Homilía – II Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo A) «Este es el Cordero de Dios»
Queridos hermanos:
Al adentrarnos en el Tiempo Ordinario, la liturgia nos invita a mirar con más atención lo cotidiano, lo sencillo, lo que muchas veces pasa desapercibido. Han quedado atrás las grandes celebraciones de la Navidad y del Bautismo del Señor, pero el misterio que hemos celebrado no se apaga. Al contrario: ahora comienza a desplegarse en la vida concreta, en la historia real, en nuestra propia existencia.
La Palabra de Dios de este domingo nos sitúa ante una pregunta decisiva para la fe: ¿sabemos reconocer quién es Jesús y preparar de verdad el camino para Él?
Para comprender el Evangelio de hoy resulta imprescindible detenernos en la figura de Juan Bautista. Juan no es un personaje secundario. Es el último de los profetas, el puente entre lo antiguo y lo nuevo, el hombre que prepara el paso decisivo de la historia de la salvación.
Juan aparece en un tiempo de gran expectación religiosa. Israel espera al Mesías, y Juan está convencido de que Dios va a intervenir de manera definitiva en la historia. Ante la magnitud de ese acontecimiento, su mensaje es claro y exigente:
«Preparad los caminos, allanad los senderos».
Preparar el camino significa reordenar la vida, reconocer las infidelidades, abrir espacio a Dios. Por eso Juan se retira al desierto, vive con austeridad y propone un bautismo de conversión junto al Jordán. Su lenguaje, su estilo y su manera de presentar a Dios —un Dios de justicia— conectan profundamente con la mentalidad religiosa de Israel. Y muchos lo siguen.
Pero aquí aparece una tentación que se repite a lo largo de la historia: confundir al mensajero con el Mesías. Algunos comienzan a pensar que Juan podría ser el salvador esperado. Y es entonces cuando Juan muestra su verdadera grandeza espiritual. No se apropia del protagonismo. No se deja seducir por el reconocimiento. Dice con claridad y humildad: «Detrás de mí viene uno a quien no merezco desatarle la correa de las sandalias».
Juan sabe quién es y quién no es. Él prepara, señala, orienta. Su misión no es ocupar el centro, sino despejarlo. Y esta actitud es profundamente evangélica: una fe auténtica nunca se anuncia a sí misma, siempre conduce a Cristo.
Y entonces aparece Jesús.
El Evangelio nos sitúa en el momento decisivo en el que Juan lo reconoce y proclama:
«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo».
Aquí se produce el gran giro. Jesús no continúa simplemente el estilo de Juan. Lo desborda. Frente al desierto, Jesús entra en las casas. Frente a la distancia, Jesús se acerca. Frente a una religiosidad que separa, Jesús revela al Dios que busca, acoge y sana.
Juan anunciaba la conversión como preparación. Jesús trae el Reino como presencia viva. Juan bautizaba con agua. Jesús bautiza en el Espíritu Santo. Juan llamaba a la penitencia. Jesús quita el pecado, restaura la relación rota entre Dios y el ser humano. Eso solo puede hacerlo Dios mismo.
Por eso Juan da un paso más y confiesa algo decisivo: ha visto al Espíritu posarse sobre Él. Y concluye con la afirmación central de la fe cristiana: Jesús es el Hijo de Dios.
El Dios que Jesús revela ya no es el Dios de los “buenos y malos”. Es el Padre que va en busca de la oveja perdida. El Padre que se sienta a la mesa con pecadores. El Padre que hace fiesta cuando un hijo vuelve a casa. El Dios de la misericordia que siempre ofrece una posibilidad nueva de vida.
La primera lectura, del profeta Isaías, ensancha aún más el horizonte. Dios le dice a su siervo: «Es poco que seas mi siervo… te hago luz de las naciones».
Dios no se conforma con lo pequeño ni con una fe encerrada en lo conocido. Su salvación está destinada a todos. También a nosotros nos recuerda hoy que una fe reducida, cómoda o rutinaria no responde a su proyecto.
San Pablo, en la segunda lectura, se dirige a una comunidad concreta, la de Corinto, llena de dificultades y fragilidades, y la llama Iglesia de Dios. Dios no espera comunidades perfectas. Trabaja con personas reales, con historias verdaderas. También esta palabra va dirigida hoy a nuestra parroquia, a nuestras familias, a cada uno en su situación concreta.
Queridos hermanos, este Evangelio no es solo una lección de historia religiosa. Es una llamada directa a nuestra vida hoy. También nosotros necesitamos preparar el camino, no solo con palabras, sino con decisiones concretas. Preparar el camino es dejar que Dios cuestione seguridades falsas, rutinas estériles, una fe instalada en lo cómodo.
Y también nosotros estamos llamados a dar testimonio, como Juan. Un testimonio humilde y valiente. No anunciar un Cristo reducido a costumbre, sino al Cristo vivo, siempre mayor, siempre sorprendente. Un Cristo que nunca se deja poseer del todo y que siempre invita a seguir caminando.
Hoy el Evangelio nos invita a poder decir, desde nuestra propia experiencia:
«He visto al Señor actuar en mi vida».
Para quienes nos seguís desde casa —personas mayores, enfermos, impedidos— esta palabra es también para vosotros. El Cordero de Dios entra en vuestras casas, en vuestros silencios, en vuestras oraciones sencillas. Allí también quita el pecado, sostiene la esperanza y regala la paz.
Pidamos al Espíritu Santo que nos conceda vivir este Tiempo Ordinario con una fe despierta, capaz de reconocer a Jesús, de señalarlo con la vida y de dejarnos transformar por Él. Porque cuando Cristo ocupa el centro, la fe se ensancha, la esperanza se fortalece y la vida encuentra su verdadero sentido. Amén.
