NOSOTROS SOMOS TESTIGOS

Lectio divina – Jueves de la Octava de Pascua

1. Invocación al Espíritu Santo

Señor Jesús resucitado, en este día de Pascua quiero abrirte mi corazón. Tú, que te pusiste en medio de tus discípulos llenos de miedo y les regalaste tu paz, ven también a mi interior. Entra en mis dudas, en mis heridas, en mis resistencias, en mis preguntas. Envía tu Espíritu Santo para que abra mi inteligencia, fortalezca mi fe y me enseñe a reconocer que tú vives y que sigues haciéndote presente en medio de tu Iglesia. Que esta Palabra no se quede fuera de mí, sino que me transforme por dentro.

2. Lectura: ¿qué dice la Palabra?

La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos presenta a Pedro después de la curación del tullido. Aprovechando el asombro del pueblo, proclama con valentía que aquel milagro ha sucedido por el nombre de Jesús. Les recuerda que ellos rechazaron al Santo y al Justo, que mataron al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos. Y añade con fuerza: “De ello nosotros somos testigos”. Pedro les anuncia también que todo aquello estaba ya contenido en el designio de Dios anunciado por los profetas, y los llama a la conversión para que sean borrados sus pecados.

El Evangelio de san Lucas nos sitúa en el momento en que los discípulos de Emaús han regresado a Jerusalén y están contando a los demás lo que les ha sucedido por el camino. Mientras hablan, Jesús mismo se presenta en medio de ellos y les dice: “Paz a vosotros”. Los discípulos se llenan de miedo y piensan ver un espíritu. Entonces Jesús les muestra sus manos y sus pies, les invita a tocarlo, y como todavía no acaban de creer a causa de la alegría y del asombro, les pide algo de comer. Después les abre la inteligencia para comprender las Escrituras y les explica que era necesario que el Mesías padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se anunciara la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos. Finalmente les dice: “Vosotros sois testigos de esto”.

3. Meditación: ¿qué me dice hoy esta Palabra?

La Pascua aparece hoy como una irrupción de paz en medio del miedo. Los discípulos están reunidos, hablando de lo ocurrido, intentando comprender, todavía inseguros, todavía vulnerables. Y Jesús se presenta en medio de ellos. No espera a que tengan una fe perfecta. No se acerca sólo cuando todo está resuelto. Se pone en medio de una comunidad todavía frágil, aún atravesada por el temor. Y lo primero que les ofrece es la paz.

Ésta es una palabra profundamente actual para mí. Muchas veces también yo vivo con una fe mezclada de miedo, de dudas, de desconcierto, de preguntas sin respuesta. A veces creo, sí, pero con el corazón agitado. A veces confieso que Cristo vive, pero sigo reaccionando como si estuviera solo frente a mis problemas. Y hoy el Evangelio me recuerda que el Resucitado entra precisamente ahí, en medio de mis temores, para regalarme su paz. No una paz superficial ni emotiva, sino la paz de quien ha vencido la muerte y puede, por eso, sostenerlo todo.

Es muy consolador que los discípulos no reaccionen con una fe inmediata y luminosa. Tienen miedo. Piensan ver un espíritu. Están turbados. Eso significa que el camino de la fe no elimina automáticamente la fragilidad humana. La resurrección de Cristo no borra de un golpe toda resistencia interior. Pero Jesús no se escandaliza de esa lentitud. Al contrario, se adapta con infinita paciencia a la pobreza de sus discípulos. Les muestra las manos y los pies. Los invita a tocar. Come delante de ellos. Les da tiempo. Les da signos. Les ofrece cercanía.

Aquí se revela una pedagogía muy hermosa del Resucitado. No humilla a los suyos por su miedo. No los avergüenza por su dificultad para creer. Los conduce con misericordia. Y eso me ayuda también a mí. Cristo no desprecia mi proceso. No se aleja de mí porque mi fe sea débil. Se acerca, se hace presente, muestra sus llagas gloriosas y me dice: “Soy yo”. La Pascua no es una exigencia fría; es una presencia paciente que va madurando la fe dentro de nosotros.

Hay un detalle especialmente importante: Jesús les abre la inteligencia para comprender las Escrituras. Esto significa que la Pascua no es un hecho aislado o incomprensible. La pasión, la muerte y la resurrección de Cristo forman parte del designio de Dios. Todo encuentra en Él su sentido. También esto ilumina mi vida. Muchas veces veo sólo fragmentos, heridas, episodios desconectados, noches que no entiendo. Y el Resucitado viene a enseñarme a leer de otro modo. Viene a mostrarme que la historia de la salvación tiene una lógica, que la cruz no fue un accidente vacío, y que incluso en lo que duele puede estar actuando el plan amoroso de Dios.

La primera lectura refuerza esta enseñanza. Pedro anuncia con valentía que aquel Jesús rechazado y crucificado ha sido resucitado por Dios. Llama a Jesús “el autor de la vida”. Qué expresión tan impresionante. El que fue llevado a la muerte es precisamente la fuente misma de la vida. Y por eso la muerte no pudo retenerlo. Aquí la Pascua aparece en toda su fuerza: los hombres rechazaron al autor de la vida, pero la vida no pudo ser vencida.

