Miércoles de la 4.ª Semana de Cuaresma.
La Palabra de hoy nos sitúa ante una de las verdades más consoladoras de la fe: Dios no abandona, Dios sostiene, Dios da vida. En medio del camino cuaresmal, cuando todavía seguimos combatiendo con nuestras sequedades, nuestras dudas y nuestras heridas, la liturgia nos deja escuchar una palabra de ternura y de fuerza.
Isaías nos transmite una promesa llena de esperanza: «En tiempo de gracia te he respondido, en día propicio te he auxiliado.» Dios no llega tarde. Dios responde en el tiempo de la gracia, en el momento oportuno, en la hora en que su salvación puede rehacer la vida. Y esa promesa no se queda en una ayuda pasajera. Dios dice: «Te he constituido alianza del pueblo para restaurar el país.» Es decir, no solo quiere aliviar una necesidad inmediata; quiere reconstruir lo que está roto, devolver vida donde hubo ruina, abrir caminos nuevos donde parecía quedar solo desolación.
Y enseguida el profeta pone en labios de Dios una de las imágenes más conmovedoras de toda la Escritura: «¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta? Pues, aunque ella lo olvidara, yo no te olvidaré.»
Esta palabra toca una de las heridas más profundas del corazón humano: el miedo a ser olvidado. El miedo a no contar, a no ser visto, a que el sufrimiento de uno pase desapercibido. Y Dios responde con una ternura que supera toda medida humana: aunque todo fallara, aunque incluso el amor más fuerte de la tierra se debilitara, Él no olvida.
El salmo prolonga esta certeza: «El Señor es clemente y misericordioso… cerca está de los que lo invocan sinceramente.» La cercanía de Dios no es una idea; es una presencia real que sostiene. No está lejos del que sufre, ni indiferente al que clama. Dios se inclina hacia quien lo invoca con verdad.
Y el Evangelio nos conduce al corazón mismo de esta revelación. Jesús responde a quienes se escandalizan de su acción y les dice algo inmenso: «Lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere.» Aquí ya no estamos solo ante una palabra de consuelo, sino ante la revelación de quién es Jesús. Él no viene simplemente a hablar de Dios; viene a mostrar que en Él actúa el mismo poder vivificador del Padre. El Hijo da vida. Esa es su misión. Esa es su autoridad. Esa es la razón por la que ha venido al mundo.
La Cuaresma, entonces, no es solo un tiempo para revisar pecados y pedir perdón; es también un tiempo para dejarnos vivificar. Porque hay formas de muerte que se infiltran en la vida cotidiana: la desesperanza, la dureza interior, la pérdida de sentido, la resignación, la fe debilitada, la tristeza sin horizonte. Y hoy Cristo nos dice que el Padre da vida, y que Él mismo comunica esa vida a quien se abre a su palabra.
Esto cambia profundamente nuestra manera de vivir el camino cuaresmal. No caminamos hacia la Pascua solo como quien hace un esfuerzo moral por mejorar un poco. Caminamos hacia la Pascua como quien se deja alcanzar por una vida nueva que viene de Dios. La gracia no es solo una ayuda exterior; es una fuerza interior que restaura, levanta, reordena y fecunda.
Tal vez muchos de nosotros necesitamos hoy escuchar precisamente esto: Dios no te ha olvidado. Tu historia no está fuera de su mirada. Tu cansancio no le es indiferente.
Tu herida no ha quedado fuera de su compasión. Y Cristo tiene poder para dar vida donde ya pensabas que no podía brotar nada nuevo.
La pregunta que la liturgia deja en nuestro corazón es muy sencilla: ¿Me dejo vivificar por Dios? ¿Sigo encerrado en mis propias medidas, en mis propios diagnósticos, en mi manera de ver la realidad?
¿O permito que la palabra de Cristo entre en las zonas secas de mi vida y las toque con su fuerza?
Isaías habla de un “tiempo de gracia”. La Cuaresma es precisamente eso: un tiempo favorable, un día propicio, una oportunidad para volver a creer que Dios actúa, que su misericordia sigue cerca, que su amor no olvida y que su Hijo sigue dando vida.
Pidamos hoy un corazón que se deje sostener por esta promesa. Que no viva desde el miedo al abandono, sino desde la certeza de ser recordado por Dios. Que no permanezca instalado en formas de muerte interior, sino que se abra a la vida nueva que Cristo ofrece.
Porque cuando el hombre se deja tocar por esta palabra, la Cuaresma deja de ser solo esfuerzo y se convierte en esperanza. Y entonces sí, el desierto empieza a florecer.
