LE ABRIÓ EL CORAZÓN

Homilía — lunes de la VI Semana de Pascua.

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este lunes de Pascua nos deja una frase sencilla y preciosa: “El Señor le abrió el corazón para que aceptara lo que decía Pablo”.

San Pablo llega a Filipos y, junto al río, encuentra a un grupo de mujeres reunidas para la oración. Entre ellas está Lidia, una mujer de Tiatira, comerciante de púrpura. Ella escucha, acoge, se deja tocar. Y allí sucede lo más importante: Dios actúa en su interior. El Señor abre su corazón.

Esta es una de las grandes gracias de la vida cristiana: tener un corazón abierto. Podemos oír muchas palabras, asistir a muchas celebraciones, conocer muchas cosas de la fe; pero todo cambia cuando la Palabra de Dios entra de verdad en el corazón. Entonces se convierte en luz, llamada, consuelo y camino.

Por eso, hoy podríamos pedir humildemente: Señor, ábreme el corazón. Ábrelo cuando esté cansado, distraído, endurecido o herido. Ábrelo cuando me cierre en mis preocupaciones, en mis rutinas, en mis miedos o en mis seguridades. Ábrelo para que tu Palabra me toque, me despierte y me transforme.

Lidia no sólo escucha. Después de recibir la fe y ser bautizada con su familia, abre también su casa a los apóstoles. El corazón abierto se convierte en casa abierta. La fe verdadera siempre acaba haciéndose acogida, servicio, hospitalidad, cercanía. Cuando Dios entra en una persona, también se ensancha su vida para los demás.

El salmo nos invita a cantar: “Cantad al Señor un cántico nuevo”. La Pascua es ese cántico nuevo que nace cuando descubrimos que Cristo vive, que Dios sigue actuando y que su Espíritu transforma los corazones. La alegría cristiana brota de sabernos llamados, amados y enviados.

En el Evangelio, Jesús promete el Espíritu de la Verdad, que dará testimonio de Él. Es el Espíritu Santo quien abre el corazón, quien nos ayuda a comprender la Palabra, quien sostiene nuestra fe en las dificultades y nos hace testigos de Cristo resucitado.

Jesús también avisa a sus discípulos de que encontrarán incomprensión. La fe no siempre será fácil. Pero el creyente nunca camina solo. El Espíritu acompaña, fortalece y pone en nosotros la fuerza para seguir dando testimonio.

Hoy, como Lidia, dejemos que el Señor nos abra el corazón. Que nuestra fe se vuelva escucha atenta, alegría pascual, casa abierta y testimonio humilde. Y que esta Eucaristía nos haga más disponibles al Espíritu, para cantar con la vida la gloria del Señor. Amén.