Homilía – Miércoles de la Octava de Pascua
La Iglesia sigue deteniéndose en la luz de la Pascua. hHy que aprender a reconocer cómo esa resurrección entra en la vida concreta, cómo toca los caminos humanos, cómo transforma los corazones, cómo devuelve al hombre la capacidad de ponerse en pie y de caminar.
La primera lectura nos presenta una escena muy hermosa. Pedro y Juan suben al templo, y junto a la puerta Hermosa encuentran a un hombre tullido de nacimiento. Está allí, como siempre, esperando una limosna. Espera un poco de ayuda para seguir sobreviviendo. Espera algo pequeño, porque ya se ha acostumbrado a no esperar más. Y entonces Pedro le dice unas palabras que condensan toda la fuerza de la Pascua: “No tengo plata ni oro; pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda”.
Ésta es una imagen muy fuerte de lo que hace el Resucitado. Aquel hombre estaba vivo, pero no caminaba. Estaba presente, pero no podía ponerse en pie. Dependía siempre de otros. Y de pronto, por la fuerza del nombre de Jesús, entra en una vida nueva. Se levanta, anda, salta, alaba a Dios. La Pascua aparece, así como una fuerza que no sólo consuela, sino que levanta; no sólo acompaña, sino que transforma; no sólo mira la herida, sino que introduce en ella una capacidad nueva de vivir.
Y si somos sinceros, todos tenemos algo de ese hombre. También nosotros podemos llevar años junto a la puerta, esperando apenas una limosna de consuelo, resignados a ciertas parálisis interiores. A veces no es el cuerpo el que no camina; es el alma. Hay personas paralizadas por una tristeza vieja, por una culpa no entregada, por el miedo, por la rutina, por una fe debilitada, por el cansancio, por heridas que no terminan de curar. Y la Pascua viene a decirnos precisamente eso: en nombre de Jesucristo, levántate. No estás hecho para quedarte caído. No estás llamado a vivir instalado en la parálisis. El Resucitado trae una fuerza capaz de ponerte en pie.
El Evangelio de hoy nos lleva por otro camino, pero la enseñanza es la misma. Los discípulos de Emaús van caminando, sí, pero interiormente están detenidos. Se alejan de Jerusalén con el corazón herido, cargados de decepción. Hablan de Jesús en pasado. Creían que Él iba a liberar a Israel, pero para ellos todo ha terminado en la cruz. Caminan, pero sin esperanza. Se mueven, pero por dentro están estancados.
Y entonces sucede lo decisivo: Jesús mismo se acerca y camina con ellos. Ésta es una de las escenas más consoladoras de la Pascua. El Resucitado sale al encuentro de quienes se alejan, de quienes no entienden, de quienes siguen caminando con el corazón triste. No espera a que vuelvan perfectos, ni a que hayan resuelto todas sus dudas. Se acerca. Escucha. Pregunta. Acompaña. Y poco a poco comienza a abrirles las Escrituras.
Hay aquí una pedagogía preciosa del Señor. Jesús no se impone de golpe. No deslumbra. No abruma. Se hace compañero de camino. Entra en la conversación de su tristeza. Acoge su decepción. Y desde ahí empieza a rehacer su mirada. Primero les abre la inteligencia. Luego les calienta el corazón. Y finalmente se da a conocer al partir el pan.
Ésa es la experiencia cristiana. Muchas veces nosotros también vamos por la vida como aquellos discípulos: con preguntas, con una esperanza debilitada. Y la Pascua nos recuerda que Cristo resucitado es el compañero que camina con nosotros, el que explica de nuevo la historia, el que hace arder el corazón, el que se revela en la Palabra y en la fracción del pan.
El momento culminante del Evangelio es profundamente hermoso: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino?”. Ahí se ve que la Pascua enciende el corazón. Devuelve fuego interior ; hace renacer el deseo, la esperanza, la alegría de volver a Jerusalén y anunciar que Cristo vive.
Y eso mismo ocurre también en la primera lectura: el tullido se pone en pie y entra en el templo caminando, saltando y alabando a Dios. Cuando el Resucitado actúa, la vida se convierte en alabanza. Cuando Cristo toca de verdad una existencia, ya no queda igual. Algo empieza a caminar. Algo empieza a arder. Algo empieza a cantar.
Hoy el Señor se acerca una vez más para decirme: levántate; deja que te acompañe; deja que te explique de nuevo el sentido; deja que parta para ti el pan; deja que vuelva a nacer la alegría.
La Octava de Pascua es una gran escuela de resurrección. La Iglesia nos enseña que Cristo vive y sigue actuando. Sigue levantando tullidos. Sigue acompañando a discípulos desanimados. Sigue entrando en nuestros caminos heridos. Sigue haciendo arder corazones fríos. Sigue partiéndose para nosotros en el pan.
Que ése sea el fruto de este día: dejarnos encontrar por el Resucitado. Que su nombre nos ponga en pie. Que su Palabra nos caliente el corazón. Que su Pan nos abra los ojos. Y que también nosotros, como el tullido curado y como los discípulos de Emaús, pasemos de la tristeza a la alabanza, del cansancio al testimonio, de la parálisis al camino.
Amén.
