HOMILÍA – viernes de la IV Semana del Tiempo Ordinario
Las lecturas de hoy nos colocan frente a dos rostros muy distintos del corazón humano: el corazón que canta a Dios y el corazón que se encierra en el miedo; el corazón que reconoce sus dones y el corazón que destruye para conservar su poder. En medio de estos dos caminos, la Palabra nos invita a elegir la verdad, a custodiar la conciencia y a vivir con transparencia ante Dios.
El libro del Eclesiástico ofrece una imagen luminosa del rey David. Lo presenta como un hombre apasionado: fuerte en la batalla, creativo en la música, profundo en la oración. Describe su vida como un don: su valentía, su inteligencia, su sensibilidad espiritual… todo viene de Dios y hacia Dios vuelve. Lo más grande de David no está en sus victorias externas, sino en su relación interior con el Señor. Fue capaz de caer, de equivocarse, de herirse… pero siempre supo volver a Dios. Por eso Israel lo reconoce como “ungido”, como hombre según el corazón de Dios. Su vida no fue perfecta, pero sí verdadera. Por dentro había un canto que nadie podía apagar.
El salmo amplía esta visión: “El camino de Dios es perfecto; Él es escudo de los que se acogen a Él.” David no se apoya en sus éxitos, sino en la fidelidad de Dios. Se sabe frágil, pero protegido; limitado, pero sostenido. La oración brota de una experiencia profunda: quien vive en la presencia de Dios aprende a cantar incluso en la noche, incluso cuando la vida pesa. La alabanza nace allí donde el corazón reconoce que todo lo bueno es regalo y todo lo difícil es acompañado.
Frente a este horizonte aparece el Evangelio. Allí no hay canto, sino un silencio oscuro; no hay alabanza, sino confusión interior. Herodes escucha hablar de Jesús y siente inquietud: su conciencia no está en paz. La figura de Juan Bautista vuelve a su mente como una herida abierta. Juan no buscaba destruirlo, pero su palabra le había revelado una verdad que él no quiso aceptar. Y en lugar de convertirse, buscó silenciar la voz que lo incomodaba.
La escena de la muerte del Bautista es una de las páginas más duras del Evangelio. No por la violencia, sino por lo que revela: un corazón dividido, atrapado por el orgullo, incapaz de rectificar, dominado por el miedo al qué dirán. Herodes no mata a Juan por odio, sino por apariencia. Le falta libertad interior. Y cuando falta libertad, la conciencia se oscurece, la verdad deja de escucharse, y el corazón pierde su capacidad de amar.
David canta. Herodes calla lo que no quiere escuchar. Entre ambos se abre un camino que todos debemos recorrer: el camino de la conciencia.
La Palabra de hoy nos invita a preguntarnos:
– ¿Qué voz escucho realmente en mi interior?
– ¿Qué verdades me están llamando a un cambio de vida?
– ¿Qué miedos me impiden dar pasos hacia la luz?
– ¿Qué dones necesito reconocer para agradecer y para servir?
El Evangelio no busca que contemplemos con distancia la muerte de Juan. Quiere que entendamos que la fidelidad cuesta. Juan fue fiel a Dios, fiel a la verdad, fiel a su misión. No vivió para agradar, vivió para iluminar. El Reino necesita hombres y mujeres con esta misma claridad interior: libres, auténticos, capaces de sostener la verdad sin violencia, con mansedumbre y firmeza.
Y a la luz del Bautismo que hemos celebrado estos días, descubrimos que nuestra misión es la de Juan: preparar caminos, señalar la luz, mantener viva la verdad. Cada bautizado está llamado a vivir con un corazón transparente, sin duplicidades, sin máscaras, sin miedo a dejar que Dios ilumine lo más profundo.
Hoy pedimos esa gracia: – un corazón que canta, como el de David;
– un corazón que escucha, como el de Juan;
– un corazón libre, capaz de elegir el bien aunque cueste;
– un corazón humilde, dispuesto a dejarse convertir.
Que la Palabra que hemos escuchado abra en nosotros un espacio de verdad. Y que el Espíritu Santo sostenga nuestra conciencia, para que podamos vivir con la alegría de David y la valentía silenciosa de Juan Bautista: dos corazones que pertenecían enteramente a Dios. Amén.
