Homilía – Jueves de la Octava de Pascua
En la Octava de Pascua, el Evangelio nos va mostrando cómo el Resucitado se hace presente en medio de sus discípulos, cómo les devuelve la paz, cómo vence sus miedos y cómo los introduce poco a poco en una fe nueva.
El Evangelio de hoy nos presenta precisamente una escena llena de humanidad. Los discípulos de Emaús han regresado a Jerusalén y están contando lo que les ha pasado por el camino, cómo reconocieron a Jesús al partir el pan. Y mientras hablan de todo esto, Jesús se presenta en medio de ellos y les dice: “Paz a vosotros”.
Ésta es siempre la primera palabra del Resucitado: la paz. Es la paz que brota de su victoria sobre el pecado y la muerte. Es la paz de quien ha atravesado la cruz y vive para siempre. Es la paz que puede entrar incluso en una sala cerrada, en un corazón herido, en una comunidad todavía asustada.
Porque el Evangelio nos dice que los discípulos, al verlo, se llenaron de miedo y pensaban ver un espíritu. Y eso es muy realista. La Pascua no elimina automáticamente todas las dudas, ni todos los miedos, ni todas las resistencias del corazón. Los discípulos han oído ya anuncios, han recibido ya testimonios, algunos incluso han corrido al sepulcro. Y, sin embargo, cuando el Resucitado se les pone delante, todavía tiemblan.
Eso nos consuela. Porque también nosotros muchas veces somos así. Creemos, sí, pero con mezclas de temor. Escuchamos el anuncio pascual, pero hay zonas de nuestra vida que siguen cerradas. Decimos que Cristo vive, pero a veces seguimos viviendo como si la muerte, el pecado o el miedo tuvieran todavía más fuerza que Él. Y el Señor no se escandaliza de esa pobreza. Se pone en medio. Habla con paciencia. Muestra sus manos y sus pies. Les invita a tocar, a mirar, a comprobar. Incluso pide de comer delante de ellos.
Qué delicadeza tan grande la del Resucitado. Les da signos. Se deja tocar. Se deja mirar. Come con ellos. Es una pedagogía de misericordia. Jesús resucitado quiere convencer el corazón sin violentarlo. Quiere llevar a la fe curando poco a poco la incredulidad.
Y entonces les abre la inteligencia para comprender las Escrituras. Éste es un punto central. La Pascua es el cumplimiento del designio de Dios. Todo lo que se había escrito sobre el Mesías encuentra su plenitud en Cristo: su pasión, su muerte y su resurrección. El Resucitado les enseña a leer de nuevo toda la historia a la luz de Él.
También la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos presenta a Pedro anunciando precisamente esto. Después de curar al tullido, proclama ante el pueblo que el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob ha glorificado a su siervo Jesús, aquel a quien ellos entregaron y rechazaron. Y añade una expresión bellísima: “Matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos”.
“Autor de la vida”. Ése es Cristo. Y aquí está la gran paradoja pascual: los hombres rechazaron al autor de la vida, pero la vida no pudo ser vencida. La muerte se lanzó contra el que es la fuente misma de la vida y quedó derrotada. Por eso Pedro puede hablar ya con una libertad y una claridad nuevas. El encuentro con el Resucitado lo ha transformado. Ya no habla como quien defiende una idea, sino como quien ha sido alcanzado por una presencia viva.
Y Pedro da además una clave muy importante: muchas cosas ocurrieron “por ignorancia”. Es decir, el pecado humano es real, gravísimo, pero la misericordia de Dios sigue abriendo una puerta.
Ésa es también una palabra para nosotros. Muchas veces vivimos con culpas, errores, heridas, pecados, decisiones pasadas que pesan en el alma. Y la Pascua nos anuncia que Cristo resucitado no viene a encerrarnos en nuestro pasado, sino a abrirnos un futuro. Se presenta en medio y dice: “Paz a vosotros”. Muestra sus llagas para manifestar que el amor ha pasado por la herida y la ha convertido en fuente de vida.
Por eso el salmo de hoy puede decir con tanta verdad: “Señor, que tu misericordia venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti”. La vida cristiana es exactamente eso: esperar la misericordia. No seguir mirando todo desde la lógica del fracaso, sino desde la certeza de que el Resucitado está en medio.
El Jueves de Pascua nos invita, entonces, a dejarnos pacificar por Cristo. Tal vez ésa sea la gracia concreta de este día. Hay muchas inquietudes en nosotros. A veces el corazón vive dividido, cansado, asustado. A veces creemos, pero con temblores. A veces querríamos tocar, ver, entender más. Y Jesús no nos rechaza por eso. Viene. Se pone en medio. Muestra sus llagas gloriosas. Nos habla. Nos alimenta. Nos abre la inteligencia. Nos introduce poco a poco en una fe más madura.
Que éste sea el fruto de este día: que el Señor Jesús, autor de la vida, se presente también en medio de nosotros; que su paz atraviese nuestras resistencias; que su presencia cure nuestras dudas; que su Palabra abra nuestra inteligencia; y que también nosotros, como los apóstoles, podamos llegar a ser testigos de que Él vive y de que su misericordia es más fuerte que todo miedo.
Amén.
