MANSO CORDERO

Sábado de la 4.ª Semana de Cuaresma.

La Palabra de hoy nos coloca ante un contraste muy fuerte: por un lado, la violencia, la sospecha, el rechazo; por otro, la mansedumbre del justo que se abandona en Dios. Y en ese contraste se va dibujando cada vez con más claridad el rostro de Cristo.

Jeremías habla desde una experiencia dolorosa. Descubre que traman contra él, que quieren hacerlo callar, que su fidelidad a la palabra de Dios le ha ganado enemistades. Y entonces pronuncia una frase conmovedora: «Yo, como manso cordero, era llevado al matadero.» No estamos solo ante el sufrimiento de un profeta perseguido. Estamos ante una figura que anticipa a Jesús. Jeremías encarna al justo que no responde con violencia, al hombre fiel que padece la oposición de quienes no quieren escuchar la verdad.

Su mansedumbre no nace de debilidad, sino de confianza. Por eso el salmo responde: «Señor, Dios mío, a ti me acojo.» Cuando el justo es herido, cuando no encuentra defensa en los hombres, se refugia en Dios. No porque huya de la realidad, sino porque sabe dónde está su verdadera firmeza. El mal puede levantar la voz, puede organizarse, puede sembrar miedo; pero no tiene la última palabra sobre quien ha puesto su vida en manos del Señor.

En el Evangelio, la tensión en torno a Jesús sigue creciendo. La gente discute sobre Él. Algunos comienzan a reconocer que en su palabra hay algo distinto. Otros se cierran enseguida con una objeción: «¿Es que de Galilea va a venir el Mesías?»
No escuchan lo que dice. No se dejan tocar por su presencia. Se aferran a sus esquemas, a sus ideas previas, a sus prejuicios. El problema no es la falta de signos; el problema es un corazón que ya ha decidido no abrirse.

Esto ocurre con frecuencia también en nuestra vida espiritual. No rechazamos a Cristo porque nos falten pruebas, sino porque su manera de venir no coincide con nuestras expectativas. Quisiéramos un Dios evidente, poderoso según nuestros criterios, reconocible desde nuestros esquemas. Y, sin embargo, Él sigue viniendo desde donde no esperábamos: desde la pequeñez, desde la humildad, desde lo aparentemente secundario, desde una Galilea que no impresiona.

La objeción del Evangelio revela una tentación muy humana: creer que ya sabemos cómo debería actuar Dios. Y cuando actúa de otra manera, en lugar de dejarnos sorprender, nos resistimos. El corazón cerrado siempre encuentra razones para no creer. Siempre tiene un argumento para defenderse de la novedad de Dios.

Frente a esto, la liturgia de hoy nos invita a contemplar la mansedumbre. Jeremías no grita más fuerte que sus perseguidores. Jesús no se impone por la fuerza a quienes lo rechazan. Dios no entra en la historia violentando la libertad humana, sino ofreciendo una verdad que puede ser acogida o rechazada.

Esta mansedumbre divina es muy distinta de la pasividad. No es resignación. Es fortaleza interior. Es la fuerza de quien permanece en la verdad sin necesidad de imponerse. Es la firmeza de quien confía en que el Padre sostiene su causa.

La Cuaresma nos invita a aprender esta mansedumbre. Porque también nosotros, cuando somos heridos o incomprendidos, podemos endurecernos, reaccionar con agresividad, devolver mal por mal o refugiarnos en el resentimiento. Y la Palabra de hoy nos muestra otro camino: el de la confianza.

“Señor, Dios mío, a ti me acojo.” Esa puede ser la oración de este día. Acogerse a Dios no significa huir del conflicto, sino ponerlo en sus manos. No significa desentenderse del dolor, sino impedir que el dolor se convierta en odio.

El Evangelio también nos hace revisar nuestros prejuicios. ¿Dónde me estoy cerrando a una acción de Dios porque no responde a lo que yo esperaba? ¿Qué “Galilea” desprecio en mi vida? ¿Qué personas, qué situaciones, qué llamadas estoy descartando porque no encajan en mis categorías?

A veces el Señor viene desde lugares que consideramos poco importantes. A veces habla a través de personas que no entran en nuestras preferencias. A veces su gracia se presenta con una humildad que no impresiona, y por eso corremos el riesgo de dejarla pasar.

En este sábado cuaresmal, ya tan cerca del dolor de la Pasión, la liturgia nos pone delante del Cordero manso. Jeremías lo anticipa; Jesús lo cumple. Ambos sufren el rechazo de un mundo que se defiende de la verdad. Ambos se apoyan en Dios. Ambos nos muestran que la fidelidad no siempre será comprendida, pero siempre será fecunda en manos del Padre.

Pidamos hoy un corazón manso, libre de dureza y de prejuicio. Un corazón capaz de acoger a Cristo incluso cuando venga desde la “Galilea” de lo inesperado. Y una confianza profunda para decir, en medio de cualquier prueba:
Señor, Dios mío, a ti me acojo.