¿SALIR?

II DOMINGO DE CUARESMA

La Palabra de este domingo puede sonar solemne: «Sal de tu tierra». «Este es mi Hijo… escuchadlo». «Levantaos, no temáis». Pero si no traducimos esas palabras a la vida real, corremos el riesgo de admirarlas… y seguir igual.

Vamos a preguntarnos con sinceridad: ¿Qué significa salir cuando el lunes tengo que ir a trabajar, atender a mi familia, enfrentar mis preocupaciones?

Salir no es cambiar de ciudad. Salir es dejar una manera vieja de vivir.

Salir es, por ejemplo: dejar de reaccionar siempre con el mismo orgullo; dejar la queja constante; dejar el rencor que llevo años alimentando; salir del victimismo; salir del “yo soy así y no voy a cambiar”.

Salir es abandonar esa tierra interior donde todo gira alrededor de mis seguridades, mis criterios, mis miedos. Abrahán salió sin saber exactamente dónde iba. En la vida diaria eso significa aceptar que no lo controlo todo. Que no tengo respuestas para todo. Que no puedo exigirle a Dios garantías antes de obedecer.

Salir es confiar, aunque no tenga el mapa completo. Y eso duele. Porque nos gusta tenerlo todo claro, resuelto, previsto. Pero la fe no es un seguro contra la incertidumbre. Es una relación con un Dios fiel en medio de la incertidumbre.

Confiar en Dios no es pasividad. No es decir: “Dios proveerá” y cruzarse de brazos.  No es usar a Dios como anestesia espiritual para no afrontar los problemas.

La verdadera confianza es mucho más exigente. Confiar es: hacer lo que debo hacer, asumir mis responsabilidades, trabajar con honestidad, pedir perdón cuando me equivoco, tomar decisiones coherentes… Y al mismo tiempo aceptar que el resultado final no depende solo de mí.

La confianza cristiana no elimina la angustia humana, pero la atraviesa. No niega la fragilidad, pero no se deja gobernar por ella.

San Pablo habla desde la prueba. No desde la comodidad. La fe madura cuando no todo sale bien, cuando hay dificultades, cuando la fidelidad tiene un precio. Ahí se purifica nuestra imagen de Dios. Deja de ser un proveedor de soluciones rápidas y se convierte en el Señor que sostiene la vida incluso en la oscuridad.

Pedro quería quedarse en el monte. Nosotros también queremos momentos de claridad, de paz, de consuelo. Pero la vida real no es el monte. Es el valle. Es el trabajo, la enfermedad, las tensiones familiares, las dudas, el cansancio.

Entonces, ¿para qué sirve el Tabor? Sirve para recordar quién es Jesús cuando bajamos al valle.

Sirve para no olvidar que la última palabra no la tiene el fracaso, ni la enfermedad, ni el pecado. Y la voz del Padre dice: «Escuchadlo».

Escucharlo en lo concreto significa preguntarme cada día: ¿Cómo hablaría Cristo en esta conversación? ¿Cómo reaccionaría ante esta ofensa? ¿Qué haría ante esta injusticia? ¿Qué decisión tomaría si de verdad creyera que soy hijo de Dios?

Escuchar no es un acto místico extraordinario. Es dejar que el Evangelio se convierta en criterio real de vida.

El miedo más profundo no es al fracaso. Es el miedo a cambiar. Miedo a perder el control. Miedo a perdonar. Miedo a confiar. Miedo a dejar el pecado que ya se ha vuelto costumbre. Jesús toca a los discípulos y les dice: «Levantaos».

Levantarse significa no quedarse definido por mis caídas. No quedarme instalado en la culpa. No justificarme eternamente. No resignarme a una vida mediocre.

Levantarse es volver a empezar. Y la Cuaresma es exactamente eso: la posibilidad real de volver a empezar.

Cuando decimos:

Que esta Cuaresma nos encuentre caminando, significa que no nos encuentre estancados espiritualmente, repitiendo los mismos errores sin combatirlos, viviendo una fe cómoda y sin riesgo.

Que nos encuentre escuchando, significa que no nos encuentre sordos a la Palabra, sino dejando que el Evangelio toque nuestras decisiones reales: dinero, afectos, tiempo, prioridades.

Que nos encuentre levantándonos sin miedo, significa que no nos encuentre rendidos ante nuestras debilidades, sino luchando, confesándonos, recomenzando, creyendo que la gracia es más fuerte que nuestras caídas.

La fe no consiste en “haber llegado”. Consiste en estar en camino. Un creyente auténtico no puede decir: “Ya soy”. Solo puede decir: “Estoy aprendiendo a confiar”. En esta segunda semana de Cuaresma, la pregunta no es si entendemos el Evangelio. La pregunta es: ¿Qué tierra concreta estoy dispuesto a abandonar? ¿En qué situación necesito confiar más en Dios y menos en mi control? ¿De qué caída tengo que levantarme ya?

Si respondemos a eso con sinceridad, entonces la Cuaresma dejará de ser un tiempo litúrgico… y se convertirá en un verdadero proceso de transformación.

Y entonces sí, estaremos caminando. Estaremos escuchando. Estaremos levantándonos. Y la Pascua no será una fiesta externa, sino una experiencia interior.