FRUTOS

Homilía — miércoles de la V Semana de Pascua

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este miércoles de Pascua nos invita a mirar tres realidades muy importantes para la vida cristiana: la comunión, el discernimiento y la permanencia en Cristo.

En la primera lectura, la comunidad cristiana vive una controversia. Algunos hermanos llegan enseñando que, para salvarse, era necesario cumplir determinadas prácticas de la ley de Moisés. La cuestión provoca tensión, discusión y preocupación. La Iglesia naciente se encuentra ante un problema serio. Y lo hermoso es ver cómo lo afronta: deciden subir a Jerusalén para consultar a los apóstoles y presbíteros, y allí examinan juntos el asunto.

Esto nos enseña algo muy actual. También en la Iglesia, en las comunidades, en las familias y en nuestra propia vida interior aparecen dudas, diferencias y conflictos. La fe cristiana no consiste en vivir sin preguntas, sino en aprender a buscar la voluntad de Dios juntos, con humildad, escucha y comunión. La Iglesia crece cuando no se rompe ante las dificultades, sino que discierne, dialoga y se deja guiar por el Espíritu Santo.

El salmo expresa el gozo de caminar hacia la casa del Señor: “Vamos alegres a la casa del Señor”. Jerusalén aparece como lugar de encuentro, de unidad y de justicia. También nosotros venimos a la Eucaristía como quien sube a la casa del Señor: traemos nuestras cargas, nuestras preguntas, nuestras preocupaciones, pero también la alegría de sabernos convocados por Dios. Aquí el Señor reúne lo disperso, ilumina lo confuso y fortalece la comunión.

Y en el Evangelio Jesús nos da la clave más profunda: “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos”. Esta imagen es bellísima. El sarmiento sólo vive si permanece unido a la vid. Separado de ella se seca; unido a ella recibe savia, vida y fecundidad. Así ocurre con nosotros. Nuestra fuerza no nace sólo de nuestras capacidades, de nuestros planes o de nuestros esfuerzos. Nuestra vida cristiana da fruto cuando permanece unida a Cristo.

Jesús lo dice con claridad: “El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante”. Permanecer es una palabra muy importante. Significa estar, confiar, volver, escuchar, dejarse cuidar, no abandonar el amor primero. Permanecer en Cristo es cuidar la oración, alimentarse de su Palabra, vivir la Eucaristía, guardar sus mandamientos, aceptar la poda que purifica y mantener el corazón unido a Él en medio de la vida cotidiana.

Porque Jesús también habla de la poda. El Padre, como buen labrador, limpia los sarmientos para que den más fruto. A veces esa poda nos cuesta: una corrección, una renuncia, una purificación interior, una etapa de pobreza, una llamada a cambiar, una dificultad que nos obliga a volver a lo esencial. Pero cuando esa poda viene de Dios, no destruye; purifica, libera y prepara una fecundidad más honda.

La primera lectura y el Evangelio se iluminan mutuamente. La comunidad de los Hechos necesitó discernir para no perder la comunión. Y sólo se puede discernir bien permaneciendo en Cristo. Cuando nos separamos de Él, crecen la dureza, la sospecha, el orgullo y la división. Cuando permanecemos en Él, podemos escuchar mejor, buscar la verdad con humildad y anteponer la comunión a nuestras propias seguridades.

Queridos hermanos, hoy podemos preguntarnos: ¿qué fruto está dando mi vida? ¿Fruto de paz, de paciencia, de servicio, de perdón, de alegría, de comunión? ¿O quizá hay zonas secas porque me estoy alejando de la vid?

Que esta Eucaristía renueve nuestra unión con Cristo. Venimos alegres a la casa del Señor para recibir la savia de su amor. Permanezcamos en Él, dejemos que su Palabra nos limpie y permitamos que su Espíritu haga de nuestra vida un fruto abundante para la Iglesia y para el mundo.

Amén.