NACER DE LO ALTO

MARTES II DE PASCUA

Hay un momento en la vida en el que uno empieza a sospechar que no todo depende de sí mismo. Puede llegar tras un fracaso, una pérdida, una crisis o, simplemente, en medio de una rutina que ya no llena. Es una intuición discreta pero profunda: por mucho que intentemos organizarnos, mejorarnos o controlarlo todo, hay algo esencial que se nos escapa.

La expresión del Evangelio —“nacer de nuevo”, “nacer de lo alto”— toca precisamente ese punto. No habla de empezar otra vida distinta, sino de vivir esta misma vida desde un origen diferente. Desde una fuente que no somos nosotros.

Vivimos en una cultura que ha hecho del esfuerzo personal y de la construcción de uno mismo casi un absoluto. Hay algo valioso en ello, sin duda. Pero también un riesgo: creer que todo lo decisivo depende de nuestras capacidades, de nuestra voluntad o de nuestro control. Y entonces, cuando algo falla, la vida se vuelve pesada, exigente, a veces incluso insoportable.

La fe introduce una grieta en esa lógica. Sugiere que lo más importante no se fabrica, se recibe. Que hay una forma de vivir que no nace del esfuerzo acumulado, sino de la apertura. De dejar espacio a algo que nos precede.

Esto no significa pasividad ni evasión. Significa otra forma de estar en la realidad. Una forma en la que uno deja de vivir únicamente desde lo que puede asegurar y empieza a apoyarse en una confianza más honda. No todo está en mis manos, y eso, lejos de ser una amenaza, puede convertirse en descanso.

Hay también una consecuencia existencial muy concreta: cuando la vida se vive como don, cambia la relación con todo. Con los demás, porque ya no son competencia ni amenaza. Con los bienes, porque dejan de ser el centro. Con uno mismo, porque la exigencia se transforma en verdad.

El cristianismo expresa esto de manera radical en la imagen de Cristo elevado en la cruz. Ahí no desaparece la fragilidad humana, pero se ilumina desde dentro. La vida no se salva evitando la herida, sino atravesándola con una confianza que no nace de uno mismo.

Quizá vivir desde la fe consista en eso: en aceptar que hay una vida más profunda que la que somos capaces de producir. Y que solo puede ser acogida.

No es un cambio espectacular. Es algo más silencioso. Un desplazamiento del centro. Una forma nueva de habitar lo mismo. Y, poco a poco, casi sin darse cuenta, uno empieza a vivir de otra manera.