COMO OVEJAS SIN PASTOR

XI Domingo del Tiempo Ordinario

Queridos hermanos:

Celebramos este domingo con alegría porque la Palabra de Dios nos recuerda quiénes somos y para qué hemos sido llamados. Somos el pueblo que Dios ha reunido, el rebaño que Él acompaña y la comunidad que Cristo envía al mundo. La liturgia de hoy tiene un tono profundamente vocacional y misionero: Dios nos ama, nos reconcilia y confía en nosotros.

En el libro del Éxodo, el Señor dice a Israel: «Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa». Estas palabras expresan la dignidad de un pueblo elegido para vivir en alianza con Dios. Israel existe para llevar su presencia a las naciones. También nosotros, por el bautismo, pertenecemos al Señor y hemos recibido una misión. Nuestra fe tiene una dimensión pública: está llamada a hacerse visible en la familia, en el trabajo, en la convivencia diaria y en la vida de nuestro pueblo.

El salmo nos invita a proclamarlo con gozo: «Nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño». Esta pertenencia llena de confianza el corazón. Dios nos conoce, camina con nosotros y cuida nuestra vida. Por eso la celebración cristiana es fiesta: venimos de una historia de amor y estamos sostenidos por una fidelidad que nunca se agota.

San Pablo nos conduce al origen de esta alegría. Cristo entregó su vida por nosotros y nos reconcilió con el Padre. La salvación es un don que hemos recibido gratuitamente. Cuando un cristiano recuerda de dónde viene, nace en él la gratitud. Y una comunidad agradecida se convierte fácilmente en comunidad misionera. Quien ha experimentado el amor de Dios desea compartirlo.

El Evangelio nos muestra a Jesús mirando a las multitudes. Las ve cansadas y desorientadas, y siente compasión. Esa mirada da origen a la misión. Jesús contempla las necesidades concretas de la gente y llama a sus discípulos para acercarles el Reino.

También hoy hay muchas personas que esperan una palabra de esperanza, una presencia cercana, una ayuda concreta. Cristo sigue mirando a nuestra gente con compasión y sigue diciendo: «La mies es abundante». La mies habla de posibilidades, de vidas abiertas, de corazones que pueden florecer. Hay mucho bien esperando ser despertado. Hay personas que necesitan encontrar una comunidad que acoja, escuche y acompañe.

Jesús pide primero oración: «Rogad al dueño de la mies». La misión nace en el encuentro con Dios. Después llama a los Doce por su nombre y los envía. También cada uno de nosotros ha sido llamado por su nombre. Cada bautizado posee una tarea dentro de la Iglesia. Algunos anuncian con la palabra; otros evangelizan cuidando, visitando, educando, acompañando o sirviendo en silencio. Todo gesto nacido del amor acerca el Reino.

Hoy queremos celebrar con gratitud que Cristo cuenta con nosotros. Nuestra parroquia puede ser una casa abierta, una familia donde cada persona encuentre su lugar y una comunidad que lleve esperanza a las calles de nuestro pueblo.

Que esta Eucaristía renueve en nosotros la alegría de pertenecer al Señor. Que sepamos mirar como Jesús, orar por la mies y ofrecer con generosidad nuestros dones. Hemos recibido mucho. Vivamos también nosotros la belleza de dar gratuitamente.

Amén.