SORPRENDENTE

Homilía – Sábado de la I Semana del Tiempo Ordinario (Año Par)

La Palabra de Dios de este día nos sitúa ante un modo muy concreto y sorprendente de actuar de Dios: Él sale al encuentro, mira, elige y llama donde quizá nadie esperaría. Dios no se deja encerrar en nuestros cálculos ni en nuestras previsiones. Su mirada va más allá de las apariencias y su elección abre caminos nuevos.

La primera lectura nos presenta el inicio de la historia de Saúl. Todo comienza de una manera casi trivial: la búsqueda de unas asnas perdidas. Nada extraordinario, nada solemne. Sin embargo, en ese caminar aparentemente banal, Dios ya está conduciendo los pasos de Saúl hacia un encuentro decisivo. Cuando Saúl llega ante Samuel, el profeta escucha de parte del Señor una palabra clara: “Este es el hombre”. Y Samuel lo unge. Dios transforma un camino cotidiano en un momento de vocación. Lo que parecía una simple tarea doméstica se convierte en el umbral de una misión. Así actúa Dios: entra en nuestra historia concreta y la orienta hacia algo más grande de lo que imaginamos.

El salmo prolonga esta experiencia desde la confianza. El rey se alegra en la fuerza del Señor, reconoce que la victoria y la estabilidad no vienen de la autosuficiencia, sino de saberse sostenido por Dios. Quien se sabe elegido y acompañado aprende a vivir desde la gratitud y la confianza, no desde el miedo.

El Evangelio nos ofrece una escena todavía más provocadora. Jesús pasa, ve a Leví sentado en el mostrador de los impuestos y le dice: “Sígueme”. No hay reproches, no hay discursos previos, no hay condiciones. Solo una mirada que llama y una palabra que invita. Y Leví se levanta y lo sigue. Jesús entra después en su casa y se sienta a la mesa con publicanos y pecadores. La reacción no se hace esperar: la crítica, el escándalo, el juicio. Jesús responde con una afirmación que revela el corazón de su misión: “No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”.

Aquí se manifiesta con claridad quién es Dios y cómo actúa. Dios no espera a que la vida esté ordenada para llamar. Llama para ordenar la vida. No se acerca solo a los que parecen dignos. Se sienta a la mesa con los que necesitan ser levantados. La vocación de Leví nace de una experiencia de misericordia que transforma su historia. Jesús no lo define por su pasado, sino por el futuro que puede abrirse si se deja seguir.

Las lecturas de hoy nos interpelan directamente. Dios sigue pasando por nuestros caminos ordinarios. Sigue pronunciando nuestro nombre en medio de la rutina. Sigue entrando en nuestras casas y sentándose a la mesa de nuestra vida real, con sus luces y sombras. La pregunta no es si somos dignos, sino si estamos disponibles. No es si nuestra historia está perfecta, sino si dejamos que Él la transforme.

Seguir a Jesús implica levantarse, como Leví, y dejar que su mirada nos saque de nuestros encierros. Implica aceptar que la misericordia no es una humillación, sino una llamada. Implica reconocer que Dios sigue eligiendo, ungiendo y enviando a hombres y mujeres concretos para hacer presente su Reino.

Pidamos hoy la gracia de reconocer el paso de Dios en lo cotidiano, de escuchar su llamada incluso cuando nos sorprende, y de levantarnos sin miedo para seguir a Cristo. Porque cuando Él llama, no empobrece la vida: la ensancha, la cura y la llena de sentido.