CREE EN EL SEÑOR JESÚS

Homilía — martes de la VI Semana de Pascua.

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este martes de Pascua nos presenta una escena llena de fuerza: Pablo y Silas están en la cárcel. Han sido golpeados, encerrados y vigilados. Humanamente todo parece oscuro. Sin embargo, en medio de la noche, ellos rezan y cantan himnos a Dios.

Esta imagen impresiona: hombres heridos, encarcelados, privados de libertad exterior, pero libres por dentro. Cristo resucitado les ha dado una fuerza que ninguna cadena puede quitarles. Por eso pueden cantar incluso en la noche.

También nosotros conocemos noches: preocupaciones, enfermedades, conflictos,  momentos de oscuridad interior. Y la Palabra nos recuerda que la fe no evita siempre la cárcel de las pruebas, pero nos da una libertad más profunda para atravesarlas con esperanza.

Entonces sucede el terremoto, se abren las puertas y se sueltan las cadenas. El carcelero, asustado, pregunta: “Señores, ¿qué tengo que hacer para salvarme?”. Es una pregunta decisiva. Cuando la vida se mueve, cuando nuestras seguridades tiemblan, cuando sentimos nuestra fragilidad, brota esta pregunta: ¿qué me salva de verdad?, ¿dónde puedo apoyar mi vida?

Pablo responde con una frase sencilla y luminosa: “Cree en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu familia”. La salvación comienza acogiendo a Cristo, confiando en Él, dejando que su vida entre en nuestra casa, en nuestra historia, en nuestras heridas y decisiones.

El carcelero pasa del miedo a la fe, de la angustia a la alegría, de custodiar presos a acoger hermanos. Les lava las heridas, los lleva a su casa, escucha la Palabra y se bautiza con toda su familia. Cuando Cristo entra en una vida, cambia la mirada, cambia el corazón y cambia también la relación con los demás.

En el Evangelio, Jesús anuncia la venida del Paráclito, el Espíritu Santo. Los discípulos están tristes porque Jesús les habla de su partida, pero Él les asegura que su ausencia visible abrirá paso a una presencia más íntima: la del Espíritu. El Espíritu Santo será quien ilumine, fortalezca, consuele y convenza el corazón.

Necesitamos mucho al Espíritu Santo. Él nos ayuda a reconocer nuestro pecado, a descubrir la verdad de Cristo, a no quedarnos encerrados en el miedo, a cantar en medio de la noche y a abrir las puertas interiores que parecen cerradas.

Queridos hermanos, hoy pidamos esa fe de Pablo y Silas, capaz de orar en la dificultad; pidamos el corazón del carcelero, capaz de dejarse tocar y convertir; y pidamos el don del Espíritu Santo, para que nos conduzca a Jesús, nuestra salvación.

Que esta Eucaristía rompa nuestras cadenas interiores y haga de nuestra vida una casa abierta a Cristo, a su Palabra y a la alegría de la Pascua.

Amén.