HOMILÍA – jueves después de Ceniza
Ayer comenzábamos la Cuaresma escuchando una invitación fuerte y tierna a la vez: “Rasgad los corazones… vuelve a mí de todo corazón.” La ceniza que recibimos fue un signo humilde de lo que Dios quiere realizar en lo profundo: un corazón nuevo, capaz de amar.
Hoy, la Palabra da un paso más en este camino interior y nos sitúa ante la libertad. La Cuaresma, desde su raíz teológica, es un tiempo para ejercitar la libertad en su sentido más alto: aprender a elegir a Dios.
La primera lectura lo expresa con una claridad sorprendente: «Hoy pongo delante de ti vida y muerte, bendición y maldición… Elige la vida.»
Cada día, cada pensamiento, cada gesto contiene una elección. No elegimos circunstancias, pero sí elegimos hacia dónde se inclina el corazón. Moisés habla en nombre de Dios y nos deja ver lo esencial: la vida verdadera no se improvisa; se elige. La Cuaresma es, entonces, un entrenamiento de la libertad para que nuestra vida se oriente hacia el amor que salva.
El salmo confirma esta enseñanza: «Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor.» Dichoso no significa acomodado ni exento de dificultades, sino profundamente anclado en Dios. La confianza es el fruto de elecciones pequeñas pero constantes. El corazón que confía vive arraigado, no se deja llevar por lo inmediato, no se dispersa en caminos vacíos. La Cuaresma quiere conducirnos precisamente ahí: a la dicha que nace de un corazón apoyado en Dios.
Y el Evangelio nos lleva al centro teológico del día: «El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí la salvará.»
Estas palabras no son una paradoja literaria, sino la revelación del modo de existir de Cristo. Jesús no pide algo extraño ni inalcanzable: pide seguirlo en el camino que Él mismo recorre. Perder la vida por Cristo es entregar el propio egoísmo, soltar el control, dejar de vivir encerrados en nosotros mismos para entrar en la lógica del amor. En la teología de la cruz, la verdadera vida surge cuando uno se abre, cuando entrega, cuando se dona.
Ayer la Cuaresma nos invitaba a volver. Hoy nos invita a elegir. Mañana, la Palabra nos seguirá conduciendo paso a paso, en un itinerario que busca modelar el corazón según Cristo.
La Cuaresma no es una colección de prácticas; es un camino interior hacia la libertad del amor. Ayer Dios nos dijo: “Vuelve a mí.” Hoy nos dice: “Elige la vida.”
Esa vida se concreta en actos muy sencillos: – elegir la oración frente al ruido interior, – elegir la limosna frente al desinterés, – elegir el ayuno frente al consumo que anestesia, – elegir el perdón frente al rencor.
No son actos aislados: son decisiones que orientan el corazón hacia Dios.
Jesús nos recuerda que quien se aferra a su propia vida termina perdiéndola. La Cuaresma nos entrena para soltar lo que nos encierra, para entregarnos sin miedo, para vivir la libertad que brota del Evangelio: dar la vida para encontrarla.
Que este segundo día de Cuaresma nos ayude a comprender que la conversión no consiste solo en dejar algo, sino en elegir a Alguien: a Cristo, que es la Vida.
Pidamos la gracia de un corazón decidido, dócil, valiente. Y que hoy, ante la voz clara de Dios, cada uno pueda decir con verdad: “Señor, elijo la vida. Elijo tu camino. Elijo caminar contigo.”
