Homilía – Viernes I del Tiempo Ordinario (Año Par)
La Palabra de Dios de hoy nos pone ante una pregunta decisiva, de esas que atraviesan la historia y llegan intactas hasta nuestra vida concreta: ¿en quién ponemos nuestra confianza?, ¿quién gobierna realmente nuestro corazón?
La primera lectura nos presenta un momento delicado del pueblo de Israel. Los ancianos acuden a Samuel con una petición clara: quieren un rey “como las demás naciones”. No es una simple cuestión organizativa. Es una elección espiritual. El pueblo, cansado, inseguro, quizá temeroso del futuro, busca una garantía visible, una estructura fuerte, una figura de poder que le dé sensación de control. Dios, a través de Samuel, desenmascara el fondo del problema: “No te rechazan a ti; me rechazan a mí, porque no quieren que reine sobre ellos”.
Aquí aparece una tentación siempre actual. Cuando la vida se vuelve compleja, cuando la incertidumbre pesa, surge el deseo de sustituir la confianza por seguridades humanas. El problema no es organizarse ni buscar soluciones, sino desplazar a Dios del centro y confiar más en lo que se ve que en lo que sostiene desde dentro. Israel quiere un rey que mande, que imponga, que garantice estabilidad. Dios había sido hasta entonces su guía, su defensa, su esperanza. El pueblo cambia la relación por el control, la fe por la estrategia.
El salmo responde a esta situación proclamando una verdad luminosa: “Dichoso el pueblo que sabe aclamarte; caminará, Señor, a la luz de tu rostro”. La verdadera fuerza de un pueblo no está en el poder que acumula, sino en la cercanía de Dios. La seguridad nace de caminar a la luz de su rostro, de dejarse sostener por su fidelidad. Cuando Dios reina, el corazón encuentra firmeza, incluso en medio de la fragilidad.
El Evangelio nos conduce a otra escena, aparentemente distinta, pero profundamente conectada. Un paralítico es llevado hasta Jesús. No puede caminar por sí mismo. Depende de otros. Es la imagen de una humanidad herida, limitada, necesitada de ayuda. Jesús, al ver la fe de quienes lo llevan, pronuncia unas palabras inesperadas: “Hijo, tus pecados quedan perdonados”. Antes de sanar el cuerpo, sana la raíz. Antes de devolver el movimiento exterior, libera el interior.
Aquí se produce un conflicto. Los escribas piensan que Jesús se arroga un poder que solo corresponde a Dios. Y, precisamente, ahí está la clave: Jesús revela quién es. No actúa como un rey que impone su autoridad desde arriba, sino como Dios que se acerca, perdona, restaura y levanta. Su poder no oprime, libera. Su autoridad no humilla, devuelve dignidad. Al paralítico no solo lo hace caminar; lo devuelve a la vida, a la relación, a la comunidad.
La Palabra de hoy une estas dos escenas con una gran enseñanza: cuando Dios deja de reinar en el corazón, buscamos otros reinos que prometen seguridad pero acaban exigiendo un precio alto. Cuando dejamos que Dios reine, la vida se ordena desde dentro, la culpa se disuelve, el miedo pierde fuerza y la persona se pone en pie.
Israel pidió un rey visible. El paralítico encontró al Rey verdadero. Uno que no se sienta en un trono, sino que se inclina ante la miseria humana. Uno que no gobierna por la fuerza, sino por el perdón. Uno que no domina, sino que sana.
Esta Palabra nos alcanza hoy con una pregunta directa y necesaria: ¿a quién dejamos reinar en nuestra vida?, ¿qué poderes buscamos cuando nos sentimos inseguros?, ¿qué “reyes” sustituyen a Dios en nuestras decisiones, en nuestras prioridades, en nuestros miedos?
Jesús sigue diciendo hoy: “Levántate”. Levántate del miedo. Levántate de la culpa que paraliza. Levántate de la desconfianza. Levántate y camina con el corazón reconciliado. Cuando Él reina, la vida se pone en pie.
Pidamos hoy la gracia de un corazón donde Dios vuelva a ocupar el centro. Que no cambiemos la fe por seguridades frágiles. Que aprendamos a confiar. Que dejemos que Cristo, Rey que perdona y sana, gobierne nuestra vida. Entonces también nosotros podremos levantarnos y caminar, y todos verán que Dios sigue obrando maravillas.
