundante. La salvación tiene un rostro: Jesucristo. Su muerte y resurrección han abierto para todos un camino de vida. La esperanza cristiana nace de esta certeza: la gracia de Dios actúa con una fuerza capaz de renovar lo que parecía perdido.

En el Evangelio, Jesús utiliza una imagen sencilla y entrañable: el Padre conoce hasta la caída de un gorrión y tiene contados los cabellos de nuestra cabeza. Con estas palabras revela cuánto vale cada persona ante Dios. Nadie queda fuera de su cuidado. Ninguna lágrima pasa inadvertida. Cada vida posee una dignidad inmensa porque está sostenida por el amor del Padre.

Esta confianza impulsa al testimonio. Jesús dice: «A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre». La fe está llamada a hacerse visible en nuestra manera de vivir, en la verdad de nuestras palabras, en la serenidad con que afrontamos las pruebas y en el bien que sembramos alrededor.

Hoy Cristo vuelve a decirnos: no tengáis miedo. Caminad con confianza. Vivid desde la gracia recibida. Dad testimonio con sencillez. Nuestra parroquia puede convertirse en un lugar donde muchas personas encuentren ánimo, cercanía y esperanza.

Que esta Eucaristía renueve nuestra confianza. Que el Señor nos haga capaces de afrontar la vida con un corazón sereno y de anunciar con alegría que Dios cuida de sus hijos. Amén.