TE RUEGO POR ELLOS

Homilía — martes de la VII Semana de Pascua.

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este martes de la séptima semana de Pascua nos sitúa en un clima de despedida, entrega y profundidad espiritual. Pablo se despide de los presbíteros de Éfeso, y Jesús, en el Evangelio, eleva al Padre su oración sacerdotal. Dos despedidas, pero llenas de misión y de amor.

San Pablo dice una frase impresionante: “A mí no me importa la vida; lo que me importa es completar mi carrera y cumplir el encargo que me dio el Señor Jesús: ser testigo del Evangelio”. Pablo no habla desde la teoría. Habla como quien ha entregado la vida, ha sufrido, ha servido, ha amado a la Iglesia y sabe que su existencia tiene un sentido recibido de Cristo.

Aquí aparece una pregunta muy honda para nosotros: ¿qué es lo que realmente me importa? A veces vivimos preocupados por tantas cosas: la salud, el bienestar, el reconocimiento, la seguridad, los planes personales. Todo eso tiene su lugar. Pero Pablo nos recuerda que hay algo mayor: cumplir la misión que el Señor nos confía. Cada cristiano tiene una carrera que completar, una fidelidad que vivir, un Evangelio que testimoniar con su vida.

No todos estamos llamados a lo mismo, pero todos estamos llamados a ser testigos. Unos desde el ministerio, otros desde la familia, otros desde la enfermedad ofrecida, otros desde el trabajo, el silencio, la oración, el servicio humilde. La vida alcanza su belleza más profunda cuando deja de girar sobre sí misma y se convierte en entrega.

El salmo nos consuela: “Bendito el Señor cada día; Dios lleva nuestras cargas, es nuestra salvación”. Pablo puede entregarse porque sabe que Dios sostiene sus cargas. También nosotros podemos seguir adelante porque el Señor no nos abandona. Él carga con nuestras fatigas, sostiene nuestras luchas, acompaña nuestros pasos y nos salva cada día.

En el Evangelio, Jesús dice: “Padre, ha llegado la hora”. Es la hora de la cruz, pero también la hora de la gloria. Jesús glorifica al Padre entregando su vida por amor. Y nos revela que la vida eterna consiste en conocer al único Dios verdadero y a Jesucristo, su enviado. Conocer, en la Biblia, no es saber datos; es entrar en comunión, vivir en amistad, dejarse transformar por el amor.

Jesús, además, ruega por los suyos: “Te ruego por ellos”. Qué consuelo tan grande: Cristo ora por nosotros. Antes de nuestras fuerzas está su intercesión. Antes de nuestras respuestas está su amor. Somos del Padre, hemos sido confiados al Hijo, y Cristo nos guarda en su oración.

Pidamos hoy la gracia de vivir con un corazón entregado, como Pablo; de conocer más profundamente a Cristo, como discípulos amados; y de confiar nuestras cargas al Señor, que es nuestra salvación.

Y en este mes de mayo, miremos a la Santísima Virgen María. Ella completó su carrera en la humildad de cada día, cumplió el encargo recibido de Dios y permaneció fiel junto a Jesús. Que María nos enseñe a vivir nuestra misión con fe, disponibilidad y amor. Amén.