Y Pedro añade algo muy importante: “Nosotros somos testigos”. Lo mismo dirá Jesús en el Evangelio: “Vosotros sois testigos de esto”. La Pascua no está hecha para quedarse encerrada en una experiencia íntima. El encuentro con el Resucitado convierte a los discípulos en testigos. El que ha recibido la paz, el perdón y la luz nueva, no puede guardar eso sólo para sí. Tiene que anunciarlo. Tiene que vivirlo de manera que otros puedan percibir que Cristo está vivo.

Además, Pedro habla de la conversión y del perdón de los pecados. La Pascua no es sólo victoria sobre la muerte; es también apertura de un camino nuevo para el pecador. Jesús resucitado no vuelve para cerrar la historia en el juicio, sino para abrirla en la misericordia. Llama a la conversión, sí, pero una conversión sostenida por la esperanza del perdón. Aquí aparece una de las bellezas más hondas de la resurrección: el Resucitado muestra las llagas, no para acusar, sino para ofrecer paz. Las huellas de la pasión permanecen, pero transfiguradas. El sufrimiento ha pasado por el amor y se ha convertido en fuente de reconciliación.

Esto me lleva a preguntarme: ¿dejo que el Resucitado entre en mis miedos? ¿Me dejo pacificar por Él? ¿Permito que me abra la inteligencia para comprender mi vida desde la Pascua? ¿Acepto que sus llagas me hablen de perdón y no sólo de dolor? ¿Estoy dispuesto a convertirme en testigo, o sigo viviendo la fe de forma cerrada y tímida?

4. Oración: ¿qué le digo al Señor?

Señor Jesús resucitado, hoy quiero dejar que tu primera palabra entre de verdad en mí: “Paz a vosotros”. Tú sabes cuánto miedo, cuánta inquietud, cuánta agitación puede haber en mi interior. Sabes las dudas que me visitan, las resistencias que todavía llevo dentro, las heridas que no terminan de cicatrizar. Y precisamente ahí te necesito. Ven, Señor, y ponte en medio de mi vida. Ponte en medio de mis pensamientos, de mis relaciones, de mis cargas, de mis preguntas. Y regálame tu paz.

También te doy gracias porque no te cansas de mi lentitud para creer. Gracias porque no me humillas por mis dudas. Gracias porque, como a tus discípulos, me ofreces signos, me hablas con paciencia, te acercas a mi fragilidad y me dejas tocar tus llagas gloriosas. Enséñame a reconocer que eres tú, el mismo Jesús crucificado y ahora vivo para siempre.

Ábreme también la inteligencia, Señor. Ayúdame a leer la historia, mi historia, desde la luz de tu Pascua. Que no me quede encerrado en mis interpretaciones cortas, en mis miedos o en mis desesperanzas. Muéstrame que tú estás presente incluso donde yo sólo veía fracaso, herida o desconcierto.

Y hazme testigo. Que no reciba tu paz y tu perdón sólo para mí. Que se note en mi vida que tú vives. Que mi palabra, mi forma de tratar a los demás, mi esperanza y mi fe hablen de ti.

5. Contemplación: ¿cómo descanso en la Palabra?

Permanezco ahora en silencio interior y entro con la imaginación orante en la escena del Evangelio. Veo a los discípulos reunidos, todavía sobrecogidos, hablando de lo que ha pasado. Y de pronto, Jesús está en medio. Escucho su voz: “Paz a vosotros”. Contemplo sus manos y sus pies. Veo las llagas del Crucificado en el cuerpo glorioso del Resucitado. Lo veo pidiendo de comer, compartiendo su presencia con una ternura concreta y cercana.

Me detengo ahí. No hago muchas reflexiones. Sólo contemplo. Dejo que su paz me alcance. Dejo que su presencia se pose en mis miedos. Dejo que sus llagas me hablen de amor victorioso. Y escucho en el fondo de mi corazón: “Soy yo. No temas”.

6. Acción: ¿qué me invita a vivir esta Palabra?

La Palabra de hoy me invita a dejar que la Pascua entre en mis zonas de miedo y de agitación. Me llama a buscar más conscientemente la paz que sólo Cristo puede dar. Me invita también a leer mi vida a la luz de la resurrección, no desde la lógica del fracaso o del temor. Y me pide dar un paso concreto como testigo: vivir de modo que otros perciban que Cristo está vivo.

Tal vez el compromiso de hoy pueda ser muy sencillo: repetir a lo largo del día la palabra del Resucitado, “Paz a vosotros”, aplicándola a alguna situación concreta que me inquieta. También puedo volver a contemplar sus llagas, agradeciendo que son para mí fuente de perdón y esperanza. Y puedo preguntarme a quién necesito transmitir paz, consuelo o una palabra de esperanza pascual.

7. Oración final

Señor Jesús resucitado, ponte en medio de mi vida y regálame tu paz. Abre mi inteligencia para comprenderlo todo a la luz de tu Pascua. Hazme reconocer tus llagas gloriosas como fuente de perdón, de misericordia y de vida nueva. Y conviérteme en testigo de tu presencia, para que otros también puedan descubrir que tú vives y que tu paz es más fuerte que todo miedo. Amén.