USAR A DIOS

Homilía – Jueves I Semana del Tiempo Ordinario (Año Par)

La Palabra de Dios de hoy nos coloca ante una tensión muy real de la vida creyente: la diferencia entre usar a Dios y dejarnos encontrar por Él. Las lecturas nos muestran con claridad que la fe no es un seguro contra el dolor ni una garantía automática de éxito, sino una relación viva que se sostiene en la confianza, la obediencia y la misericordia.

La primera lectura nos presenta uno de los episodios más duros de la historia de Israel. El pueblo, derrotado por los filisteos, decide llevar el Arca de la Alianza al campo de batalla como si fuera un objeto protector, casi un talismán sagrado. El Arca, signo de la presencia de Dios, es instrumentalizada. No hay conversión, no hay escucha, no hay retorno del corazón. Solo la pretensión de asegurar la victoria. El resultado es trágico: Israel es vencido, el Arca es capturada, y la derrota es total.

Este relato es una advertencia fuerte y actual. Dios no se deja manipular. La fe se vacía cuando se convierte en un recurso utilitario, cuando se busca a Dios solo para que resuelva problemas o confirme nuestros planes. Cuando la relación con Él pierde verdad, se rompe la alianza interior, aunque se conserven los signos externos. El salmo recoge el grito de un pueblo desconcertado: “¿Por qué duermes, Señor? ¿Por qué nos ocultas tu rostro?”. No es una queja superficial; es el clamor de quien descubre que la cercanía de Dios no se compra ni se fuerza, sino que se acoge con humildad.

En este contexto, el Evangelio ofrece un contraste luminoso. Aparece un leproso que se acerca a Jesús. No trae seguridades, no exige derechos, no intenta manipular. Trae solo su miseria y una fe desnuda: “Si quieres, puedes limpiarme”. En esa frase se concentra una actitud profundamente evangélica. El leproso no duda del poder de Jesús, pero se abandona a su voluntad. No impone condiciones. Confía.

La respuesta de Jesús es conmovedora: “Quiero, queda limpio”. El Evangelio subraya un detalle decisivo: Jesús se compadeció y lo tocó. En una sociedad donde el leproso era intocable, excluido y condenado a la soledad, Jesús rompe la barrera del miedo y de la pureza ritual. El toque de Jesús no es solo un gesto curativo; es un gesto restaurador. Devuelve dignidad, reintegra a la comunidad, devuelve un futuro. Dios no actúa desde la distancia. Se acerca, toca, se implica.

Aquí se revela el rostro verdadero de Dios. No un Dios que se deja usar, sino un Dios que se deja tocar por el sufrimiento humano. No un Dios que garantiza victorias externas, sino un Dios que salva desde dentro. La fe auténtica no consiste en llevar a Dios a nuestras batallas, sino en dejarnos llevar por Él al camino de la vida verdadera.

El leproso, sin embargo, no logra guardar silencio. Movido por la alegría, comienza a divulgar lo ocurrido. Su entusiasmo es comprensible, pero provoca una consecuencia inesperada: Jesús ya no puede entrar abiertamente en los pueblos. El que cura queda marginado; el que estaba excluido recupera la vida. Es un anticipo del misterio pascual: Cristo toma sobre sí nuestra exclusión para devolvernos la comunión.

La Palabra de hoy nos invita a una revisión sincera. ¿Buscamos a Dios como garantía de éxito o como Señor de la vida? ¿Nos acercamos a Él con exigencias o con confianza? ¿Permitimos que nos toque allí donde estamos heridos, impuros, frágiles? La fe madura nace cuando dejamos de controlar a Dios y comenzamos a dejarnos transformar por Él.

Pidamos la gracia de una fe verdadera, capaz de decir con humildad: “Señor, si quieres…”. Una fe que no utilice a Dios, sino que se deje encontrar. Una fe que sepa reconocer que la victoria más profunda no es vencer al enemigo, sino ser sanados por la misericordia. Porque cuando Dios nos toca, la vida vuelve a empezar.