Homilía – Viernes de la Octava de Pascua
Hoy el Evangelio nos lleva a la orilla del lago, a un amanecer sencillo, cotidiano, casi silencioso. La liturgia nos muestra algo muy hermoso: el Resucitado entra también en la vida ordinaria. Se hace presente en una noche de trabajo estéril, en la fatiga de unos hombres que vuelven a sus redes, en la pobreza de unas manos vacías.
Los discípulos han salido a pescar. Pedro ha dicho: “Voy a pescar”, y los demás lo han seguido. Hay en esa escena algo profundamente humano. Después del drama de la Pasión y de las noticias de la Resurrección, todavía no lo tienen todo claro. Todavía están en camino. Y mientras tanto, hacen lo que saben hacer: pescar. Pero el Evangelio añade una frase cargada de sentido: “Aquella noche no cogieron nada”.
Esa noche estéril puede representar también muchas cosas de nuestra vida. A veces trabajamos, nos cansamos, nos movemos, intentamos seguir adelante, y sin embargo tenemos la impresión de que las redes vuelven vacías. Vacías de fruto, vacías de paz, vacías de alegría. Hay momentos en que uno experimenta que el esfuerzo no basta, que la noche se alarga, que la fatiga pesa y que el corazón se resiente.
Y justamente ahí, al amanecer, Jesús se presenta en la orilla. Ésa es una de las imágenes más bellas de la Pascua. El Resucitado está en la orilla de nuestras noches. Está al borde de nuestros cansancios. Está allí donde parece que el trabajo ha sido inútil. Está allí, discreto y real, antes incluso de que nosotros lo reconozcamos.
Primero les pregunta: “Muchachos, ¿tenéis pescado?”. Es una pregunta sencilla, casi cotidiana. Pero en el fondo les está haciendo mirar su verdad. Les obliga a reconocer su vacío: “No”. Y a veces ése es el comienzo de la gracia: admitir con sencillez que las redes vienen vacías, que solos no podemos, que necesitamos escuchar otra voz.
Entonces Jesús les dice: “Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis”. Ellos obedecen. Y la pesca resulta sobreabundante. En ese momento, el discípulo amado reconoce: “Es el Señor”.
Ésta es una enseñanza central de la Pascua. El Resucitado no sólo consuela; orienta. No sólo se hace presente; da una palabra que fecunda. Donde parecía haber esterilidad, hace brotar abundancia. Donde la noche había dejado cansancio, inaugura una mañana nueva. Y todo cambia cuando su palabra es acogida.
San Pedro reacciona de una manera muy expresiva: se ciñe la túnica y se lanza al agua para ir hacia Jesús. Hay en ese gesto una mezcla de amor, de urgencia, de alegría y de necesidad. Pedro ya no quiere quedarse lejos. Quiere llegar cuanto antes al Señor. Y ésa es también la actitud pascual del corazón creyente: cuando descubre de verdad que Cristo vive, ya no quiere mantener distancias; quiere acercarse, quiere ponerse en camino, quiere volver a Él.
Pero el Evangelio todavía nos guarda otra sorpresa. Al llegar a tierra, los discípulos encuentran unas brasas preparadas y un pez puesto encima, y pan. Jesús les dice: “Venid a almorzar”. Qué delicadeza tan conmovedora la del Resucitado. El Señor de la gloria prepara comida para los suyos. No los espera con grandezas deslumbrantes, sino con el pan dispuesto y el fuego encendido.
Aquí aparece una verdad muy profunda: la Resurrección no aleja a Jesús de nuestra humanidad; lo hace todavía más cercano. El Resucitado sigue siendo el que cuida, el que sirve, el que prepara mesa, el que reúne, el que alimenta. La Pascua no destruye la ternura de Cristo; la lleva a su plenitud.
La primera lectura refuerza esta misma línea. Pedro, ahora transformado por el encuentro con el Resucitado, proclama con valentía que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Pedro que antes negó por miedo, hoy habla con libertad. El encuentro con Cristo vivo lo ha rehecho por dentro.
Ahí está también el mensaje para nosotros. La Pascua convierte una orilla cualquiera en lugar de encuentro.
También nos invita a reconocer al Señor en la orilla de nuestra vida. A veces está más cerca de lo que pensamos, pero nuestros ojos tardan en abrirse. Está en la palabra que orienta. Está en la Eucaristía que alimenta. Está en la comunidad reunida. Está en la mañana que sigue a la noche. Está en el fuego encendido de su amor fiel.
El salmo de hoy pone en nuestros labios la respuesta adecuada: “Te ensalzaré, Señor, porque me has librado”. Éste es el canto de quien ha experimentado que Dios saca de la noche, que convierte el luto en danza, que no deja a sus hijos encerrados en el fracaso.
Por eso, en este Viernes de Pascua, la Iglesia nos invita a una confianza serena. Si las redes están vacías, el Señor puede llenarlas. Si la noche ha sido larga, el amanecer de Cristo ya está en la orilla. Si el corazón está cansado, Él ya tiene preparado el fuego y el pan. Y si el miedo nos había paralizado, Él puede rehacernos como rehízo a Pedro, hasta convertirnos en testigos.
Que éste sea el fruto de este día: dejarnos encontrar por el Resucitado en la orilla de nuestra vida, obedecer de nuevo a su palabra, reconocerlo presente y acercarnos a Él con el deseo humilde y fuerte de quien sabe que sólo en su presencia la noche se convierte en mañana. Amén.
