LO DÉBIL TAMBIÉN CUENTA

HOMILÍA – IV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)

Hay páginas del Evangelio que no necesitan adornos para estremecer la conciencia. Las Bienaventuranzas son una de ellas. No nacieron como un discurso bonito ni como una consigna espiritual para tiempos de calma. Brotan del corazón mismo de Dios y revelan, de manera luminosa y desconcertante, la lógica con la que Él mira, elige y transforma la historia. En este domingo, Jesús sube a la montaña para pronunciar lo que podríamos llamar la carta magna del Reino. Y lo hace ante un grupo muy concreto: gente pobre, humilde, frágil, personas que como describe el profeta Sofonías, «buscan al Señor y practican la justicia», y que son «pobres y humildes», no por estrategia espiritual, sino porque la vida los ha colocado ahí. Un pueblo que no presume, que no engaña, que no tiene grandes títulos, pero que tiene un corazón disponible.

Sorprende la elección de Dios. No convoca a los fuertes, no se rodea de destacados, no busca élites. Dios pone su mirada —y su esperanza— sobre un resto pequeño, aparentemente inútil, pero precioso a sus ojos. San Pablo lo dirá sin rodeos a los cristianos de Corinto: «Lo necio del mundo lo escogió Dios para humillar a los sabios; lo débil del mundo, para confundir a lo fuerte; lo despreciable y lo que no cuenta, para anular lo que cuenta.»

Las Bienaventuranzas no son un poema dulce. Son una revolución silenciosa. Declaran que la historia verdadera de Dios no se escribe desde los palacios, sino desde los márgenes, desde aquellos que el mundo no considera, desde quienes no tienen un sitio reservado en los asientos de honor. Jesús lo confirma con fuerza: los pobres en el espíritu, los que lloran, los mansos, los misericordiosos, los limpios de corazón, los perseguidos… son los que inauguran un mundo nuevo. No porque sean mejores por sí mismos, sino porque son los que dejan espacio para que Dios actúe.

Este Evangelio nos obliga a preguntarnos con honestidad con qué criterios valoramos la vida. Porque Dios no promueve a los que “cuentan” según nuestras escalas de relevancia o poder. No hace campañas de imagen. No empuja hacia arriba a quienes buscan prestigio. Dios construye su Reino desde abajo: elevando lo pequeño, honrando lo humilde, fortaleciendo lo débil. Y quienes han experimentado esta misericordia, no sienten necesidad de imponerse: se convierten, como dice Sofonías, en un pueblo que “busca la justicia y la humildad”.

Pero hay algo más: las Bienaventuranzas no solo describen a los que Dios bendice, sino el estilo mismo de Jesús. Él es el pobre en espíritu que todo lo recibe del Padre; el manso que no grita ni vocifera; el que llora por Jerusalén; el que tiene hambre y sed de una justicia que es compasión; el limpio de corazón que solo busca hacer la voluntad del Padre; el perseguido que no responde al mal con violencia. En Él, todos los rasgos de las Bienaventuranzas se vuelven rostro y carne.

Y ahí aparece el desafío más grande para nosotros: ser discípulos de Cristo es asumir su estilo, no inventar uno propio. No podemos seguir a Jesús desde los criterios que Él desmontó. No podemos vivir el Evangelio desde una lógica de poder, prestigio o superioridad. Nadie puede pretender que, dándose importancia, se le considere cercano a Cristo. La pertenencia al Señor pasa por la humildad, la verdad, la sencillez del corazón.

El Evangelio de hoy nos invita a mirar nuestra comunidad con los ojos de Jesús: ¿a quién considera Él imprescindible? No a los influyentes, sino a los pequeños; no a los autosuficientes, sino a los que tienen un corazón disponible; no a los que ocupan lugares destacados, sino a los que no reclaman nada para sí. Una comunidad cristiana no puede convertirse en trampolín de promoción, ni en un espacio donde se reproduzcan las lógicas del poder o la competición. La Iglesia nace pobre y para los pobres. Solo desde esa pobreza puede ser luz del mundo.

Hoy, más que nunca, necesitamos volver a las Bienaventuranzas para entender qué significa seguir a Cristo en serio. No se trata de espiritualizar la vida hasta volverla inofensiva, sino de dejarnos interpelar por una Palabra que rompe nuestras seguridades. Quizá, nos resulte incómodo pensar que cuando Cristo proclama «dichosos los pobres en el espíritu», está diciendo precisamente lo que todos tememos entender: que el camino hacia Dios pasa por la renuncia al orgullo, al protagonismo, al afán de dominar, a las máscaras que nos protegen.

Las Bienaventuranzas no son un ideal abstracto. Son un modo concreto de vivir:
– más libres de nosotros mismos, – más atentos al otro, – más sensibles al sufrimiento, – más disponibles para servir, – más abiertos a la acción de Dios.

Si queremos saber si caminamos con Cristo, basta mirar si nuestra vida se parece, al menos un poco, al retrato que Él hace en la montaña. Si queremos ser “Iglesia según el corazón de Dios”, bastará preguntarnos si en nuestra comunidad los pequeños se sienten en casa, si los humildes encuentran lugar, si los pobres son escuchados, si los olvidados cuentan. Ahí se mide la autenticidad del Evangelio. Ahí se mide la verdad de nuestra fe.

Que este domingo nos permita no solo admirar las Bienaventuranzas, sino dejarnos configurar por ellas. Que aprendamos, con paciencia y humildad, a vivir hacia abajo, a dejarnos elegir por Dios desde nuestra pobreza, a reconocer que Él hace obras grandes precisamente en lo que no cuenta.

Y que la voz de Jesús, pronunciada hoy desde la montaña, encuentre en nosotros un corazón dispuesto a ser transformado. Porque solo quien se deja hacer pequeño puede entrar en el Reino, y solo desde la pequeñez puede comenzar una vida realmente nueva.